De acceso gratuito y de fácil acceso desde Uspallata o desde la ciudad de San Juan, este Parque Nacional ofrece senderos de trekking, avistaje de fauna y dos observatorios astronómicos.

Un rato después de leerlo incrédulos, seguíamos comentando el cartel que daba consejos para el caso de encontrarse frente a frente con un puma. “No correr, gritar fuerte, agitar los brazos”. “Avisar al guardaparques”, porque estamos en el Parque Nacional El Leoncito (nombre que los paisanos de la zona dan al puma).

Sin embargo, Ariel, el guardaparques, dice que ningún visitante ha visto un puma, y en cambio, cuando nos detenemos a descansar junto a una cascada que ruge entre las piedras, los pajaritos se acercan tanto que uno puede ver la imagen propia, apuntándole con una cámara de fotos, reflejada en sus grandes ojos.

Llegamos al Parque Nacional El Leoncito -que puede visitarse en las cuatro estaciones del año, con acceso gratuito- luego de un viaje de poco más de tres horas desde la ciudad de San Juan. Habíamos tomado la ruta 40 y luego la ruta provincial 149, por un paisaje multicolor, de tono añejo.

 

La entrada al Parque Nacional El Leoncito, muy cerca de Mendoza. Desde nuestra provincia se puede llegar por la ruta 40 o por la ruta 149, entre Uspallata y Barreal. 

 

Los pajonales, de un amarillo denso, los álamos secos cenicientos, aquí y allá unas matas de rojo óxido. Otras plantas, del verde óxido de cobre, cubren todo como un rebaño gigante. En contraste, el cielo es de un azul tan puro y tan intenso que parece sólido. En el horizonte esperan las oscuras montañas tras un velo celeste, con sus cumbres tapadas de nieve.

Hacemos base en El Barreal, donde las casas parecen achatadas por el peso de sus techos. Tenemos claro que estamos en zona sísmica, así que lo mejor es no alejarse de la tierra. El sol es inclemente y la siesta parece durar todo el día. Hay 350 días de sol al año, pero junto a la villa corre el Río de los Patos, cuyas aguas fluyen por las acequias y nutren una superabundancia de árboles.

Visitamos a Doña Silvia, que tiene frutales y de los duraznos, membrillos e higos que cosecha hace dulces (“Don Elizardo”). Son como gotas de miel en el desierto.

 

Desde Barreal hacemos un tour a El Alcázar, un conjunto de torres que emanan de una montaña, redondeadas por el agua, el viento y los milenios, hasta formar un escenario de alucinación, desnudando restos geológicos de 200 millones de años. 

 

A pocos kilómetros hay otro paisaje de otro planeta, la Pampa del Leoncito, una superficie perfectamente lisa de 12 kilómetros de largo. Allí es donde se practica el carrovelismo de octubre a marzo.

Hacia el norte, a pocos kilómetros está Tamberías, un pueblito que en este momento pone en valor las casas más antiguas de la zona. Construidas de adobe, con técnicas que algunas tendencias arquitectónicas están rescatando con entusiasmo, se restauran una escuela, un cine, una iglesia, casas de familia. Son antiguas construcciones que irrumpen en este siglo desde un pasado largamente sumergido. Más allá, están las villas de Calingasta y Corral. Hacia el sur, la ruta 149 entra en Mendoza hasta llegar a Uspallata.

El Barreal es el lugar donde conviene quedarse para a conocer el Parque Nacional El Leoncito, a 25 minutos en auto. Está entre los 1.900 y los 4.400 metros sobre el nivel del mar, su territorio se despliega en las ecorregiones monte, puna y altoandina, su misión es proteger las especies que sólo viven allí. Y su valor especial, que ningún otro parque tiene, es el de conservar la calidad del aire.

Quienes vivimos a nivel del mar, observamos a los pajaritos más temerarios -como puntitos negros- volar arriba lejos, dentro del cielo. El Leoncito está en esa altura. Se ubica en la Sierra del Tontal, dentro de una larga franja de tierra encerrada entre la precordillera y la majestuosa cordillera de los Andes.

