Un recorrido por los atractivos de la provincial riojana, desde los pueblos de la “costa” y sus sabores únicos hasta la Quebrada de los Cóndores y las huellas de los caudillos.

Amanece. El sol rojizo asoma por detrás de los cerros de La Rioja capital. La sensación es particular: en cuanto uno llega, descubre que esta provincia es todo. Y fascina por eso. Es una mezcla, en cantidades perfectas, de naturaleza e historia. Es silencio y tranquilidad en un entorno que parece pintado a mano con una paleta inusual de rojizos y ocres. Es tierra de gente generosa, de buena comida y de vinos perfumados.

Aves majestuosas

Los lapachos en flor acompañan nuestra salida de la ciudad. El recorrido nos llevará casi 200 km hacia el sur por la ruta 38, en busca de un derrotero marcado por las huellas de los hacedores del federalismo y el avistaje de estas aves emblemáticas. En el Corredor de los Llanos comenzamos a transitar la Ruta de los Caudillos, que nace en el departamento Independencia, cuya cabecera es Patquía (cruce de caminos, en quechua).

Una vía olvidada escolta el camino hasta Punta de los Llanos, donde dos pilares con cóndores indican que debemos doblar para llegar a Tama, la localidad cabecera del departamento de Angel V. Peñaloza. A partir de allí, tomamos el desvío a Pacatala: el auto trepa unos 40 km más por un camino de ripio consolidado bordeado de enormes piedras y cactus. El destino final es Quebrada de los Cóndores, un paraje poco conocido de Sierra de los Quinteros, donde se encuentra una reserva protegida en la que habitan casi 200 ejemplares.

Allí comienza la aventura. Miguel y Jorge, dos baqueanos del lugar, nos guían cuesta arriba por senderos zigzagueantes entre gigantescas rocas de granito, jarillas, chañares y molles, típicos de zonas áridas. Para tener en cuenta: llevar pantalones largos, zapatillas aptas para trekking , abrigo liviano, protector solar, gorro, anteojos de sol, agua y poco peso en la mochila.

El cóndor andino es una especie en peligro de extinción. Imponentes, con sus alas desplegadas alcanzan tres metros de envergadura. Pueden vivir hasta 50 años, ponen huevos cada dos y son monógamos. Dice la tradición, con poco de ciencia y mucho de saber popular, que cuando uno de la pareja muere, el otro termina sus días dejándose caer en picada para estrellarse contra la montaña.

Después de casi tres horas de caminata a lo largo de 6 km (también se puede hacer a caballo), se abre un profundo precipicio: sobre un peñasco a casi 2.000 metros de altura, el Mirador de los Cóndores promete convertirnos en espectadores privilegiados. Y ellos no se hacen esperar: ahí están. Uno, dos, cinco … Amos y señores de las alturas, sus figuras imponentes se estampan sobre un cielo azul y planean en círculos, como en un juego, deteniéndose sobre nosotros. Van y vienen hacia sus dormideros. Parecen desafiarnos cuando, tras unos minutos de ausencia, vuelven a sobrevolarnos en primer plano. Bien valió el esfuerzo, pensamos, a la hora del regreso.

Todavía impactados por ese espectáculo único, llegamos a la Posta Los Cóndores. A unos 20 minutos de la Quebrada, es el lugar ideal para pasar la noche en la cabaña o en alguna de sus siete habitaciones de adobe. Grata es la sorpresa cuando Juan y José de la Vega, sus dueños, anuncian que para la cena nos espera un delicioso chivito generosamente adobado al horno de barro.

Pero lo mejor es la sobremesa, algo que la tranquilidad riojana ofrece en abundancia. “Se dice que acá, en lo que hoy es la hostería, dormía El Chacho Peñaloza. El puesto tiene 1200 hectáreas que incluyen al mirador de la Quebrada –uno de los mejores del mundo– y al Río Santa Cruz y su cascada”, explica Juan, que también es director de Turismo del departamento Angel Peñaloza. “Se puede venir todo el año, en invierno tenemos una temperatura promedio de 10° y en verano, de 30°. Entre octubre y marzo, es la época ideal”, agrega.

