Entre sitios históricos, olivares y bodegas, las alturas de Velasco y Famatina son ideales para volar en parapente y aladelta apreciando el paisaje desde una perspectiva inusual. 

Una brisa cálida cede ante la arremetida de un viento fuerte y el valle de Los Colorados se estremece cerca de Antinaco, en el norte de La Rioja. El instructor vuelve a ajustar los arneses y se calza el casco, listo para iniciar el despegue en parapente desde la plataforma natural de Cuesta Vieja, a 1.550 metros sobre el nivel del mar.

Repentinamente, un cóndor de pico prominente se anticipa a la maniobra y obliga a posponer la salida por un rato.

Se deja empujar por la corriente térmica y se balancea sobre el precipicio, un largo tajo que se abre paso entre dos hileras de montañas.

Esas fortuitas apariciones de las aves carroñeras de la Cordillera son una constante a lo largo de la Ruta del Vuelo, un circuito enlazado por seis sitios ideales para aceptar el reto de levantar vuelo en parapente, aladelta o trike , la versión de parapente con motor añadido.

Una vez que el inoportuno pájaro se decide a dar por terminada su exhibición –un espectáculo gratuito que distrajo la atención de los turistas, listos para saltar sobre el vacío y quedar flotando en el aire–, los instructores y sus acompañantes corren en tándem entregados a una lucha titánica para doblegar las ráfagas del viento, que una y otra vez los devuelven a la base.

Finalmente, el viento cede una pizca de su irrefrenable envión, lo suficiente como para permitir a los principiantes experimentar la extraña sensación de flotar en el aire, a 600 metros de altura.

Abajo, los antiguos senderos que transitaban los lavadores de oro se redescubren como un entramado de cintas viboreantes, disparadas sin rumbo cierto sobre la ladera.

El viento se hace sentir con su empuje y un persistente silbido, aunque no llega a borrar la sensación de un silencio profundo que domina la escena bajo el sol. La velocidad que alcanza el parapente es mínima. Impulsado por una corriente cálida, avanza casi imperceptiblemente en dirección norte, dibujando semicírculos.

En la panorámica desplegada a los pies de los voladores se abre un amplio valle, una escenario propicio para que arrecien las térmicas, mientras el viento zonda barre todo a su paso y despeja la vista de la larga recta de la ruta 40. Son las condiciones que esperaba el piloto para demostrar su pericia: con movimientos firmes acomoda la vela en la posición adecuada y garantiza la continuidad del paseo por, al menos, otros diez minutos.

El vuelo de bautismo fue coronado con un descenso suave, que apenas demandó –como último esfuerzo– una corta carrera sobre la planicie despejada de Cuesta Vieja. Los rayos del sol más rezagados del atardecer, en franca retirada detrás de los cerros, resaltan la silueta de un cóndor, que se dedica a espiar a los forasteros, plantado sin pestañear sobre un peñasco.

Los espigados tentáculos de la sierra de Velasco se alargan hasta los bordes de La Rioja capital, donde diseñan otro lugar ideal para despegar en el cerro El Morro, a 12 kilómetros de la ciudad.

También aquí el marco natural trasunta belleza, derrocha colores vivos y cautiva con su inquebrantable atmósfera serena. Incluso la ciudad replica parte de esas virtudes y les impregna un fuerte apego por las tradiciones. Por eso, la aventura que se inicia en El Morro puede transformarse perfectamente en el mejor corolario del recorrido por esa caja de sorpresas que deparan las iglesias, edificios históricos, bodegas y peñas encendidas con el ritmo de la chaya, las empanadas y el vino torrontés.

Huellas del caudillo

Catapultado desde los 1.225 metros de altura de El Morro, el aladelta sigue los pasos de la serranía, una dilatada lengua que avanza hacia el sudoeste imitado por la solitaria traza de la ruta 38. El vuelo transcurre a 50 kilómetros por hora, la medida justa para apreciar parte de los llanos que sabía cabalgar a las apuradas el caudillo riojano Vicente “Chacho” Peñaloza.

Ese verde pálido, alternado con manchones de piedra, es revestido por una pátina grisácea a la altura de las Dunas de Villa Mazán, salpicadas de olivares. A 6 km de aquí, cualquier atisbo de cansancio portado por los audaces parapentistas y aladeltistas puede ser pulverizado en cuestión de minutos por las aguas termales de Santa Teresita.

Otra inquietante aventura en el aire tiene como punto de partida La Mejicana, a 4.200 metros de altura, cerca de la boca de una mina de oro y plata que explotaba una compañía inglesa. El aladelta estabiliza su posición y se dispone a planear por sobre centenares de arroyos e hilos de agua de vertiente, cristalina y fría, que improvisan figuras sobre los cerros de colores de Famatina. Guanacos, cóndores y zorros cruzan la línea recta de 35 kilómetros del cablecarril, que bajaba las vagonetas de carga de los minerales hasta Chilecito desde 1905 hasta mediados de la década del 30.

Desde arriba, la estructura de cables de acero, treinta carritos y nueve estaciones, sostenida por 262 torres de hierro –una mole metálica que se agiganta ante los ojos de los que recorren las instalaciones en un fatigoso circuito de trekking–, se mimetiza con la roca pelada de la montaña, el coirón (pasto de altura amarillento y bajo) y las hierbas aromáticas.

Los cerros riojanos esperan a los experimentados voladores y sus alumnos con otras figuras intimidantes en Pampa de la Viuda y Ambil, otros ámbitos diseñados a la medida exacta para rozar las nubes y sentirse un pájaro libre por un mágico instante.

Vení a darte una Vuelta por Cuyo y podrás vivir experiencias por aire, por agua y por tierra que no podrás olvidar, tenemos un gran plan de aventura para vos!

Fuente: Clarín