Barreal y sus atractivos

Barreal y sus atractivos

Al sudoeste de la provincia, Barreal enamora a sus visitantes con su cielo diáfano, su atmósfera fragante y las historias de su gente. Un destino que invita al relax y a la contemplación de las estrellas.

San Juan es la dueña del sol. Por eso, por su clima templado y seco con trescientas noches despejadas por año, allí está el observatorio astronómico más importante de la Argentina. Y dentro de los paisajes de ensueño que encierran la cordillera y la precordillera de los Andes, tiene varios imperdibles para visitar y enamorarse.

Dejemos por un momento el inquietante y siempre asombroso Valle de la Luna, y detengámonos a descubrir las bondades de Barreal, un pueblo de tres mil almas ubicado en el corazón del valle de Calingasta: para una guía inglesa de viajes muy famosa, está entre los diez lugares más bellos de la Argentina. Lo que se dice un “tapado”.

¿Y qué tiene Barreal? Por empezar, las fragancias. Es un pueblo perfumado. Se traviesa el umbral de la entrada por la ruta arbolada y flotan en el aire aromas a hierbas, que varían según la estación, porque también desprenden fragancias los viñedos, y la sensación de paz y bienestar se completa con el canto de los pájaros y el murmullo del agua que corre por las acequias.

Cultivos de manzanas y de ajos protegidos del viento zonda –caliente y polvoriento– por hileras de álamos.

La presencia imponente del cerro Mercedario, un vigía nevado de 6770 metros, apenas un poco más bajo que el mismísimo Aconcagua. El río cristalino de los Patos, el mismo que vadeó San Martín con su Ejército Libertador, engañando a los jefes realistas del ejército español que creían que encabezaría la columna que cruzó por Mendoza.

La romántica Barreal tiene su propio orgullo, que es una larga calle flanqueada por una prolija hilera de sauces llorones. Empieza con un cartel que reza “La calle de los enamorados” y termina con un monumento a Cupido, el dios del amor, en el otro extremo. Fue la feliz idea de Jorge Leónidas Escudero, un bohemio que llegó buscando oro en las entrañas de los cerros cercanos. Era un joven, allá por la década del 50, y en los bucólicos y largos atardeceres del verano veía pasar a las parejas buscando intimidad calle abajo, hasta donde solo se divisaban los sausales. No solo bautizó a la calle “Escudero”, sino que definió en pocas palabras aquellos años de bohemia y juventud: “Fui por minerales y traje poemas”.

La iglesia de Barreal también es singular. Se llama “Jesús de la Buena Esperanza” y es una humilde capilla blanca con una cruz en el centro del techo, una sola nave, el piso ajedrezado, alero en galería a los costados, paredes de adobe con base de piedra y techo de carrizo amalgamado con barro. Pero lo que me llamó la atención es la imagen del Cristo de la Buena Esperanza. Al revés de la inmensa mayoría de los Cristos sufrientes, clavados en la cruz, aquí estamos en presencia de un Cristo ¡sentado!

 

Ventana al universo

Cerca, a unos 25 kilómetros, después de atravesar una huella con vegetación petisa y seca, es posible adentrarse en lo que algunos llaman el “barreal Blanco” y otros la “pampa del Leoncito”. Es una impresionante superficie de barro seco, de color ocre, de unos 12 kilómetros de largo por cuatro de ancho: un gran escenario fotográfico donde se han filmado algunos formidables spots publicitarios. La superficie está cuarteada, y bajo la presión de los pies el barro se rompe con un crujido sordo.

Con su belleza rasa, parejita, la Pampa del Leoncito es un destino turístico de descanso y aventura, y pista de carreras para los carros a vela, una rara disciplina deportiva en la que los vehículos pueden alcanzar velocidades de hasta 130 kilómetros por hora.

Cercano, el Parque Nacional El Leoncito, creado en 2002, es hábitat de fauna salvaje, y por aquí y por allá andan suris (primos hermanos del ñandú) y guanacos respirando aliviados de los cazadores furtivos. Allí está el observatorio, inmaculadamente blanco, que funciona desde 1985, y parece parte del decorado de una película.

Anualmente, más de 70 astrónomos de todo el mundo llegan a este mirador estelar ubicado a 2550 metros de altura, porque la atmósfera diáfana y transparente les asegura 300 días al año de observaciones perfectas, sin una nube odiosa que les

impida rastrear los confines del espacio.

El complejo confirma que Barreal no es sólo una gran reserva ecológica, sino que apuesta fuerte a poner de moda el turismo astronómico. Como saben los físicos, la luz viaja millones y millones de kilómetros para llegar a la tierra y se arruina en los últimos cien, debido a la presencia de las capas atmosféricas. Excepto en algunos lugares, donde existen “ventanas” que nos permiten ver la abrumadora cara del universo. Y San Juan es uno de los cinco mejores lugares para ver este espectáculo único.

En el observatorio, con la suficiente antelación, uno puede alojarse, comer y beber, y tener el privilegio de observar las estrellas. Me fui de El Leoncito pensando que el misterio de los cielos es demasiado complicado para mí. Tal vez porque mi vista llega

no mucho más lejos de donde estoy parado. No muy lejos de mis narices, mientras ellos andan navegando en los confines del universo. Me dije: “Yo solo sé que al frente tengo el camino”. Y como los astrónomos, tampoco puedo ver el final.

Hacia la zona de Cuyo, en San Juan, Barreal es otro punto que se destaca por su aura exclusiva y solitaria, ofreciendo paisajes increíbles sin un alma alrededor. Por ejemplo, Pampa El Leoncito, el lecho de un río que se secó y conforma una depresión de 12 kilómetros de largo por 5 de ancho, parecido a una salina pero con un suelo un poco más rugoso y seco. Enmarcado por la Cordillera de los Andes, ofrece un espacio perfecto para practicar carrovelismo, un hit de la zona, o simplemente contemplar la inmensidad del lugar. Esto es especialmente recomendable de noche, dado que Barreal es “reserva de cielo”, lo que implica que ninguna industria puede asentarse cerca, en pos de mantener impoluta la atmósfera que estudia el muy cercano Centro Astronómico El Leoncito. El pueblo en sí, un valle en medio del desierto cuyano, mezcla casas de adobe con senderos que parecen terminar en el centro de las montañas.

 

Fuente: Alta, por Mario Markic y Noticias.perfil.com

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