Un puñado de rosarinos se animó a una travesía en bicicleta y recorrió los principales puntos turísticos de la cordillera de los Andes. Vivieron una experiencia emocionante.

El corazón late enloquecido, como si le hubieran dado un buen susto; las piernas queman; la respiración es un jadeo que apenas deja que el aire llegue a los pulmones. El ascenso, en cámara lenta, es una agonía dolorosa. Para resistirlo hay que tener la paciencia de una araña, un don que los rosarinos, acostumbrados a los bocinazos, los autos en doble fila y las decisiones súbitas, repentinas, inexplicables que los sorprenden en las calles de la ciudad, añoran, acaso tanto como sacar la reposera para tomar mate en la vereda.

A esa altura, la cima es una promesa de campaña, nadie cree que se vaya a cumplir. Pero está ahí, recortada sobre el cielo protector y los rayos del sol que se hacen añicos sobre la ladera de piedra. Alzar la mirada es riesgoso, el camino es estrecho, las curvas ceñidas y, a medida que se asciende, el abismo es una compañía inquietante. Pero quién puede resistir la tentación de intentar saber cuánto falta para la meta. Aunque sea una trampa, el sudor nuble la vista y lo único que se alcance a ver sean destellos de luz y la cordillera.

El Cristo Redentor, en lo alto de la montaña, espera inmutable. Se oculta detrás de la última pendiente, la más empinada, flanqueado por las banderas de Chile y la Argentina que flamean azotadas por el viento.

La imagen es imponente, con la mano izquierda sostiene la cruz y con la derecha bendice a los peregrinos. Está en el paso de Uspallata, a 3854 metros sobre el nivel del mar, una distancia que el grupo de ciclistas que partió a media mañana de Las Cuevas recorrió en un poco más de tres horas, y es tan formidable que quita el aliento.

Fue un gran esfuerzo, pero nadie se queja. Disfrutan de un logro que ni siquiera imaginaban la noche anterior, cuando apoyaron la cabeza en la almohada en el refugio Cruz de Caña, en Penitentes. Sabían que les esperaba una jornada dura, que los caracoles que ascienden hasta el paso de la Cumbre no son para cualquiera, que el camino de cornisa, escarpado, sinuoso puede ser traicionero. Pero lo encararon igual, montaron sus bicicletas con el sueño de llegar a la cima y lo consiguieron. Por eso, pese al cansancio, sonríen satisfechos.

La excursión se llama “Travesía por los caminos del vino y de alta montaña”, la organizauna empresa rosarina que desde hace diez años se especializa en el turismo de aventura. Pero, hay que decirlo, ninguno de los que se sumaron al viaje es Indiana Jones. Un psiquiatra jubilado que ama la literatura de Pascal Quingnard, un veterinario con ínfulas de Tom Cruise, un matrimonio que enfrenta con alegría el síndrome del nido vacío, una pícara traductora de inglés. Gente común, como le gusta cantar a Paul McCarney.

A rodar la vida

Acaso hayan decidido tomarse el fin de semana largo para ir a Mendoza, más por los “caminos del vino” que por los “de alta montaña”, pero ahí están, agotados pero felices. Posan para las fotos, sonríen, se abrazan como si se conocieran de toda la vida pero la verdad es que una semana atrás ni se habían visto las caras. “Es un viaje bisagra, te cambia la vida, no es que mañana vas a ser mejor o más feliz, pero seguro vas a ver las cosas de otra manera”, ensaya una explicación Carlos Moscato, el guía del grupo.

Algo de eso hay, sin dudas. Nadie lo explica mejor que Fernando Damiani, uno de los más jóvenes del grupo quien, en cada parada, extrae de entre sus ropas un enorme celular inteligente con el que se saca una selfie tras otra. Inevitablemente, su actitud lo hace blanco de las bromas de los mayores, que no tienen ni idea de cómo sacar una selfie. “Si no muestro las fotos nadie me va a creer lo que hice”, confiesa mientras se para en el borde de un risco y extiende el brazo tanto como puede para no arruinar con su cara el paisaje a sus espaldas.

La travesía arranca en Luján de Cuyo, 20 kilómetros al sur de la ciudad de Mendoza, con una recorrida por los viñedos de Chacras de Coria. La primera parada, en la tradicional finca Nieto Senetiner.

En esa bodega se prevé una recorrida por la planta de elaboración de la bodega, que se mantiene en pie desde 1888, y una degustación de su línea de alta gama en el coqueto restó con vista a las plantaciones de vid y a los Andes que la firma posee en Vistalba, la Meca de los amantes del buen vino y la buena vida de la región de Cuyo.

