Para escapada o estadía con las dosis necesarias de aventura por el río, la montaña y los espejos de agua.

Si enero los encontró en Mendoza, trabajando y pensando en una escapada, o si la elección para las vacaciones son unos días entre el Valle Grande, el Cañón del Atuel, Los Reyunos, por mencionar alguno de los encantos del sureño departamento, la información es la clave para disfrutar del multifacético destino. 

En este sentido las tarifas son un tópico esencial para armar las salidas.

El turismo aventura es una de las claves de la temporada estival, y como en la variedad está el gusto, los sanrafaelinos entregan una carta abundante y diversa, para que cada viajero elija a su medida. En Los Reyunos, por ejemplo, una de las actividades más buscadas en los últimos años es el Tirobanyin o tirolesa de más de 600 metros que atraviesa el lago. Los paseos en catamarán son otra buena manera de aprehender el entorno. Las salidas en lancha, en tanto, son más aceptables para grupos reducidos de familiares y amigos y tienen otras dosis de adrenalina. 

La propuesta en torno al Valle Grande crece año a año y nadie se queda demasiado tiempo quieto pues la invitación constante es al movimiento.

Entre los circuitos tradicionales más visitados durante los 12 meses, el curso del Atuel y del Diamante se lleva los primeros puestos, ¿vamos?

 Al valle y al Nihuil

. Entre las rocas erosionadas, el río Atuel avanza sin dar tregua. Pescadores, aventureros en botes y en zapatillas, sabuesos de las mejores imágenes para llevar a casa, en el camino. 
Por la ruta 173 hacia el Valle Grande, el lecho regala verdes en derredor, campings, cabañas y empresas de rafting y aventura, entre artesanías, proveedurías y mates. La escena veraniega recurrente presenta ojotas, traje de baño, lentes de sol y varias tonadas regionales ya que este sector sureño es elegido por los fans de la montaña de todo el país. 

Están los que caminan hasta el paredón, los que van en auto, en bici o en moto. Todos allá arman sus propios ranchos y sus fiestas. El espejo de agua de un intenso verde no sólo recrea la vista. Por eso los kayakistas pasan salpicando de color su líquido sendero; las velas hacen lo propio mientras los esquiadores trazan líneas antojadizas antes de caer.

Paseos en catamarán para los menos arriesgados, playitas para saborear el sol sanrafaelino, buceo para los osados y rincones varios para armar el campamento del día a medida, con mate, fernet o asado, o con todo, como suele suceder.

Más arriba la cosa sigue y el Cañón del Atuel despliega sus mejores rostros pétreos. Hay que estar atentos para descubrir las impresiones que el viento y la lluvia, junto con los deshielos, dejaron como testimonio del tiempo. Con buen tino quizá descubra el Museo de Cera, el Sillón de Rivadavia, el Lagarto, la Ciudad Encantada, el Mendigo, los Jardines Colgantes, los Monjes, entre tantas esculturas.

El reflejo de los lagos artificiales Aisol y Tierras Blancas se ve a lo lejos mientras el camino sigue apostando a sorprender a quien lo transite. Más arriba el complejo hidroeléctrico Los Nihuiles, y la villa o simplemente el Nihuil, como lo llaman por aquí.

Por un lado caserío, cabañas y una celebración estival de gente que llega y se va, de más ojotas, bronceadores y chapuzones. Del otro lado el Club de Pescadores San Rafael recibe a los que pasean por la jornada y a los que instalan carpas y casillas o prefieren las cabañas del sitio, repitiendo las escenas que por estos días y hasta bien entrado marzo hacen de San Rafael el epicentro de la alegría: música sonando por todos lados, shorts, velas y kayaks, camionetas, cuatris o bicis, todos montados por gente que busca pasarla bien.

Seguir al Diamante

A 25 km de la ciudad de San Rafael la Villa 25 de Mayo, entre carolinos centenarios, casonas de adobe, novísimos complejos de cabañas; entre tortitas recién horneadas, empanadas y opciones de cocina gourmet, es una de las zonas de mayor crecimiento turístico, pero sin masividad, más bien con buen gusto y opciones Premium para disfrutar de la otra cara de San Rafael. 

Por aquí el ritmo es más lento, porque amerita paladear bien la mágica brisa, los dulces caseros y las ceremonias del compartir que la ruralidad mantiene sin abdicar. Bajo las sombras de los añosos árboles, las ovejas pasan sin cuidado, mientras los turistas visitan el fuerte San Rafael del Diamante, de 1805 declarado Monumento Histórico Nacional, al igual que la iglesia Nuestra Señora del Carmen; se detienen en el museo Museo Narciso Sosa Morales situado enfrente, luego se enteran de las viandas que hace una vecina y de los chivos que vende otro más allá, van y hacen los encargos y después, a la piscina del alojamiento para más tarde volver a salir, pues hay música en vivo en un restaurante camino a los Reyunos. 

Desde la villa, los viajeros tienen múltiples opciones para adentrarse en el paisaje del sur: el dique Galileo Vitale con sus bosquecitos que dan buenas sombras y las playas para asolearse, es una de ellas. El Tigre por su parte, ofrece en sus translúcidas aguas excelentes ejemplares de trucha y muchas actividades náuticas. Pero el elegido entre todas las propuestas es sin dudas, los Reyunos. Azul por donde se mire, sus aguas generaron en derredor áreas de servicios para los visitantes, con todo lo necesario para instalarse y disfrutar. El Club de Pesca y Náutica, apart hotel, restaurante, proveedurías, cabañas, campings, alquiler de embarcaciones, tablas, turismo aventura, cabalgatas y más, mucho más. Nosotros hicimos lo nuestro, ahora es su turno.

Los Andes: domingo, 06 de enero de 2013

 

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