Travesía por el fin del mundo a bordo del crucero Via Australis desde el puerto de Ushuaia hasta el mítico Cabo de Hornos, historias de pueblos originarios y excursiones a los glaciares.

En Ushuaia, desde el puerto de la ciudad más austral del mundo zarpó en el Via Australis, navegó el canal Beagle, dejó atrás la isla Navarino y llegó al mítico extremo del globo: el Cabo de Hornos (traducción arbitraria de Kaap Hoorn), llamado así en homenaje al barco Hoorn -había partido junto al Eendracht pero se incendió- y a la ciudad natal del capitán Willem Schouten.

El último promontorio rocoso de América. Así suele definirse tradicionalmente al cabo situado en el sur de la isla Hornos, en Chile, aunque según algunas interpretaciones, el islote Aguila es el punto más meridional, en el archipiélago de las islas Diego Ramírez.

Pesadilla de los marinos y sueño de los viajeros, el Cabo de Hornos marca el límite norte del Pasaje de Drake -que separa el continente americano de la Antártida- y une los océanos Pacífico y Atlántico. Por ello, antes de la inauguración del Canal de Panamá era el cruce obligado para la navegación comercial y turística en embarcaciones a vela, como los clippers.

«La sola visión de estas costas es suficiente para que un hombre de tierra sueñe durante una semana con naufragios, peligros y muerte», expresó en 1834 el naturalista inglés Charles Darwin, quien comenzó a esbozar su célebre Teoría de la Evolución durante la travesía en la que acompañó a Robert Fitz Roy, explorador e hidrógrafo, comandante del HMS Beagle. Más de dos siglos llevaba siendo utilizada la ruta del Cabo de Hornos y la Antártida recién fue descubierta por el hombre occidental en 1820. Se encontraba a sólo 650 kilómetros al sur del Pasaje de Drake, una muestra más de lo difícil que resultaba la navegación en las aguas de la zona.

En aquellos tiempos solía decirse que quienes no habían cruzado el meridiano del Cabo de Hornos no eran auténticos marinos. Con ese espíritu se creó en 1937 la Cap Horniers en Saint Malo, Francia. Sí, la Cofradía Internacional de los Capitanes del Cabo de Hornos, que desde 1987 también tiene una fraternidad en Valparaíso, en Chile.

Todo esto se comprende en su dimensión histórica y geográfica al pisar la isla Hornos, donde hay vestigios a cada paso. Por ejemplo, la Cofradía chilena le dedicó una placa al vicealmirante Fitz Roy donde recuerda que aquí «desembarcó el 19 de abril de 1830, y al día siguiente, alcanzó la cima de su mítico peñón».

Desde el Via Australis, se llega en botes zodiac hasta la costa isleña, se suben 160 escalones de madera y se camina por extensas pasarelas hasta el monumento que se erige «en memoria de los hombres de mar de todas las naciones, que perdieron la vida luchando contra los elementos en el proceloso mar austral chileno».

Visible desde lejos y en lo alto de una colina, la estructura de acero -mide siete metros- forma la silueta de un albatros y soporta vientos de hasta 200 kilómetros por hora. ¿Por qué un albatros? Si bien estas aves suelen ser importantes para los «lobos de mar», cuenta la leyenda que todos los albatros que sobrevuelan la isla representan las almas de los 10.000 hombres que murieron tratando de cruzar el Cabo de Hornos. A un costado, se lee un poema de Sara Vial: «Soy el albatros que te espera/ en el final del mundo./ Soy el alma olvidada de los marinos muertos/que cruzaron el Cabo de Hornos/ desde todos los mares de la Tierra./ Pero ellos no murieron/ en las furiosas olas./ Hoy vuelan en mis alas/ hacia la eternidad/ en la última grieta/ de los vientos antárticos».

El faro del fin del mundo

 

Con 63.093 hectáreas, el Parque Nacional Cabo de Hornos, en Chile, data de 1945 y fue declarado Reserva de la Biósfera en 2005. Y es aquí donde se levanta el faro más austral del planeta: al ingresar, vienen a la mente las desventuras de los tres fareros inmortalizados por la pluma de Julio Verne, en el momento en que advierten que no se encuentran solos, sino que conviven con una banda de piratas bajo el mando del terrible Kongre.

El título de la novela del autor francés, «El faro del fin del mundo», confunde a los viajeros hasta el día de hoy porque no alude al del Cabo de Hornos sino al de la Isla de los Estados. La explicación es sencilla: el primer faro de la isla Hornos data de 1962, por lo que a mediados del siglo XIX ninguna otra luz iluminaba estos parajes.

Fuente: Diario Clarín

14/10/2014

 

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