Una semana a lomo de mula y mate cocido por el duro camino que siguió San Martín. En enero de 1817 el ejército sanmartiniano cruzó la cordillera. Un periodista de Clarín participó de una expedición que evocaba esa gesta de la Independencia.

La columna avanza por la pampa de Canota y parece pequeña en esa planicie interminable, a 2.900 metros de altura, techo de la precordillera.

Desde las crestas de los cerros espían varios guanacos, tan curiosos como asustadizos. Un choique, el ñandú de la zona, aparece a la carrera por el llano y dos jinetes baqueanos se lanzan a perseguirlo, sólo por divertirse.

Promedia la primera jornada del cruce de los Andes a lomo de mula, por la ruta sanmartiniana de Uspallata, la misma que empleó el general Gregorio de las Heras al frente de su columna del Ejército de los Andes.

Es el cruce que organiza la Asociación Cultural Sanmartiniana de Rosario desde 1997. Pero es el más numeroso realizado por civiles desde aquella gesta de la Independencia. El primer objetivo es Las Cuevas, adonde se llegará hoy luego de recorrer unos 140 kilómetros a lomo de mula en una semana, con un día de descanso en el medio. El tramo final hasta la cuesta de Chacabuco, donde se libró una batalla decisiva de la Independencia, se hará mañana en ómnibus, ya que no se puede cruzar a Chile con el ganado.

Somos 84 “expedicionarios” y el grupo se eleva a 109 contando a los jinetes militares y baqueanos del Regimiento de Infantería de Montaña 16 de Uspallata, sin cuyo apoyo la empresa sería irrealizable. En fila, de a uno, subiendo el angosto camino entre dos cerros, la columna alcanza quinientos metros de extensión.

El lunes hubo una ceremonia de partida en el campo histórico de El Plumerillo, donde San Martín organizó su Ejército. La mayoría de los expedicionarios llegó de Rosario; el resto de Buenos Aires, Córdoba, Corrientes, Tucumán, Mendoza, Santiago del Estero, Salta, Formosa y del interior de Santa Fe.

Al mediodía llegamos al viejo casco de la estancia Canota, 30 kilómetros al noroeste de Mendoza. Fue un día de familiarizarse con eso de caminar entre el olor y la bosta de las mulas. Por la tarde se distribuyeron los animales y se formaron once patrullas, cada una con un jefe experimentado. Más del 60 por ciento no había cabalgado nunca. Los dolores en las piernas —y no en la cola como podría creerse— pronto darán cuenta de ello. En la aventura están representadas todas las edades, desde 15 a 67 años. Y casi un tercio son mujeres.

El primer contacto con los animales confirma la sabiduría de tantas populares comparaciones: ser terco como una mula, loco como una mula, patear como una mula. No vale hablarles para demostrar que se es amigo, o llamarlas por sus nombres: Lola, Carolina, Haragán, Alf. Tampoco parece amilanarlas demasiado el rigor del rebenque. Hacen más bien lo que se les canta y si la cosa se pone brava, están los baqueanos para ponerlas en vereda. Pero los defectos de estos híbridos de yegua y burro se compensan con sus virtudes: son resistentes, trepan adonde parece impensable, pisan seguras en todo terreno y perciben el peligro. Parece mentira que con semejante instinto no les importe si llevan un ser humano o cajones de fruta.

Después de un día de ansiedad con noche de fogón bajo las estrellas, el martes hubo diana a las 6.30, mate cocido con pan y dulce de leche y se despacharon los equipajes en un camión de apoyo del Ejército. 

Para la jornada, sólo lo indispensable en una alforja, esto es, la ración fría para el almuerzo y una cantimplora. A las 9.30 empieza el cruce en Canota, a 1.400 metros, rumbo a Agua de la Cueva, a casi 3.100.

Pronto queda claro que cruzar los Andes en mula no es hacer castillos de arena junto al mar. Las mulas, asustadizas, mañosas e impredecibles tiran a dos compañeros. Las caídas no pasan del susto pero la mañana se transforma en un picnic de derribos, que llegan a siete en total. Uno lo protagoniza este cronista, que venía meditando cómo dominar al animal en caso de que se espante. Pero a la hora de la verdad no hay tiempo ni de darse cuenta: otra mula pateadora hace lo suyo y en una fracción de segundo estaba en el suelo. Por suerte, la caída fue en el centro de una jarilla, un arbusto tupido con ramitas delgadas que amortiguaron el aterrizaje. “No puede ser, tres de las mulas que tiraron son de calesita”, se quejó el teniente primero Iván Argüelles Benett. Rodríguez bramó exigiendo precaución.

