Los fines de semana largos son la oportunidad perfecta para realizar viajes cortos y disfrutar de los rincones de la Argentina. Los imperdibles para disfrutar unos días de relax en los viñedos de Mendoza.

Los amantes y aficionados por el arte del vino saben que Mendoza es una buena opción para cualquier momento del año. Pero también para los menos conocedores, hoy hay cada vez más alternativas que diversifican los posibles itinerarios y permiten descubrir en profundidad el universo vitivinícola de muchas formas. Ideal para un fin de semana lejos de todo: los esenciales para tener en cuenta en un viaje de 2 o 3 días.

Con 150 bodegas abiertas al turismo desplegadas en varias zonas, el enoturismo es una estrella de lujo todo el año.

 

Hoy se conjugan una diversidad de propuestas en torno a su producción de vinos y espumantes -entre los más premiados del mundo- para sorprender con degustaciones y aprender acerca del proceso de elaboración del vino, su cata, a maridar y otros trucos imperdibles de enólogos y sommeliers. 

 

Para un plan de viaje express, muchas de sus bodegas se pueden encontrar cerca de la capital, en Maipú y Luján de Cuyo. Dónde se encuentran las más tradicionales. Muchas se adaptaron para recibir la visita de los turistas: tienen restaurantes, museos y muchas actividades recreativas y artísticas.

Otra opción es el centro oeste de Mendoza, al Valle de Uco –Tupungato, Tunuyán y San Carlos–. El mismo cuenta con propuestas enoturísticas en las bodegas familiares, boutiques e industrializadas. Es un enorme valle al pie de los Andes, con viñedos que se encuentran a alturas de 1200 metros aproximadamente.

Una opción pintoresca para realizar estos recorridos es al estilo de los micros «hop on hop off», el cual va frenando en distintas paradas, hasta llegar a las bodegas. Se pueden visitar hasta cuatro en un día o quedarse en una. Una buena opción para dejarse llevar.

 

Las bodegas hoy cautivan también por sus restaurantes gourmet. Allí marcan tendencia los productos orgánicos cosechados en huertas propias, carnes típicas de la zona como la trucha o el chivito de Malargüe, además de otras delicias elaboradas a base del vino. 

 

No solo se trata del vino, es la experiencia lo que cuenta. Y hay muchas formas de sumarle sensaciones: tango, cabalgatas en los viñedos, paseos en globo aerostático y hasta en autos clásicos. Varias bodegas también ofrecen alojamiento. Y su arquitectura juega un papel importante, con obras de infraestructura reconocidas a nivel mundial.

 

Para los que buscan relajarse y desconectarse de la rutina por completo, hay hoteles spa y lodges, con las mejores vistas a los viñedos y de fondo las cumbres andinas. Imperdible el despertar y hacer vinoterapia y relax; o bien dar un paseo en bicicleta y recorrer los viñedos.

 

Fuente: Infobae

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