Sentimos rápidamente en los labios la sequedad, sufrimos la altura en la respiración agitada, el sol nos ataca directamente: “Ustedes están sintiendo que llegaron al lugar del planeta donde el aire es perfecto”, dice Ariel, el guardaparques.

Dentro del parque se pueden visitar puntos panorámicos y hacer caminatas de diferentes grados de dificultad. Es accesible para todos la visita a la cascada El Rincón y el sendero Paisajes de Agua.

Por otro lado, en dos horas de trekking de dificultad media se llega a la cima del cerro El Leoncito, caminando, trepando, pasando por desfiladeros angostos y por algunas cornisas. En cada tramo del sendero aparecen imágenes de una soledad y una belleza infinita, de montañas que se alejan, de sombras, cauces secos, quebradas, valles, hondonadas.

Es un paisaje bello y poblado de fantasmas. Uno no se asombraría si descubriera a los hombres de San Martín marchando en columna, a lo lejos, levantando polvo.

Al principio todas las rocas son de un pardo ruinoso, pero con el andar se descubre que unas son blancas y otras grises, otras rojizas, negras, verdes, violetas. Ariel pronuncia el nombre de cada una, y también dice que muchas de las plantas que vemos se llaman jarilla.

Nos señala una y explica: “Esta es la nortera, las usan los baquianos para orientarse. Si miran bien, las hojas están ladeadas y siempre un lado da al oeste y el otro al este, y así es como marca el norte”.

 

Señala los agujeros que se ven en todas partes: son las madrigueras de unos roedores llamados tucu-tucu. “Esos se comen solo una parte de la planta, para que nunca se les termine; en cambio la liebre europea se come todo. Y ellas son el alimento principal de los pumas”.

 

Entonces, casi milagrosamente, descubrimos una liebre corriendo por la ladera de un cerrito. Luego agrega que “el suri macho, de la familia del ñandú, tiene un harén. Sus esposas ponen hasta 60 huevos en un lugar y él los empolla todos”, y las chicas del grupo festejan el comentario. Lo que había sido un desierto muerto, fue cobrando vida.

 

Una clase de astronomía

Dentro del Parque Nacional operan los observatorios astronómicos Cesco y El Leoncito, que están abiertos a las visitas. Luego de fotografiar un atardecer de ensueño en la Cordillera, con el sol poniéndose sobre el colosal Cerro Mercedario, nos encaminamos a la Estación Astronómica Carlos Ulrico Cesco.

Hacemos un incitante paseo en la oscuridad y, al final, nos encontramos en una terraza al aire libre. Un guía nos anuncia, como si digitara la noche, que mientras él nos contará que el aire más limpio del mundo y la altura hacen de esta zona el lugar ideal para la astronomía, iremos viendo cómo se encienden las estrellas. Efectivamente, llega un momento en que el cielo arde de estrellas punzantes, gélidas, de diferentes colores, unas pequeñas, otras enormes, unas rígidas, otras palpitantes. La Vía Láctea es una nube tridimensional de una blancura densa que se nos viene encima.

Si creíamos saber algo del tema, nos fascinará enterarnos que Venus “hoy tiene cuernitos, como la Luna”. Que los meteoritos que vemos en el cielo “no vienen, sino que es la Tierra la que los choca”, que hay un Punto Polar, en torno al cual gira todo el cielo de la noche.

Lo conmovedor es que cada explicación que escuchamos, la “vemos” en un telescopio plantado en la mitad de la plataforma. Somos unas minúsculas criaturas sobre una pequeña plataforma abajo del infinito.

 

Cómo llegar. Por RN40 y RP 149, son 214 km hasta llegar a Barreal, la localidad más próxima al Parque Nacional El Leoncito. Desde Mendoza son 210 km por RN40, RN7 y RP39.

Dónde alojarse. Cerca del Parque Nacional El Leoncito está el Hotel Acrux Barreal, con desayuno, wifi y estacionamiento.

 

Fuente: Los Andes

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