El Club Andinista cumple 80 años. En este lapso pasó de ser un espacio deportivo y de exigencia a uno más recreativo, aunque conserva una escuela de montaña y actividades de senderismo para quienes desean alcanzar altas cimas.

El Club Andinista Mendoza nació en 1935 por la inquietud de un grupo de hombres que querían institucionalizar el montañismo, hasta ese momento visto como una actividad de extranjeros y de locos que iban a buscar la muerte.

Aunque unos pocos de esos pioneros la encontraron, y hoy están en “la cumbre más alta”, los miembros fueron marcando rutas para muchos de los cerros a los que hoy se llega de modo casi masivo, y crearon entrenamientos y capacitaciones para lograr que el deporte fuera más seguro, como también que se respetara la naturaleza.

Ochenta años después, la institución no está tan centrada en la conquista de altas cumbres -aunque hay socios que tienen un buen número de cimas alcanzadas-, como en acercar la práctica a personas de todas las edades. Desde abril a noviembre funcionan las escuelas de montaña y de palestra; durante todo el año, una vez al mes, se realizan salidas grupales de senderismo.

“Cuando uno camina en la montaña corre los miedos. Es una constante auto-superación”, plantea Patricia Garis, presidenta del CAM. Explica que el caminante se enfrenta a un ambiente hostil sólo con lo que lleva en la mochila y que eso hace que lo cotidiano se vea desde otra perspectiva. Sobre todo, cuando se han tenido que soportar bajas temperaturas, cansancio o hasta hambre y sed.

Pero también cuenta que en las salidas de senderismo se suelen compartir asados, hay tiempo para charlar y conocerse, y las edades de los participantes oscilan entre los 6 y los 75 años.

La mujer define a esta actividad deportiva no competitiva como el “diamante” del club, ya que ha acercado a un gran número de personas al CAM (en la actualidad son 250 los socios, aunque también pueden sumarse a estas salidas quienes no lo son). Es que el senderismo, detalla Garis, se practica en unas pocas horas de caminata y no es necesario tener entrenamiento previo.

De hecho, ella misma se ligó a la montaña hace pocos años y sostiene que previamente “no caminaba ni a comprar pan”. Sin embargo, un amigo integrante del CAM le insistió para que fuera a una salida hasta la cascada de El Salto. Si bien a las 48 horas le dolían mucho las piernas, después se sumó a otra excursión, esa vez a Plaza Francia, uno de los campamentos en el cerro Aconcagua.

“En mi vida he tenido tanto frío”, comenta con una sonrisa y asegura que en la altura encontró la libertad. Hasta entonces dedicaba su vida al trabajo y nunca se sentía satisfecha; en cambio, con la escalada experimentó el “sí puedo, llegué”.

 

La escuela de montaña
Para quienes quieren aprender a sobrevivir en alta montaña existe una capacitación que se extiende durante un año, con cursado una vez por semana y salidas a terreno una vez al mes.

Quienes egresan no tienen un título habilitante pero se reciben de “montañeses” con conocimientos que abarcan desde meteorología hasta flora y fauna, cómo alimentarse y de qué manera calcular los tiempos  -entre otras cosas- impartidos por diversos especialistas. De hecho, antes de aprobar deben rendir un examen teórico y otro técnico.

Patricia Garis explica que no realizan salidas a más de 4.000 metros de altura con quienes no han pasado por esta escuela de montaña, ya que los egresados cuentan con las herramientas para saber qué tienen que hacer antes y durante el ascenso -que puede incluir escaladas-, pero también cómo comportarse si algo sale mal.

Javier Molina (36) es uno de los egresados y también uno de los participantes de la expedición 80° aniversario que hizo cumbre en el Aconcagua en febrero. El joven explicó que en la escuela aprendió a orientarse, cómo vestirse, nociones de supervivencia y cómo darse cuenta de que está en una situación riesgosa.

Para él fue su primer ascenso a la cima del “Coloso de América”, aunque tiene varios otros cerros conquistados. Subrayó lo importante de ascender con amigos que conoció en el Club ya que, de ese modo, es más sencillo enfrentar las condiciones adversas.

 

Los precursores
Hace 80 años la montaña era sitio para unos pocos. Patricia Garis resalta que en esas épocas no existía ropa térmica ni elementos especiales para las condiciones de altura. Algunos andinistas usaban pesados borceguíes de cuero, como los de los militares, y les ponían clavos desde adentro para que se agarraran al hielo.

También solían llevar carpas de lona untadas con grasa de oveja para impermeabilizarlas. Aun más: para emprender el camino hacia el Aconcagua salían caminando desde Puente del Inca y ellos mismos subían sus equipos y las provisiones para 15 días.

Varias de esas historias de los pioneros y de los “primeros 25 años en la exploración y conquista de nuestras montañas” están reflejados en un libro que escribió Alfredo “Tito” Magnani, él mismo hombre de montaña y socio vitalicio del CAM.

Aunque “Tito” falleció en 2011, antes de verlo editado, dejó como legado, además de sus logros (el centro de visitantes del Parque Provincial Aconcagua lleva su nombre) esta publicación llena de historias y anécdotas.

Mucho más acá en el tiempo, pero con 30 años como socio en la institución, Jorge Giaquinta (59) cuenta que empezó con el “Coloso de América” en la mira y recuerda que en los ’80 los visitantes al cerro eran pocos.

Entonces, cuando no era posible consultar internet, la biblioteca del Club Andinista Mendoza era muy útil para conseguir información. La institución era, además, un centro de referencia para locales y extranjeros, y gracias a ese intercambio los asociados podían viajar a otros países con mayor facilidad.

“Uno sube la montaña solo, pero si el acompañante es solidario y tiene ciertos gestos, motiva para seguir adelante”, plantea Giaquinta a modo de resumen de su vasta experiencia en la montaña y la fortuna de haber podido estar con amigos. Esos que conoció en las noches de jueves, cuando se reunían para organizar las excursiones de los sábados, y con quienes luego fue más fácil pasar hasta cuatro días encerrado en una carpa a la espera de que pasara un temporal.

 

Palestra y refugios propios
En la sede del Club Andinista Mendoza, ubicada en calle Fray Luis Beltrán 357 de Guaymallén, hay una palestra de 15 metros de altura con la que se puede practicar escalada indoor y, por supuesto, se realizan los ejercicios de la escuela de palestra. Pero, además, la institución cuenta con dos refugios en alta montaña.

Con apenas unos meses de existencia, en 1935, el CAM organizó una colecta para recaudar fondos y recuperar uno de los galpones de la estancia El Salto para destinarlo a un refugio. Sin embargo, hubo diferencias con los propietarios del predio y no pudieron utilizarlo.

En la actualidad, la institución cuenta con otros dos, ambos ubicados en Los Vallecitos. Uno se denomina Humberto Ré, en homenaje al fundador y primer presidente de la entidad, y otro Mausy, para recordar a María Canals Frau, socia que falleció en el Aconcagua en 1947.

Fuente: Diario Los Andes

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