Paisajes de La Payunia

Paisajes de La Payunia

Esta región que se extiende por el sur de Mendoza y el oeste de La Pampa forma el campo volcánico más extenso del mundo y cuenta con centenares de conos eruptivos. Colores, formas y minerales: nada cambió desde hace siete millones de años, cuando se formó.

Cuando se trata de naturaleza, la Argentina está llena de tesoros por descubrir. Uno de ellos es la Payunia, una región poco conocida –y menos aún visitada– que se asocia generalmente con el sur de Mendoza, pero que en realidad desborda hacia el este sobre la provincia de La Pampa y totaliza una superficie superior a los 40.000 km² (apenas menor a la superficie de Suiza).

Se trata de una de las mayores concentraciones de conos volcánicos en el mundo. Es imposible que un solo punto panorámico los muestre todos a la vez, pero las imágenes satelitales o las de Google Maps dan una primera idea de este paisaje que parece haberse desprendido de un lejano planeta o de la Guerra de las Galaxias. Estos volcanes varían en tamaño, pero muy poco en forma porque comparten un mismo origen y un mismo proceso de formación. La mayoría de los conos volcánicos de la Payunia son monogénicos, un término científico que quiere decir que cada uno se formó a partir de una sola erupción.

Pero como erupciones hubo varias, y de distinta intensidad, eso explica la diferencia de alturas. Las cumbres más altas son las del Payún Matrú, que culmina a 3680 metros de altura, y la del Payún Liso, que lo supera por 158 metros. Este último es más alto pero menos fornido que su hermanito, que ostenta un diámetro de ocho kilómetros.

 

Pasar sin dejar huellas

Por supuesto, todos estos datos son muy relativos en la inmensidad y extrañeza de este paisaje, único en el mundo. En los puntos panorámicos que conocen los guías, el impacto que causan alturas y tamaños queda superado por el efecto que provoca la multiplicación de conos eruptivos, casi hacia el infinito. Si bien hay otras cadenas de volcanes monogénicos en el mundo, como los Puys en Francia, ninguna puede compararse en vastedad y cantidad con la Payunia. Ninguna tiene tampoco su aspecto lunar o marciano: un universo mineral donde plantas y animales parecen tener que luchar duramente para encontrar su lugar. Y sin embargo, como todos los desiertos, está lleno de vida. La señal más inequívoca es la presencia repetida de manadas de guanacos en los grandes campos de coirón.

En algunos sectores, esta especie de hierba indómita le pone un tono amarillento al paisaje, como si hubiese sido a propósito para resaltar el negro de las lavas y los basaltos, junto al ocre de las cenizas y arenas volcánicas. Estas capas minerales crearon el paisaje de la Payunia hace millones de años y apenas fueron modificadas por el viento. Porque no llueve prácticamente nunca en esta parte del país, una de las regiones más secas de toda América Latina junto con el norte de Chile y el sur de Perú.

 

no llueve prácticamente nunca en esta parte del país, una de las regiones más secas de toda América Latina junto con el norte de Chile y el sur de Perú

Y por esta razón hay que ser muy consciente que “todo lo que pasa en la Payunia, queda en la Payunia”: y se queda durante décadas, cuando no siglos. Por eso es tan importante tratar de no dejar ninguna huella ni rastro en estos soberbios paisajes, para que puedan ser disfrutados por los próximos visitantes. Los guías circulan con sus vehículos 4×4 sobre huellas preexistentes y hasta algunos borran las huellas de su paso barriendo con ramas de jarilla, otra de las pocas plantas que logran crecer en este lugar tan extremo del planeta. Por esta razón -tanto como para no perderse en una inmensa región donde es muy fácil extraviarse- es imperativo visitar la Payunia con guías.

 

Una gema fuente de vida

La puerta de entrada de la Payunia es Malargüe, la principal localidad del sur de Mendoza. Y si bien el campo de volcanes abarca una porción de la provincia La Pampa, todavía es toda una expedición llegar desde esa provincia.

Se accede entonces desde la Ruta 40, en dirección a la provincia de Neuquén. Y en el camino se conoce otro de los secretos bien escondidos de la maravillosa geografía argentina: la laguna de Llancanelo.

