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Su fachada y su entorno se convirtieron en la postal más difundida de Mendoza. Les contamos su historia, esplendores, derrotas y las aventuras de sus fantasmas. 

Un hotel es mucho más que un lugar de tránsito. Para algunos es un refugio, un sitio en el que se procura solaz y descanso; para otros, un sueño de efímera grandeza, una especie de altillo social desde donde se puede contemplar con generoso desdén al resto del mundo o un solar donde dar rienda suelta al amor escondido.

Para los mendocinos el Gran Hotel Villavicencio representa todas estas fantasías. Tanto para los que alguna vez concurrieron a tomar el té estrenando el último vestido de moda como para quienes trabajaron en sus instalaciones sirviendo a los elegantes pasajeros.
Pero su fachada y su entorno, la imagen del pequeño paraíso escondido en la montaña que desde principios del siglo XX se convirtió en la postal más difundida de Mendoza, adquirió para los mendocinos múltiples significados.

No hay familia que no se haya tomado una fotografía frente a sus escaleras ni pareja que no haya recorrido sus jardines tomada de la mano.

Con el nombre de un capitán español de la colonia, una vieja mina de oro, una redituable fuente de aguas termales rodeada miles de hectáreas de arisca montaña, Villavicencio fue posta, posada, hostería y hotel de lujo a lo largo de más de doscientos años.

Inaugurado en 1940, cerró sus puertas en 1978 después del Mundial de Fútbol. Desde entonces ha cambiado de dueños, de administraciones y de destino.

Hoy sigue cerrado, con su viejo esplendor un tanto vapuleado por el artero paso del tiempo. Pero su mole de piedra y madera llena de historia sigue atrayendo como un imán a cientos de personas por día.

Les contamos los meandros de su historia, el trabajo de sus hombres y mujeres, y las trapisondas de sus fantasmas.

 

Joseph Villavicencio, el capitán que buscaba oro

La historia de Villavicencio se remonta a la fundación misma de Mendoza. Al comenzar la ocupación del vasto territorio, se creó la estancia de Canota, que cuenta con el registro de propiedad Número 1 del año 1650, ya que la zona ofrecía la posibilidad de convertirse en un atractivo centro de desarrollo tanto ganadero como minero. Los jesuitas construyeron hornillos de fundición de oro y plata en las Minas de Paramillos, que aún hoy se conservan, y hacían llegar hasta Chile y a lomo de mula, los metales preciosos.

Toda la zona toma su nombre del capitán canario Joseph Villavicencio cuando en 1680 se instaló en el lugar y descubrió a unos doce kilómetros de donde está hoy el hotel, minas de oro y plata a las cuales bautizó como Los Hornillos, según relata el historiador Fernando Morales en su libro Villavicencio a través de su historia, publicado en 1943 por la editorial Peuser.

“Villavicencio fue uno de los capitanes que acompañó a Pedro del Castillo en la fundación de Mendoza y esas tierras formaron parte de su patrimonio. Villavicencio fue el que comenzó a hacer algunas intervenciones en la zona, como la construcción de estos hornillos, porque era una zona rica en metales preciosos”, explica la arquitecta Graciela Moretti, especialista de la Dirección de Patrimonio de la Provincia.

 

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El hombre del agua: Ángel Velaz

El ganadero y miembro de la Sociedad Rural Argentina, Ángel Velaz fue el fundador de la empresa Termas de Villavicencio y conductor de la misma desde la compra de las tierras, en 1923, hasta su muerte.

“El hotel se inició por iniciativa del propietario de Termas de Villavicencio que ya venía desarrollando una actividad comercial importante en la zona. Y se le ocurrió agregar el tema del ocio y la recreación a través del hotel, pero con el objeto de promocionar aun más el agua mineral, para que la zona fuera conocida a nivel nacional y para que las bondades del agua termal fueran más difundidas”, apostilla Moretti.

Durante su gestión se construyó la planta de fraccionamiento y embotellado de agua mineral en las calles Videla Correa y Perú, de Ciudad, desde donde el agua salía en camiones hacia distintos puntos del país en modernas botellas de vidrio.

La arquitecta puntualiza que “Velaz adquirió las tierras, construyó la infraestructura de las aguas termales y llevó el caño de agua a la ciudad, a la calle Videla Correa donde estaban los surtidores de agua mineral y la embotelladora”.

Ángel Velaz falleció en 1943 en el Gran Hotel de Villavicencio que él mismo había construido; sus sobrinos manejaron la empresa hasta que el grupo empresarial liderado por Héctor Greco la compró en 1979. “Por eso fue que el hotel cerró, cuando Greco quebró y todas sus empresas quedaron a la deriva”, subraya Moretti.

 

El paso a Chile

Desde 1561 hasta 1891 Villavicencio fue la principal ruta entre Buenos Aires y Santiago de Chile. Esto determinó que los numerosos viajeros que hacían el trayecto pasaran por la “miserable” casa o posta que hacia 1810 ofrecía algo de refugio pese a sus escasas comodidades. Así lo documentaron en sus diarios y memorias numerosos científicos europeos, entre ellos el naturalista inglés Charles Darwin quien pasó dos días en la “choza aislada de Villavicencio” en 1835.

“En enero de 1817 el general San Martín tomó el camino de Villavicencio y en la estancia de Canota dividió el Ejército de los Andes en las dos columnas que cruzarían a Chile. El general Las Heras y el Regimiento Número 11, después de hacer noche en Canota, se dirigió hacia el camino de Uspallata y el grueso de las tropas, al mando de San Martín, cruzó por el Paso de los Patos para tomar por sorpresa a los realistas chilenos”, apunta Silvina Giudici, responsable del predio que actualmente es propiedad de la empresa Aguas Danone de Argentina.

