Casi un paisaje patagónico. Es el mismo camino que recorrían (a caballo o en carreta) los mendocinos de principios del siglo XX. Son, además, los únicos 170 km que han logrado esquivar el asfalto. Un proyecto turístico los revalorizará.

Es despabilar los pies cansados en un arroyo de agua tan cristalina como helada. Es un convite de puesteros a compartir un cordero a la olla a las 4 de la tarde. Es la luna asomada detrás del cerro Diamante. Es un pichi atravesando con urgencia la ruta y un par de cóndores mirando desde los cerros. Es cabalgar por quebradas y escuchar historias de quemados y santitos. Es el aroma de jarillas y tomillos dejando lugar al más sureño solupe y sus flores lilas. Es ser testigo de la pintoresca mutación del paisaje, allí donde los Andes cuyanos se transforman en Patagonia.

Sin egoísmos, todos estos placeres ofrecen los paradisíacos 170 kilómetros de la vieja ruta 40, desde la localidad sancarlina de Pareditas hasta El Sosneado, en San Rafael. Este es el único tramo en el país que “esquivó” la corriente de refuncionalización y asfaltado que vivencia el emblemático camino nacional y eligió conservar su fisonomía inicial.

Aunque ahora los puestos y estancias que se extienden a su vera han desarrollado propuestas turísticas, el sendero es el mismo que -a principios de 1900- recorrían los mendocinos a caballo, en carretas o en los entonces modernos autos de motores ruidosos. Se cree que antes también lo transitaron grupos indígenas.

La preservación de este camino para fines turísticos será posible gracias a que la Nación decidió crear una nueva traza para la ruta 40 que circulará al este de la original. Con un plazo de ejecución de 36 meses, este camino vinculará de forma más directa y rápida casi los mismos extremos geográficos. Además, pasará por ciertos sitios de potencial valor turístico, como la cola del dique Agua del Toro, donde se espera genere un desarrollo inmobiliario interesante.

“Va a estar lindo que pase por allá, porque el asfalto nos quedará a mano, pero no tendremos a todo el tránsito por estos caminos”, opinó doña Luisa Lufí, quien bien conoce la dinámica del secano sancarlino porque nació y crió a sus seis hijos en estas tierras.

En el puesto apostado a la margen del arroyo Hondo, los Lufí están de sobremesa. Ofrecen enseguida algunos trozos de cordero, todavía humeantes. En esas latitudes, ser buen anfitrión es algo que nadie cuestiona. Comentan que esta ruta hace tiempo que actúa como atractivo turístico. “Acá viene gente de todas partes. Pasan a caballo, en bicicleta, caminando. El otro día, dos mexicanos nos pidieron permiso para acampar en el puesto”, cuenta Luisa.

Lo que impulsa la comuna de San Carlos es que este trayecto sea incluido en el selecto grupo de rutas escénicas argentinas. Es a través de un programa de la secretaría de Turismo de Nación que rescata caminos de fuerte belleza paisajística y con carácter social.

“Esto nos asegurará el financiamiento para tener equipos de conservación propios, abrir accesos públicos hacia el camino, promocionarlo y otras acciones, como devolverle la cartelería original”, expuso Ricardo Funes, titular de Turismo municipal. El funcionario contó que a lo largo del trayecto se colocarán diez miradores, que son esculturas realizadas por artistas y que invitan a recrear miradas sobre hitos del camino, como el volcán Maipo, el cajón del Gateado o la quebrada del Diamante.

Paisaje en transición

“A la Patagonia por un día” es el eslogan con el que piensan promocionar la travesía. Sucede que -más allá del condimento que le aporta su gente y sus historias- la característica más atrayente de esta ruta es que a lo largo de la misma el visitante puede observar cómo el paisaje andino de Cuyo se va convirtiendo en la meseta patagónica.

Así -hacia el sur- la chilca, el tomillo y la jarilla (típicos ejemplares de la flora local) van menguando para que avance el coirón patagónico y el solupe. Esta última otorga a los animales que la consumen un sabor dulzón muy apreciado, que los sancarlinos quieren empezar a explorar en sus rutas gastronómicas.

Similar transición se percibe en la geografía, la fauna y hasta en las costumbres culturales. “En las fiestas de los puesteros del sector norte abundan las tonadas, mientras que más al sur festejan con esas cuecas estilo chilenas”, señala Funes.

En el medio, el sitio se vende solo. La ruta pasa por arroyos, cañadones, quebradas, pampas, senderos en forma de caracol, estancias en plena producción y refugios abandonados, que acumulan misterios e historias de fantasmas.

Uno de ellos es la devoción al ‘santito quemado’, que tiene un altar sobre el camino. Cuentan que era un ganadero que bebía en exceso y a quien el vicio lo condujo a la muerte, cuando una noche se le incendió su casa. “Él pidió que se lo enterrara aquí y así lo hicieron. Todos dicen que es muy milagroso”, cuenta don Simón Ureta.

Trekking, cabalgatas y avistaje de fauna son actividades que ofrece un grupo de prestadores que llevan años esperando una valorización de su lugar. La propuesta también involucra a las 80 familias de puesteros, a las tres escuelitas rurales (El Sosneado, La Jaula y Piedras Blancas) y a las comunidades de los extremos: Pareditas y El Sosneado.

Gisela Manoni – Los Andes: domingo, 24 de noviembre de 2013

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