Un viaje por encima de las nubes entre “caracoles” y “balcones”.

Esta tradicional excursión de día completo comprende todo el camino hacia la frontera con Chile, acompañando el río Mendoza en ascenso constante y siempre bajo la custodia del cerro Aconcagua, el más alto de Sudamérica con sus 6962 metros de altura.

Después de pasar la zona vitivinícola de Luján de Cuyo y el dique Potrerillos , a unos 100 km de Mendoza se llega a Uspallata, la última ciudad antes del cruce de los Andes. Fue un importante asentamiento huarpe en la época prehispánica; luego fue un enclave minero, y hoy es una villa agrícola con buenas facilidades turísticas y, como siempre, una posta en el camino trasandino. Su gran atractivo histórico son Las Bóvedas (hoy Monumento Histórico Nacional), hornos de fundición hechos de adobe y muy bien conservados en las que Fray Luis Beltrán, a las órdenes de San Martín, fundió los cañones y las armas del Ejército de los Andes.

El camino continúa atravesando una serie de túneles cavados en la montaña. Se pasan las villas de Picheuta, Polvaredas y Punta de Vacas, desde donde se accede al centro invernal Los Penitentes, a 165 k. de Mendoza. De junio a agosto recibe esquiadores, y el resto del año funciona como un centro de turismo aventura; la aerosilla permite acceder a una privilegiada vista panorámica.

Poco más adelante (y más arriba) se pasa el Cementerio de los Andinistas, donde descansan aquellos que perdieron la vida tratando de escalar el Aconcagua. Dos kilómetros después se llega a la formación conocida como Puente del Inca, a 2.720 metros sobre el nivel del mar. El río Las Cuevas ha horadado la montaña formando un puente natural de un extraño color amarillo, debido a las aguas sulfurosas. En el lugar brotan aguas termales, que fueron motivo de la construcción de un hotel de lujo, en 1925; el lugar fue destruido por un alud en 1965, y hoy sólo quedan sus ruinas. El Puente del Inca es lo más impresionante de la excursión. En el mercadillo anexo venden unos souvenirs que tienen una curiosa historia. Se trata de objetos normales (zapatillas, piedras, relojes…) con la particularidad de que están “petrificados” en azufre por haber sido sumergidos en las aguas sulfurosas. Es curioso.

 

Su majestad el Aconcagua

Unos kilómetros más allá, el Aconcagua sorprende: un mirador permite apreciarlo en toda su imponencia. Un camino de ripio entra en el Parque Provincial Aconcagua y llega hasta la bellísima laguna Horcones, de un verde turquesa; allí comienzan los ascensos al coloso.

Es posible visitarlo con trekkings a la medida de cada uno: desde excursiones de sólo un día, a expediciones más importantes a los campamentos de Plaza Francia y Plaza de Mulas . Su ascenso queda reservado para los andinistas en serio, y requiere excelente estado físico, meses de entrenamiento y preparación, un guía acreditado y el pago de un canon. 

Siguiendo por la Ruta Internacional 7, se encuentra el complejo aduanero de Horcones y unos kilómetros más adelante, ya en el límite con Chile, la localidad fronteriza de Las Cuevas, a 3.200 metros sobre el nivel del mar. Entre este paraje y el túnel internacional que lleva a Chile hay una ruta que, si las condiciones climáticas son favorables, permite ascender hacia el monumento del Cristo Redentor, emplazado a 4.200 metros de altura, que simboliza la fraternidad entre argentinos y chilenos.

Lo impresionante de esta subida, a parte de las vistas desde arriba, es la carreterita por la que se sube.

 

La Ciudad Fantasma y los caracoles de Villavicencio

El regreso puede hacerse por otro camino, recorriendo la antigua ruta vía Villavicencio, hoy Ruta Provincial N°52. El camino no es tan bueno, pero a cambio es mucho más panorámica. Se recorre la senda por la que pasó Charles Darwin registrando fósiles; por un sendero sinuoso se sube hasta los 3000 metros de altura, donde se encuentra la Cruz de Paramillo y su ciudad fantasma: las ruinas de la antigua explotación minera. Es posible visitar las minas con un guía. Afuera se extiende la mejor vista del Aconcagua, como si fuera un balcón con vista al cerro más alto de América.

Luego comienza la llamada “ruta del año” ya que, según dicen, tiene 365 curvas. El camino desciende en pronunciados caracoles hacia Villavicencio, una reserva natural, manantial de aguas termales, y origen de la afamada agua mineral. Allí se encuentra el histórico Hotel Villavicencio , hoy cerrado pero con perspectivas de reabrir muy pronto. 

Es un lugar perfecto para una caminata. Es impresionante la imagen de los caracoles serpenteando por la ladera de la montaña, rodeados de un paisaje casi desértico frecuentemente salpicado de guanacos. Desde los miradores, se puede comprobar con sorpresa que el hotel es tal como se lo ve en las etiquetas de las botellas.

Como yapa, volviendo se pasa por Canota, el histórico punto donde San Martín dividió a su ejército en dos columnas antes de cruzar los Andes.

 

Fuente: La Nación