En dos días se puede pedalear por parques, espiar el renovado circuito cultural y comer en restaurantes bodegas, sólo para quedarse con ganas de volver.

La mañana del viernes es blanquecina y la avenida Las Heras tiene el ritmo acelerado de las capitales. Cuesta creer que a las 14 no quedará un alma transitando por esa calle ruidosa y repleta de comercios. La siesta es sagrada, aunque la densidad demográfica supere el millón. Apenas se sale del cuadrilátero céntrico delimitado por Las Heras, Belgrano, Colón y San Martín se escucha el agua que corre por las acequias de este oasis en pleno desierto; son los canales de irrigación inventados por los huarpes, que los mendocinos supieron aprovechar y mantener.

En medio del césped de la plaza Independencia, un joven sostiene un chelo. Otros músicos están sentados en ronda, acostados, con varias guitarras y un jembé. En frente, una chica hace burbujas de jabón gigantes con dos palitos. Una pareja se besa y se pasa con la boca el humo del cigarrillo. La libertad, esa gesta anónima es el nombre del conjunto escultórico que enmarca la fuente principal y, detrás de ésta, un grupo de muchachos practica Le Parkour o el arte del desplazamiento, pasar de un lugar a otro lo más rápido y eficientemente posible.

Bajo esa misma explanada están el Museo Municipal de Arte Moderno de Mendoza (Mmamm) y en el extremo opuesto, el Teatro Julio Quintanilla.

Al otro lado de la calle está el hotel más elegante de la ciudad, el Hyatt, y desde que Mendoza fue nombrada Capital Internacional del Vino, la segunda fuente de la plaza lanza chorros de agua color Malbec.

 

Mendoza se parece a su plaza, ecléctica, arborizada, cultural, activa, musical y siempre rodeada de un halo vitivinícola. La había visitado fugazmente alguna vez, pero no la conocía. Se conoce una ciudad cuando se habla por lo menos con una persona del lugar, cuando se prueba aunque sea un plato local y surge, como mínimo, una anécdota para contar. 

 

En este caso tenía 48 horas para incursionar y ni un solo plan; en el itinerario, Mendoza era una escala para cruzar a Chile, para curiosear; una excusa para encontrar a una buena amiga, un experimento para ver si dos días son suficientes para adentrarse en una ciudad.

 

San Martín en bicicleta

Camino hacia el lado del Parque General San Martín, por la 5º Sección. La ciudad está organizada por secciones y, de todas, la 5º tiene las casas más señoriales y la avenida más cool, la Arístides Villanueva, repleta de bares nocturnos donde todos los viernes y sábados hay música en vivo; restaurantes como El Mercadito donde sirven unas hamburguesas gloriosas y comidas frescas durante todo el día; la emblemática heladería Ferruccio Soppelsa, reflejo fiel de la gran cantidad de inmigrantes italianos que se instalaron en Mendoza a fines del siglo XIX, y tiendas de diseño e indumentaria que transforman la avenida en un lugar para pasear tanto de día como de noche.

Finalmente, el portal del Parque General San Martín, diseñado en 1896 por el paisajista francés Carlos Thays. Imponente aunque no se vean las cumbres nevadas de los Andes, que están tapados por una bruma que irá aumentando hacia el fin de semana hasta convertirse en algo tan raro como preciado: la lluvia. Son más de 300 hectáreas repletas de árboles y un gran lago.

Podés alquiler una bici: son 17 kilómetros de recorrido dentro del parque así que la bicicleta es prácticamente la única -y la mejor- alternativa al auto. Hablando de bicicletas, Mendoza no para de inaugurar nuevas bicisendas.

Dentro del parque está el Teatro Griego Frank Romero Day, donde se hace la Fiesta de la Vendimia; el Museo de Ciencias Naturales y Antropológicas, el Estadio Malvinas Argentinas, donde se jugó el Mundial en 1978; la Universidad Nacional de Cuyo, varios clubes: de golf, de tenis, hípico; el Atlético Gimnasia y Esgrima, el Club Mendoza de Regatas; el Monumento al Ejército de los Andes, en el Cerro de la Gloria, desde donde se ven la ciudad y los cerros, que este viernes insisten en esconderse.

 

El cielo fotográfico

Mientras escribo este texto veo una foto que Patricia Slukich, mendocina, periodista y cantante, acaba de publicar en Facebook. La imagen es del Valle de Uco, donde varias bodegas cultivan algunas de sus uvas entre los 900 y 1200 metros sobre el nivel del mar, una de las mejores regiones vitivinícolas del país. En la foto los viñedos están rojos, hay un manzano solitario, una hilera de álamos y, detrás, los Andes, completamente nevados, en contraste con el cielo azul, intensamente azul, que suele haber por esos pagos.

 

Los cancioneros

¿Qué habría pasado si Oscar Matus no hubiera llevado a Mercedes Sosa a Mendoza? ¿Si Mendoza no hubiera pasado por la Negra y la Negra por Mendoza? ¿Existiría el Nuevo Cancionero, ese movimiento fundamental para el folklore argentino? En la biografía que Rodolfo Braceli, también mendocino, escribió con y sobre Mercedes Sosa, se subraya la tremenda incidencia que esta ciudad (a la que llegó de la mano de su primer marido, Oscar Matus) tuvo para su carrera.

Mendoza tiene una universidad pública con facultad de artes visuales, cerámica, música (licenciaturas en canto, composición musical, dirección coral, música popular, 14 tipos de instrumentos musicales, además de piano, guitarra y órgano), artes del espectáculo y proyectos de diseño. «En 2012 hubo 38 estrenos de obras de teatro en la ciudad, hasta Morrissey estuvo en Mendoza ese año», cuenta Patricia Slukich, esta vez personalmente, en un café de la peatonal Sarmiento, mientras un señor de uniforme barre las veredas con una enorme hoja de palma. ¿Puede ser que hasta barran artísticamente en esta ciudad?

La productora cultural María Carrascal, que es de Buenos Aires y trabaja con artistas cuyanos como Orozco Barrientos y Sonido Guay Neñë, me manda un WhatsApp: Tenés que conocer a Paula Neder y Seba Garay, son cancioneros, llamalos. Los llamo y una hora más tarde estamos reunidos en el Mercado Central, entre frascos de un kilo y medio de aceitunas verdes, quesos, carnes, embutidos, empanadas de mariscos y un puestito de pizzas que se llama De un Rincón de La Boca, del que dicen que la pizza es buena.

 

Noche en Guaymallén

Allí donde inicialmente se instaló la ciudad en 1561, en La Media Luna, distrito de Pedro Molina, departamento de Guaymallén, a pocos metros del canal Cacique Guaymallén, está el Espacio Cultural Julio Le Parc, que lleva el nombre del artista plástico mendocino que hizo trascender su obra en el mundo. Son 8777 m2 distribuidos en cuatro niveles donde se llevan a cabo actividades de cine, teatro, música, danza y artes visuales, entre otras disciplinas. También funcionan ahí las oficinas de producción de Acequia TV el canal que nos une.

 

Fuente: La nación, por Ana Schlimovich

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