Ese oasis no desmerece su nombre mapuche, que se podría traducir como una gema de color verde-agua. Así se la ve, salpicando con su particular tono la extensa llanura que bordea la Payunia. Es tan grande como poco profunda: en sus mejores épocas llega a estirarse a lo largo de más de 50 km, pero nunca supera los tres metros de profundidad, y en la mayor parte de su superficie ni llega a un metro. Es el hogar de grandes grupos de flamencos y la fuente de vida de muchas otras especies de aves y mamíferos. La confirmación está a la vista, sin siquiera apartarse de la senda: apenas se sale de la Ruta 40 que se avistan choiques y algún zorro esquivo.

Al igual que los turistas, estos animales se animan por lo general hasta las partes más cercanas de la Payunia, pero sería mucho más raro encontrarlos en el corazón más árido y mineral de la región, donde no llega ninguna ruta ni huella, ya que la Payunia es una reserva provincial.

Por esta razón las excursiones se limitan a una parte bien circunscrita, que tiene además la virtud de ofrecer hermosas vistas sobre conos que se van replicando al infinito al pie y en torno de las dos mayores cumbres: el Payún Liso y del Payún Matrú, dos vecinos que están a su vez cerca de Llancanelo.

 

Viajes lejanos

Esta porción de Mendoza da la sensación de tener un poder de teletransportación: sea hacia los desiertos interiores de Islandia o hacia paisajes imaginados por los artistas a cargo de representar los exoplanetas que se van ubicando poco a poco en el cosmos.

Estos viajes lejanos se materializan a un par de horas de Malargüe. Y no solo es cuestión de espacio. También lo es de tiempo, ya que retrocedemos siete millones de siglos, cuando se desencadenaron cientos de erupciones. Para nuestro planeta fue apenas un episodio breve en el largo y lento proceso de la formación de los Andes. Para los grandes mamíferos y las “aves del terror” que dominaron el continente antes de su conexión con América del Norte, debió de haber sido un infierno de gases, sulfuro, cenizas.

Esto fue hace mucho tiempo, y el tiempo luego dejó de correr en la Payunia: por eso precisamente la podemos conocer sin muchas alteraciones ni cambios. Porque a diferencia de los guanacos, que se refugian de sus predadores entre los conos volcánicos, los humanos nunca lograron adueñarse de esta región de Mendoza, una de las últimas fronteras que sigue teniendo la Argentina con su propia naturaleza y su lejano pasado.

 

Cuevas y rayos cósmicos

Si se llega hasta Malargüe hay que visitar también la Caverna de las Brujas, uno de los pocos lugares del país donde se puede hacer turismo de espeleología. Está al costado de la Ruta 40, unos 75 km al sur de Malargüe. El acceso está cerca del caserío de Bardas Blancas y también del camino que parte para la Laguna de Llancanelo y la Payunia. Sin tener mayor experiencia, es posible participar en las visitas guiadas para conocer las salas subterráneas luego de infiltrarse por un estrecho paso que se abre debajo de un alero sobre una barranca. El sitio era conocido y usado con fines rituales por los pehuenches antes de la colonización española y criolla. En cuanto a las brujas que le dieron su nombre, una leyenda dice que eran dos cautivas que lograron escapar de sus raptores, que pretendían llevarlas hasta Chile, mientras sus gemidos aterrorizaban a los viajeros de paso.

En el centro de Malargüe, el principal atractivo es el Observatorio Pierre Augé, que tiene una parte abierta al público donde se divulga la compleja tarea de este centro que forma parte de una red de instalaciones dedicadas a detectar rayos cósmicos. Es una interesante institución de divulgación científica sobre varios aspectos de la astrofísica. Malargüe tiene también un museo regional donde se destacan las colecciones de paleontología y de minerales. Y es el punto de partida para conocer el Valle de Las Leñas, en el corazón de la cordillera, con el Pozo de las Ánimas y la laguna de la Niña Encantada en el valle del río Salado.

 

Fuente: La Nación por Pierre Dumas