Con una maestría en Desarrollo Sustentable de Turismo, entre sus numerosos títulos académicos, Giudici subraya que “la existencia de este paso no es menor para Villavicencio ni para la vida del hotel. Darwin y otros viajeros destacan la carencia absoluta de un lugar donde descansar. Lo único que había era una posada ruinosa, una choza, con un servicio prácticamente inexistente”.

 

El Gran Hotel Villavicencio

En las guías turísticas de 1920 ya figura el ofrecimiento de un circuito por Villavicencio, una visita por el día, con almuerzo en la hostería, toma de baño termal y el viaje en autos particulares que ofrecían un servicio semejante al de los taxis de hoy. Esta hostería fue una de las primeras construcciones de la zona y funcionaba como una pequeña posada.

El aluvión de 1934 no sólo afectó gravemente el hotel de Cacheuta sino que inhabilitó el Tren Trasandino durante diez años y afectó el trazado de la ruta hacia Uspallata. Esto animó a Velaz a impulsar nuevamente Villavicencio y a construir un nuevo hotel, grande y lujoso, destinado a las clases altas.

Simultáneamente, al paralizarse el transporte hacia Chile se reactivó la Ruta 7 y se mejoró el camino a Villavicencio ya que los pasajeros hacia el vecino país debían llegar a Punta de Vacas en automóvil. De ahí que entre 1936 y 1942 se construyeran los Caracoles de Villavicencio con sus 365 curvas.

Graciela Moretti señala que “el hotel que conocemos hoy se terminó de construir a principios de 1940. Fue terminado en apenas seis meses por la empresa del ingeniero Emilio López Frugoni. No se ha encontrado el nombre del arquitecto, del proyectista, ni se nombra en el libro de Morales Guiñazú. López Frugoni tenía una relación laboral con el arquitecto Daniel Ramos Correas, pero no hay un dato preciso de que Ramos Correas haya proyectado el edificio. La capilla sí es su proyecto”.

Reserva Villavicencio

Reserva Villavicencio

La capilla se construyó porque muchas de las damas que venían de Buenos Aires querían tener la celebración de la misa. Entonces, en 1942 se construyó la capilla y Ramos Correas la incluye como una de las obras de su autoría, pero no el hotel

 

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Silvina Giudici, responsable de la Reserva Natural Villavicencio, apostilla que “la capilla se construyó por la cantidad de puesteros en relaciones conyugales irregulares y con hijos no bautizados. Los puestos de ganado en la zona de Villavicencio eran muy numerosos y la gente se amancebaba. Fue la esposa de Velaz quien, junto a sus amigas, decidió regularizar esta situación creando la capilla para que la gente se casara y bautizara a sus hijos”.

“En las cercanías del hotel estaban las viviendas, el comedor y el dormitorio del personal. Eran tres casitas de entre seis y doce habitaciones cada una, con un baño general. Recordemos que en un momento el hotel tuvo alrededor de cien personas trabajando en él”, relata Giudici.

También hay una serie de pequeños testimonios de principios del siglo XX, como un antiguo telégrafo que da cuenta de la importancia que tenía este destino para los viajeros.

 

Los fantasmas de Villavicencio

Recorrer hoy el interior del hotel, nos remonta ineludiblemente al pasado.  Las gruesas paredes, redondeadas en sus cantos; los altos cielorrasos, los pisos de madera en las habitaciones y pasillos; y las baldosas de las escaleras, nos traen una postal de las edificaciones de principios y mediados del siglo pasado.

Ahora bien, sólo esas señales permiten darse cuenta de que nos encontramos en el interior de una construcción antigua, porque el clásico olor a encierro y humedad de cualquier edificio abandonado en este caso no se percibe. Es decir, el mantenimiento ha resultado ser efectivo.

Pero como en todo lugar en desuso y por donde pasó una gran cantidad de gente, las historias de almas perdidas, aparecidos y ánimas que penan son moneda corriente. Tan es así que hay quienes aseguran que muchos empleados de la anterior empresa propietaria del hotel, Cartellone, optaron por renunciar a su trabajo a causa del temor que les originaba convivir con los espectros.

Aún pueden encontrarse pertenencias, útiles y registros de la época de apogeo del Gran Hotel Villavicencio.

Los frascos de perfume y talqueras, de la desaparecida marca Geneva Graham, que a pesar de ser guardados en viejos baúles para su conservación aparecen de repente en las salas de baño; o las fichas de registro de pasajeros que inexplicablemente conservan un impecable estado y se ordenan en sus casilleros tras dejarlas, a propósito, en habitaciones diferentes, son sólo algunos de los fenómenos que habrían espantado al viejo personal.

“Algunos decían que escuchaban conversaciones, que se abrían y cerraban los surtidores de los baños y las puertas de los placares. Pero a mí nunca me pasó nada”, reconoce Antonio Ponce, uno de los cuidadores del predio desde hace más de quince años.

Lo cierto es que hasta la muerte de Ángel Vélaz, que ocurrió en el interior del hotel, estos hechos de los que no hay registro posible han alimentado la imaginación y agregado nuevas páginas a las historias mendocinas de espíritus ambulantes.

Si después de leer esta nota no te han dado ganas de pasear por Villavicencio, sos de otro planeta! Contactate con nosotros y te llevamos de excursión a la Quebrada de Villavicencio.

Fuente: MDZol, por Patricia Rodón

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