Las Dunas del Nihuil se encuentran a ochenta kilómetros de San Rafael, esta enorme extensión de arena se ha convertido en un circuito ideal para espíritus aventureros, con elevaciones de más de 200 metros, sólo aptas para camionetas de doble tracción, cuatriciclos y motos especiales

Bajo el sol impiadoso del mediodía, Raúl y Marcelo se sentían víctimas de un nuevo espejismo. Ambos creían ver una moto que serpenteaba en el desierto, borrosa entre las arenas más lejanas. Para ellos, aventurarse en las Dunas del Nihuil con la camioneta era una costumbre que llevaba tres años, pero esta vez una falla del motor los había dejado desamparados en medio de ese sitio de la geografía cuyana que tanto se parece al Sahara. Necesitados de una ayuda desde hacía varias horas, la impaciencia los había llevado a ver en la distancia autos inexistentes. Sin embargo, esta vez no había espejismo y la moto que corría allá a lo lejos era real. Por eso agitaban los brazos y gritaban subidos al techo de la camioneta, esperando que al fin los rescataran.

Las Dunas del Nihuil constituyen un colosal desierto de arena a poco más de ochenta kilómetros de la ciudad de San Rafael, en el sur de la provincia de Mendoza. Su relieve está formado esencialmente por enormes dunas que llegan a medir hasta 200 metros y se extienden sobre una árida zona de treinta mil hectáreas en la que la temperatura suele superar los 50°C durante el verano.

Esta combinación de geografías y climas hostiles ha convertido este sitio en uno de los más inhóspitos de la Argentina, al extremo de haber sido elegido en varias ocasiones como parte del recorrido del Dakar. Más aún, muchos de los pilotos que tomaron parte en los últimos años del rally destacaron a Nihuil como uno de los tramos más difíciles de la competencia, lo que ha elevado a estas dunas cuyanas casi a un estatus de leyenda. Por eso, año tras año son más los aventureros que se acercan a desafiarlas.

La única forma de internarse en el Nihuil es en vehículos especialmente preparados para transitar sobre la arena, ya que las dunas pueden resultar escollos insalvables para quienes no conocen sus secretos, muy especialmente cuando las tórridas temperaturas del verano las transforman en trampas movedizas capaces de devorar la parte inferior de los autos.

Las motos de cross, los cuatriciclos y las camionetas de doble tracción son las mejores opciones para adentrarse en este desierto cuyano en el que es muy fácil perderse por la falta de puntos de referencia claros. La monotonía del paisaje y la constante alteración del relieve de arenas por la fuerza del viento hacen de la memoria visual un imposible. El GPS es imprescindible en el Nihuil.

ATRAVESANDO LAS ARENAS

Aún lejos, la moto que Raúl y Marcelo habían visto parecía empezar a acercarse. Los gritos habían dado efecto y la ayuda venía en camino. Vencida ya la impaciencia se sentaron en la arena a esperar a que llegara el piloto de la moto salvadora y abrieron uno de los tres Malbec que esa mañana habían cargado en la camioneta, unos minutos antes de salir hacia el desierto. Como casi siempre, habían iniciado el viaje al amanecer para tratar de aprovechar las horas frescas de la mañana sobre las dunas.

Desde San Rafael habían seguido una ruta que orilló primero el embalse Villa Grande y que luego siguió el curso zigzagueante del río Atuel hasta llegar al dique El Nihuil, espejo de agua en el que los fines de semana se practica windsurf, canotaje y esquí acuático.

Ya el sol había empezado a entibiar el día cuando, luego de tomar un rumbo descendente por un camino de tierra, llegaron hasta la frontera misma del desierto. Allí, frente al comienzo de las arenas, detuvieron la camioneta y redujeron la presión de los neumáticos para darle al vehículo una mayor superficie de flotación y aumentar, al mismo tiempo, el tamaño de la huella, lo que les permitiría una mejor tracción. Cinco minutos alcanzaron para desinflar los cuatro neumáticos y llevar la presión hasta las 16 libras, el valor ideal para el Nihuil según les dijo alguna vez el padre de Marcelo, un ingeniero sanrafaelino, desde chico apasionado por los motores.

Llevaban ya media hora en el desierto cuando enfrentaron la primera gran duna de la travesía, una mole blanquecina de más de 50 metros. Atravesar este tipo de dunas exige cierta técnica en la que resulta esencial que el ascenso se haga siguiendo una línea recta, evitando subir en ángulos cerrados porque el peso trasladado a las dos ruedas laterales que quedan sobre la parte baja del vehículo puede provocar el vuelco de la camioneta.

Sin problemas, Raúl y Marcelo treparon aquella primera gran duna que desde lo más alto les permitió tener una vista excepcional de todo el desierto. Aprovechando la claridad del cielo y parados sobre el filo, usaron un par de binoculares para maravillarse con las lejanas montañas nevadas que se levantaban hacia el poniente.

A aquella primera duna de 50 metros le siguieron otras dos de alturas similares. Bajando una de ellas, la camioneta quedó encajada en la arena y fue necesario desinflar algo más los neumáticos para llevar la presión a 11 libras, lo que garantizó una mejor tracción. Con el volante derecho, fijando la vista exclusivamente en la dirección para evitar que las ruedas se tuerzan, Marcelo logró sacar la camioneta del atasque y luego usó un compresor portátil para volver a inflar los neumáticos hasta las 16 libras recomendables. Un año atrás, en una situación similar, había cometido el error de dejar la presión demasiado baja y uno de los neumáticos se le había salido de la llanta. Aquella lección le sirvió de experiencia.

A las tres horas de andar por el Nihuil se levantó un viento fuerte que soplaba desde el Norte. En las vísperas del verano el calor empezaba ya a lastimar, por lo que Marcelo y Raúl decidieron que era tiempo del regreso. Siguiendo casi el mismo camino por el que habían llegado hasta allí treparon primero una duna, luego otra y ya en lo más alto de una tercera, la camioneta se detuvo abruptamente. Sin aceite, el motor dijo basta y obligó a ambos a esperar por alguna ayuda, por alguien que los sacara de ese desierto que a medida que avanzaba el día se convertía cada vez más en un infierno. Y allí fue que comenzaron la ansiedad y los espejismos repetidos, hasta que aquella moto apareció entre las dunas para ayudarlos.

“Buen día”, saludó el piloto de la moto al llegar junto a la camioneta. Raúl y Marcelo le extendieron la mano derecha, le convidaron con una copa de Malbec y le contaron su problema. Un rato después, el piloto partió con su moto en busca de ayuda, levantando espesas olas de arena mientras bajaba por la duna. Iba a buscar al padre de Marcelo, que tendría que traer otra camioneta hasta el Nihuil para rescatar a los dos del infortunio. Para entonces sería casi de noche en ese magnífico desierto cuyano que en los últimos años se ha convertido en un desafío para cientos de viajeros y aventureros. Un colosal océano de dunas, al sur de Mendoza.

Fuente: Diario La Nación

12/11/2014

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