El déficit fiscal, el rojo comercial y la dependencia del financiamiento externo preocupan a los economistas, que valoran el cambio de expectativas pero dicen que está lejos de ser suficiente para darle sostenibilidad a la política económica del Gobierno.

La emblemática frase de Carlos Menem pronunciada en 1991 en las postrimeras de la aplicación del plan de Domingo Cavallo (“estamos mal, pero vamos bien”) vuelve una y otra vez a escena para describir distintas coyunturas de la realidad económica argentina. El último reestreno del adagio del expresidente se corporizó la semana pasada en el análisis de buena parte de los expertos que se dieron cita en el Congreso Económico Argentino celebrado en el marco de la ExpoEFI.

Algunas de las variantes a la cuales apelaron los economistas para describir el escenario actual fueron: “Estamos marginalmente mejor, pero vamos lento respecto de la tarea que había que hacer”, pronunciada por Daniel Artana (FIEL); o “No estamos bien, pero avanzamos en la dirección correcta”, por Miguel Kiguel (Econviews).

Lo cierto es que los análisis fueron muy pesimistas respecto de la situación actual, fundamentalmente respecto a tres aspectos: el déficit fiscal, el rojo comercial y la dependencia del financiamiento externo. Eso es lo que define el presente como “estamos mal”.

Lo que alcanza –con poco convencimiento- para decir que “vamos bien” son básicamente tres factores, según los economistas convocados en el CEA: el cambio de Gobierno y la expectativa de un nuevo período de Cambiemos, la baja (insuficiente) del déficit fiscal y el gasto público, y la apertura de los mercados para seguir financiando a Argentina.

El primer aspecto es condición necesaria, pero no suficiente. Aunque si bien el Gobierno atraviesa la segunda mitad de su mandato, los economistas encuentran algo de consuelo al presente pensando qué hubiera pasado si no había un cambio de rumbo. “Nos salvamos de una cosa muy complicada: totalitarismo político y desastre económico”, explicó Rodolfo Santángelo (Macroview), quien añadió: “Por suerte no se colapsó, aunque a Macri le hubiera convenido porque la recuperación se hubiera notado más y hubiera sido todo más fácil”.

Pero el capital del cambio de expectativas a dos años de Gobierno empieza a perder fuerza y los analistas reclaman más “coraje” para atacar el déficit fiscal y una mayor consistencia macroeconómica por parte del programa.

 

De todos los males el déficit fiscal es el que más preocupa. “Un rojo como el que tenemos en relación al PBI es alto, no se puede minimizar el dato”, dijo Kiguel, quien recordó que Argentina pasó de tener superavits gemelos durante los primeros años de Néstor Kirchner a déficits gemelos. A lo cual Santángelo completó: “El déficit fiscal cayó poco y nada. Los números muestran que los de 2016 y 2017 fueron parecidos a los de 2014 y 2015”.

 

ES LO QUE HAY.

Frente a las amables críticas de los analistas, el secretario de Política Económica del Ministerio de Hacienda, Sebastián Galiani, apeló a la herencia recibida: déficit, gasto público récord y presión tributaria altísima. El funcionario describió que el gasto público durante los últimos años de Cristina Kirchner saltó del 25% (una cifra en la que había oscilado por décadas) al 42,2% en 2015. “Es como tener que sostener dos Estados. Y el problema es que se sube fácil, nadie se resiste, pero bajarlo es difícil.” En este sentido, Galiani explicó que este año será el tercero en que se logra bajar el gasto sin crisis y que para el final del mandato habrá caído entre 5 y 6 puntos.

Con la crudeza habitual de su discurso, en el panel político el diputado de Cambiemos, Eduardo Amadeo, no le ahorró dramatismo a la hora de explicarle a los economistas por qué no se puede ir más rápido: “A quienes dicen que nos tenemos que olvidar de la gobernabilidad y debemos bajar de un saque 5 puntos el déficit yo les digo que entonces vamos a tener que invertir en balas”.

 

UNA VELA AL FINANCIAMIENTO.

Claramente el programa gradual se sostiene porque se mantiene el grifo del endeudamiento. Y el Gobierno no lo niega, como cuando Galiani admitió que la deuda neta va a pasar del 28,5% del PBI al 37,3% en 2020. A partir de ahí piensan estabilizarla y empezar una lenta reducción.

Ese escenario genera dos inconvenientes adicionales. Por un lado, empieza a adquirir un peso mayor el pago de los intereses de la deuda. “El problema es que lo que se ahorra por un lado, se está gastando por el otro. Además, las medidas estructurales a largo plazo son más aumentadoras del agujero fiscal”, dijo Santángelo, quien introdujo a continuación el verdadero fantasma que tienen los economistas: “Dios nos libre de dejar de conseguir deuda”.

La dependencia respecto del financiamiento externo expone a Argentina a vaivenes en los mercados internacionales y es algo sobre lo cual no ejerce ningún control. “Si llega a haber problemas afuera, nuestro país va a sufrir una recesión”, vaticinó Kiguel. Por su parte, Daniel Artana desnudó que el gradualismo del que hace alarde el Gobierno se mantiene gracias al acceso al crédito: “El ajuste no lo definen los tiempos de la política, sino el humor de los que nos prestan plata. Así que si se reduce la entrada de capitales, la respuesta sería un salto en el tipo de cambio y menor actividad económica”.

Quien le puso paños fríos a los miedos de sus colegas fue el extitular del Banco Central, Martín Redrado, quien sostuvo que no cree que el riesgo esté por el lado de la falta de liquidez en los mercados, pero sí por el costo que tendrá ese financiamiento. “Esa es la nueva clave para los países emergentes. La reforma tributaria en Estados Unidos generará un aumento en el piso del costo de financiarse. Pero pensar que a Argentina se le va a acabar el crédito internacional es mirar el pasado. En realidad, cuando uno mira nuestro país ve que hay mucho para revisar en materia de déficit fiscal y de cuenta corriente.”

 

Fuente: Ladevi
11/04/2018

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