Lo que sigue es un encantador paseo por caminos rurales que bordean las vías del tren abandonadas hace años, el cauce del arroyo Sosa, famélico por la falta de lluvias, y las frondosas alamedas de la elegante calle Viamonte que, a un lado y al otro, detrás de tupidos cercos de alambre y ligustros, ocultan las mansiones de los ricos y famosos que buscan refugio en los barrios privados. Es la ruta a la bodega-boutique Kaiken, la última creación del famoso enólogo chileno Aurelio Montes y también el último recreo del viaje.

Por la noche, después de un vuelo rasante por El Mercadito para tomar una cerveza roja bien helada y una hamburguesa vegetariana, se hace indispensable el descanso.

La segunda jornada es ardua, no lo parece a simple vista, pero lo es. Arranca en el pueblo de San José y desde ahí, por el camino de Las Carreras, una larga pedaleada hasta Potrerillos.

Son 44 kilómetros por una vieja ruta rural polvorienta, pedregosa, que da la impresión de ser tan plana como la llanura pampeana, pero en realidad es una subida incesante.

Un viaje bisagra

“Esta es la tercera vez que la voy a hacer, al principio vas fácil, rodando sin problemas, pero después de un tiempo las piernas te empiezan a doler y te preguntás por qué”, advierte BetinaBarrile, una de las más experimentadas del grupo. Lo dice con orgullo, como si haber pasado la prueba fuera una vieja medalla. Lo dice y calla, con un silencio grave, pesado, y casi al mismo tiempo empieza a hacer girar una y otra vez los pedales de su mountainGigant siempre al mismo ritmo, como si repitiera un misterioso mantra.

Son casi cuatro horas de marcha lenta, pausada, al rayo del sol, con las ruedas de la bicicleta como el filo de un cuchillo impiadoso que parte al medio el campo. De a ratos se ven plantaciones de soja, viñedos, entusiastas árboles frutales y también matas ralas, luchando por sobrevivir a la tierra seca y a las piedras esparcidas aquí y allá como si se hubieran caído de la luna.

 La cordillera, teñida de verdes, grises y marrones profundos, impone su presencia inquietante. El paisaje es sobrecogedor, pero no más que el esfuerzo.

La vista es encantadora, la paleta de colores de la Quebrada del Cóndor, el discreto encanto del pueblo de Las Vegasy el puente sobre el río Anchayuyo trazan una postal exacta de lo que quedará por siempre grabado en la retina como “recuerdos de Mendoza”. El último tramo, en bajada por la ruta provincial 89, a máxima velocidad, serpenteando por el asfalto con el viento fresco en el rostro y el atardecer en las espaldas, es un regalo del cielo, sobre todo cuando se ve el azul del cielo del embalse de Potrerillos en el horizonte.

Para el almuerzo, que se demora casi hasta caer la tarde sin que se escuche siquiera una queja, hay empanadas caseras y jugo, aunque más de uno hubiera querido una Andes, la cerveza preferida de los mendocinos, pero los sabios consejos del guía local, que no pierde de vista que todavía falta un desafío más, imponen prudencia. Más para los que son ciclistas de fin de semana, entusiastas, atrevidos, temerarios, pero sin el entrenamiento que requiere pedalear en la altura. La montaña, hay que decirlo, siempre pide más.

La última noche, después de trepar hasta el Cristo Redentor, después de tomar la foto clásica con las manos tomadas al manubrio y el Puente del Inca como telón de fondo, nadie habla, nadie ríe. Las mujeres se refugian en los cuartos del hostel de Penitentes, mientras los hombres fingen que miran “Fútbol para Todos” en la televisión. No es cierto. A qué rosarino con sangre en las venas le puede interesar el resultado del choque entre Arsenal y Estudiantes, a ninguno, están ahí simplemente porque no tienen más a dónde ir.

Parte de la religión

A la mañana siguiente, la combi parte temprano, hay que llegar cuanto antes a la Cruz del Paramillos, lo que no es fácil porque el camino por la ruta provincial 52 está lleno de tentaciones, los ecos del taconeo de los caballos de la columna del Ejército de los Andes que cruzó la cordillera por el paso de Uspallata, los restos de un bosque petrificado de araucarias descubierto por Charles Darwin y la Ciudad Fantasmal que construyeron los jesuitas para explotar las minas de oro, plata y cobre y fue la tumba y epitafio de los indios Huarpes.

Ahí nomás, en 1997, Brad Pitt desembarcó a filmar a las órdenes de Jaques Annaud“Siete años en el Tibet”. No hay más registro de su paso que las anécdotas que los vecinos de Uspallata cuentan del actor, hoy una estrella de Hollywood. Escucharlas mientras se come una barrita de cereal, la última antes de los 30 kilómetros de curvas y contracurvas a 55 km/h que terminan en las puertas del viejo Hotel Villavicencio es un bonustrack. Como el zorro colorado que inesperadamente cruza el camino, que es suyo y solo suyo.

Fuente: La Capital
26/10/2017

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