Senderismo por la reserva Divisadero Largo, una invitación a fusionarse con el ambiente y a conocer la geología y la historia del lugar.

“La idea es ser parte de la reserva, no meros espectadores, olvidarnos de la ciudad.” Esas son las palabras con las que Nicolás, el guía, tienta a un grupo heterogéneo – compuesto por gringos, turistas nacionales, estudiantes y mendocinos curiosos-.

Están a punto de ingresar a la Reserva Natural Divisadero Largo, para conocerla haciendo senderismo y llevarse los sentidos llenos de naturaleza bien menduca. Lo de “olvidarse de la ciudad” parece una frase hecha, no más, es que hace apenas 5 minutos estaban en el km 0. El sonido del agua del arroyo, la brisa en la cara y zumbido de las avispas de más tardes le darán la razón. Sólo se trata de predisponerse.

Tanto por descubrir

Es temprano en la mañana, pero el sol primaveral se hace sentir. Por eso, el guardaparques, tras dar la bienvenida ofrece su gorrita para el que la necesite. “La reserva es de todos, van a ver flores espectaculares”, anticipa. Algún descreído mira el suelo seco y desconfía?

Los pasos sobre el sendero pedregoso se detienen para mirar a lo lejos y aprender el origen de la denominación. Allá arriba y a lo lejos está el cerro Divisadero Largo, al que subían los huarpes para “divisar” dónde estaban las manadas de guanacos. Allá, abajo, el arroyo del mismo nombre.

Plantas, flores y yuyitos

Al costado del camino aparece la primera planta de jarilla. Sus flores amarillas le llaman mucho la atención al incrédulo de más temprano. Es el momento justo para las explicaciones sobre este arbusto del pedemonte, ese que debemos preservar y que está prohibido cortar. La sapiencia de natura se refleja en él.

Todas sus hojas apuntan al este, para que hagan la fotosíntesis con los rayos suaves del amanecer y no transpiren cuando el sol calienta más. En horas de la tarde, cuando hace más calor, la luz llega sobre sus tallos.

Más allá, arrayán de campo, ese que se usa para preparar té para mejorarse de la tos y un arbusto espinoso que, en realidad, es un algarrobo adaptado a las condiciones climáticas. Ala de loro que transformó sus hojas en espinas y volvió verde su tallo para que también haga fotosíntesis, jarilla macho y aroma a alcanfor y a tomillo en el aire. Y cada unos pasos, acaso la más linda, la flor del cactus, esa que se deja ver sin reservas en noviembre, época en que está todo florecido por allá, en medio de un panorama casi desértico, claro que sí.

Caminar sobre una falla geológica

“En este momento estamos caminado sobre la falla Divisadero largo”, las caras de intriga ameritan la explicación. Resulta que en otros tiempos geológicos chocaron las placas de la formación de Cachueta y la de Potrerillos, una se montó sobre la otra, quedando expuesta. Así se ven las lutitas, rocas con materia orgánica e hidrocarburos que motivaron la instalación de la mina La Atala, a finales del siglo XIX. De allí extraían carbón que era usado para el alumbrado público. El cambio abrupto en la coloración del suelo hace más fácil la explicación y la comprensión de lo que se está diciendo.

Ya sobre el final del recorrido y justo donde perviven los restos de la mina, está el mirador de la falla. Las piedras, la tierra y los sedimentos, cual libro de geografía, se distinguen perfectamente y hablan de distintas composiciones y eras. El carro minero en el que se transportaba la lutita, da pie para algunos comentarios históricos.

Los dueños del lugar

Los cactáceos y los arbustos se entrelazan y forman madrigueras. El grupo está pasando por la zona conocida como La pampa de los ratones, y las expresiones de impresión se hacen sentir. Y sí, por allí viven todo tipo de roedores, especialmente cuyis y tunduques. “Ahora se han escondido porque nos escucharon”, tranquiliza Nicolás. Cuando no hay intrusos y los roedores salen, las águilas moras están al acecho.

Arañas ponzoñosas y serpientes letales también viven en la reserva por eso es preciso andar con cuidado. El temor que se genera en algunos, es rápidamente olvidado al llegar al Mirador de la Cascada: allá abajo el arroyo Divisadero Largo, con sus aguas minerales, que, aunque cueste creerlo, “llevan la arena que en Lavalle conforma los Altos Limpios”. Todos se quedan pensando. . .

El zumbido de las avispas saca a varios de su ensimismamiento. Sobre una roca alta, una muestra clara de erosión biótica. Con el trabajo de miles de años, las avispas han logrado construir “una ciudad” sobre la piedra. El tamaño de la colmena impresiona. “Los que tienen remeras coloridas, ¡cuidado!, porque las atraen”.

Sinestesia final

El arroyo se abre camino a la manera de cascada erosionando las rocas rojas. Sentados sobre las piedras, la invitación es a cerrar los ojos y relajarse mientras se escucha el sonido del agua correr, de la brisa o el trinar de un pájaro. Las estimulaciones sensoriales adentran al grupo en el ambiente y hasta los que fueron más reticentes, en ese momento, se sienten parte de la reserva. De la ciudad, nadie se acuerda.

Celina de la Iglesia – Los Andes: domingo, 03 de noviembre de 2013

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