Las cuencas de los ríos Tupungato y Tunuyán, entre los misterios y los paisajes imponentes. 

A medida que crece la preocupación por la temperatura del planeta y los científicos discuten si los afanes de la raza humana por vivir con mayor comodidad tienen algo que ver, las miradas se dirigen hacia las reservas de agua dulce y hacia los glaciares, la mayor expresión de este reservorio.

En Mendoza estos grandes ríos de hielo rigen la vida de los valles, sobre todo en épocas secas, cuando el deshielo compensa la falta de precipitaciones.

 Los llamados Andes Centrales -entre los grados 31 y 35 de latitud sur, es decir Mendoza y San Juan- cuentan con los mayores glaciares al norte de la Patagonia, que además de regar las áridas tierras del llano guardan escenarios de misterio y poder casi desconocidos. Recorrer las cuencas de los ríos Tupungato y Tunuyán hace pensar que el término «cuerpos glaciarios», es realmente adecuado, ya que se trata de verdaderas criaturas de agua, roca y aire, que modifican profundamente el paisaje.

Estos valles, que descienden de las alturas del volcán Tupungato hacia el norte y hacia el sur, son menos estudiados que los sistemas del Plomo o del Aconcagua. Una de sus características es que, además de las grandes masas de hielo del volcán -el gigante de cúpula blanca que se puede ver desde Mendoza- cuentan con enormes glaciares de escombros; superficies de hielo o tierra congelada y hielo (permafrost) cubiertas por un manto de rocas, como si fuera una morena.

Este terreno de transición entre el hielo permanente y los cursos de agua ofrece una geografía impresionante.

Entre lomas pedregosas de repente asoma un caos de penitentes, luego una laguna de verde intenso al borde de murallones de hielo similares a edificios y poco después un río nace de las piedras con fuerza de torrente, para desaparecer tan de golpe como apareció 200 metros más adelante.

En el caso del río Tunuyán, que genera agua para buena parte del Valle de Uco, el glaciar de escombros se extiende por más de 15 kilómetros, hasta que el valle se ensancha y el río corre en su forma definitiva a partir de los 3.500 metros de altura. Varios kilómetros más al sur, cambia su rumbo paralelo a la cordillera y gira hacia el llano, en una garganta angosta que no se puede transitar ni navegar.

Recientes estudios asignan a los glaciares cubiertos un rol determinante en los sistemas hidrológicos. Una publicación científica de EEUU (Journal of Geophysical Research), incluso sugiere que investigar estos glaciares, permitirá analizar la geografía del planeta Marte.

Lejos de esas conclusiones galácticas, los cerca de 2.000 kilómetros cuadrados de glaciares que tiene Mendoza, guardan lugares asombrosos para quienes quieran abandonar las sendas más trilladas. 

El río Tupungato, por su parte, es una región prácticamente virgen desde su nacimiento, un glaciar de escombros con un vasto campo de picachos de hielo a los pies del volcán. Corre por más de 50 kilómetros hacia el norte, hasta que se une al río Plomo y luego al río Cuevas (en Punta de Vacas), para formar el río Mendoza.

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Fuente: Los Andes

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