El pueblo es un oasis alrededor de un interminable desierto, pocos llegan al lugar, pero vale la pena el esfuerzo.

En el límite con La Pampa y a 228 kilómetros de Malargüe, Agua Escondida es un oasis de paz, humedad y vida en un desierto que no parece terminar nunca. Como su nombre lo indica, el pueblo donde viven 300 almas está escondido y es de difícil acceso. Los últimos 100 kilómetros son por un camino de ripio donde sólo aquellos viajeros que sienten el camino, pueden hacerlo. El polvo y la desolación son una congregación que acompaña a la inmensa belleza que completa el horizonte. El pueblo permite detener la marcha y gozar de una tranquilidad absoluta. Un río de aguas cristalinas baña las tierras de esta comarca donde la tranquilidad y la paz son la base de una belleza incomparable.

Las distancias, como el horizonte sin grandes. Agua Escondida es un pequeño pueblo que ofrece los servicios básicos para poder quedarse a acampar unos días alejado de toda la realidad del mundo. En el confín del mapa, se sitúa en uno de los vértices que producen los límites de la provincia de La Pampa y Mendoza.

Pequeña, recoleta y silenciosa, la comarca invita a abrir los sentidos y dejar de lado todas las costumbres citadinas, la población vive a un ritmo natural que se debe aceptar, así como la noche llega al fin del día. 

El centro cívico de Agua Escondida cuenta con centro de salud, destacamento policial, registro civil, dos escuelas primarias (una estatal y otra privada), biblioteca, delegación municipal, subdelegación de la Dirección Provincial de Ganadería, iglesias de distintos credos, polideportivo, plaza, servicios mecánicos, venta de combustible, entre otras instituciones y servicios. También un camping y un polideportivo donde está permitido acampar. Hay electricidad, un almacen donde comprar el abasto necesario y por sobre todas las cosas: hay agua potable.

Un interminable valle rodea la localidad, a lo lejos se ve un horizonte meduloso detrás del cual está la legendaria Ruta 40. El río Agua Escondida baña las curtidas tierras de este pueblo donde el silencio y la tranquilidad se complementan en una unión que se traslada por el viento. Algunos árboles dan sombra. Todo lo que hay que hacer es ver correr el agua, bañarse y gozar del cielo. Hay pocos lugares en donde se sienta tan a flor de piel la sensación de estar completamente lejos y alejado de todo y de todos. El celular queda mudo, sin señal, afortunadamente.

Desde Agua Escondida se pueden visitar viejas minas y campamentos mineros abandonados, lugares en donde el tiempo se ha detenido. Siguiendo por la Ruta provincial 186 se puede acceder a la laguna Llancanelo y la Reserva La Payunia, en ambos sitios los guardaparques permiten acampar cerca de sus refugios. 

 

 

Al pueblo se acercan aventureros de a dos ruedas. Grupos de viajeros en moto se le animan al desierto y llegan a Agua Escondida con las últimas fuerzas, la humedad del río y la sombra de los árboles en su orilla, calman el esfuerzo del viaje. Gastón Partarrieu es uno de esos viajeros que recorre los caminos solitarios del mapa con su moto, atravesando inmensas distancias bajo el manto estelar del cielo en el sur del mundo. Hace poco estuvo en Agua Escondida, y nos cuenta la sensación de hallar este pueblo perdido en el mapa.

“Luego de un largo viaje en moto, con dos amigos llegamos a Agua Escondida. Fue como arribar a un oasis luego de tanto desierto. Ver árboles de verdes intensos y sentir el correr de un pequeño río, fue el premio a ese tramo de varias horas de duro ripio. La noche fue mejor aún porque se sumó el crepitar del fogón, las anécdotas y los preparativos del día siguiente. Caminamos por su plaza central y conocimos gente encantadora y dispuesta a brindarnos su hospitalidad. Desde el cerrito tuvimos la mejor vista del lugar y del pequeño embalse que da nombre al poblado. Al dejar Agua Escondida para bordear la Reserva La Payunia y Laguna Llancanelo nos invadió una certeza: que pronto volveríamos”

Agua Escondida es uno de esos pueblos que una vez que se conocen, permanecen en un rincón del corazón, ubicado en el lugar de los recuerdos que ayudan a conciliar el sueño. Esta comarca de ensueño se apropia de nuestro deseo pellizcando la brújula de nuestra vida, son esos pueblos donde siempre queremos regresar.

En la soledad, está su belleza, una clase de belleza clara y diáfana como el agua que corre por el río o el cielo que nace por las noches. 

 

Fuente: El Federal por Leandro Vesco y SH

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