Almorzamos en una quebrada, junto a una vertiente. En todo momento del cruce hay clases de historia sobre episodios de la vida de San Martín y allí, bajo un solazo que partía, Miguel Brusasca cautivó a todos con su relato del sargento Cabral. Contó que era hijo natural de una esclava negra de la hacienda de los Cabral, en Saladas, Corrientes. Analfabeto, fue reclutado cuando San Martín formó el Regimiento de Granaderos. El 3 de febrero de 1813, en el combate de San Lorenzo, rescató junto al soldado Baigorria a San Martín de debajo de su caballo herido por la metralla, y en ese momento fue atravesado por un bayonetazo. “Murió en el refectorio del convento pocas horas después. Nunca pudo haber dicho ‘Muero contento, hemos batido al enemigo’ en ese español castizo que cuenta la historia oficial. Si tuvo últimas palabras fue en guaraní, su idioma”.

Tras una jornada agotadora, luego de atravesar la desértica pampa de Canota, ascendimos una última cuesta y por primera vez aparecieron, a lo lejos, las altas cumbres de la cordillera con el Aconcagua en el centro. En Agua de la Cueva hay un par de pozos de agua, únicos en toda el área. Se supone que allí abrevaron los animales de la columna de Las Heras y también los que iban con San Martín cuando viajó a Uspallata para encontrarse en el valle con los derrotados de Rancagua.

“El cruce es como un túnel del tiempo, es mucho más que una película o un libro”, nos dicen. “Me pregunto cómo habrán hecho Paroissien y Argerich, los médicos del Ejército de los Andes”, agrega. Sosa vino como uno más pero terminó siendo el médico de la expedición porque a último momento el previsto debió bajarse. En Agua de la Cueva atendió 26 consultas, la mayoría por baja presión y cefaleas, efectos típicos de la altura y del cansancio. También decidió evacuar a un expedicionario con hipertensión, provocada por correr la mula que se le había soltado. A tres mil metros no conviene hacer olas.

El guiso caliente preparado por la cocina del Ejército es un manjar. Se duerme al aire libre al modo de los arrieros, usando de colchón la manta matra, el pellón y el cuero de las monturas. De cara al cielo estrellado como sólo se ve en la montaña. Los 33 grados del día bajaron a casi cero en la madrugada. Amanecimos cubiertos de escarcha y no del todo descansados.

El camino a Uspallata es amplio, polvoriento y en descenso. Es miércoles y el grupo sabe que le espera el descanso en el Regimiento, una ducha, una cama y agua con sólo abrir la canilla. Pero antes hay que llegar…

Cinco jóvenes parten a pie, como homenaje a los infantes del ejército sanmartiniano, que así lo hicieron porque no alcanzaban los animales para todos. Los que van en mula sienten que apuran el paso, ya que saben que vuelven a casa. Son 32 kilómetros bajo un sol demoledor. Duelen piernas y rodillas. El calor seco marea. Un pañuelo se desprende de una cabeza y las mulas se pegan una espantada, pero ya hay más dominio y todo vuelve a su cauce.

Por fin, a la vista, el verde valle de Uspallata: “Parecía la tierra prometida, un oasis al que no llegábamos nunca”, comentará después Jorgelina Córdoba, rosarina, 56 años. Vino sola al cruce “porque los hombres de la familia arrugaron”, dice divertida. La entrada va encabezada por las banderas argentina y del Ejército de los Andes, las de Chile, Perú y la provincia de Santa Fe de los organizadores. La expedición es recibida por una banda militar y gente del pueblo. Están todos contentos.

El paso de Uspallata es uno de los seis que empleó San Martín con su Ejército de 5 mil hombres, 16 mil mulas y 1.600 caballos. El jueves está destinado al descanso y para el viernes se esperan días duros, de largas marchas por la montaña y noches frías. Estamos mucho más cerca.

Está por cumplirse el bicentenario de esa gloriosa gesta sanmartiniana, es una excelente oportunidad para adherir a los festejos replicando el cruce en algunas de las tantas opciones que están prevista. No te gustaría prenderte con nosotros?

Fuente: Clarín, Guido Braslavsky

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