Lejos del estrés del wi-fi que brilla por su ausencia, allí se puede caminar a la vera del arroyo y sumarse a los avistajes (también hay un recorrido más corto hasta el balcón de Las Higueras) que ellos mismos organizan. Además, es obligada la visita a Ona y Olta, una pareja de cóndores en cautiverio a los que cuidan luego de haberlos encontrado heridos por cazadores.

Secretos de Tama

Al día siguiente, después del locro del almuerzo, el regreso hacia La Rioja nos hace detenernos en Tama, a 130 kilómetros de la capital. Sonrientes, en la oficina de turismo –y Museo Histórico– nos esperan las guías dispuestas a contarnos los secretos de esta localidad fundada en 1591. Acomodada en las vitrinas, la historia dice presente entre puntas de flechas y elementos utilizados por los olongastas (los aborígenes que habitaban la región antes de la llegada de los españoles) e imágenes religiosas que arribaron desde Roma hace más de 400 años. A pocas cuadras de allí, en el Museo Federal se destaca un uniforme de gala que vistió El Chacho.

Como en casi todos los pueblos, frente a la plaza está Nuestra Señora del Rosario de Tama, una iglesia que comenzó a construirse en el siglo XVI y guarda, entre sus tesoros, más de 60 trajes sacerdotales antiguos, una imagen de la Virgen realizada en 1550 sobre chapa de cinc con hilos de oro, y las actas de casamiento de Facundo Quiroga y de bautismo de la Difunta Correa. Pero hay más. La sorpresa llega al final, cuando nos muestran la “capilla móvil”, una camioneta Opel 58 que fue traída por el obispo alemán José Gollbach y que, tras ser acondicionada cual motorhome con altar incluido, lo utilizó para salir a misionar por todos los rincones de la provincia.

Desde allí también se puede organizar un recorrido por la Ruta de los Caudillos. “En Patquía se puede visitar la cueva donde dicen que se escondía El Chacho; en Chila, el monumento a Victoria Romero; en Atiles, la casa donde nació Rosario Vera Peñaloza, la primera maestra argentina; en Malanzán, el solar de Facundo Quiroga; y en Chepes, el Museo de los Caudillos”, detalla el director de Turismo.

Oliva y vino: destinos con sabor

¿La costa riojana? La duda surge, inevitable, frente a algunas certezas lógicas e irrefutables de la geografía: estamos lejos del mar. Pero esta “costa” es diferente, descubrimos apenas salimos de la capital. Más conocida como “Camino de la Quebrada”, la ruta 75 nos lleva a la vera de la inmensidad del Cordón de Velasco, balanceándonos por las curvas entre paisajes deslumbrantes, árboles achaparrados y cerros que lucen sus colores empañados por el zonda.

Las Peñas, Agua Blanca, Pinchas, Chuquis, Aminga, Anillaco, Los Molinos, Anjullón, San Pedro y Santa Vera Cruz conforman el rosario de pueblos con tiempos de siesta y tradiciones arraigadas que se recuestan al pie de las sierras luciendo, orgullosos, sus iglesias, sus casas de adobe y sus antiguas plantaciones de vid, nogales y olivos.

Es que el suelo arenoso y la altura, sumados a un microclima especial, convierten a esta zona en una rica cuna de fincas productoras de vinos, aceitunas y nueces. Por eso, resulta casi imperdonable pasar por aquí sin disfrutar de sus productos.

Envueltos en un aire fresco y liviano, hacemos la primera parada en Aminga –a 90 kilómetros de La Rioja, en pleno corazón de La Costa–, una localidad que vivió de la industria vitivinícola hasta que la cooperativa cerró, a principios de los años 80. “En 2012 volvimos a poner las instalaciones en funcionamiento y tenemos nuestros propios cultivos. El objetivo es elaborar un vino artesanal, cuidado y con alta tecnología, que exprese todo lo que hacemos”, dice, con pasión, el administrador de Bodega de Aminga, un emprendimiento mixto, estatal y privado.

Copa en mano, mientras degustamos lo que nos ofrece, descubrimos las bondades de un vino joven, frutado y fácil de tomar. Hoy, la bodega produce malbec, cabernet sauvignon, bonarda y el infaltable torrontés riojano. “Se llama Febrero en homenaje a la importancia de ese mes en nuestra provincia. Febrero es tiempo de chaya, carnaval y alegría. Son los días de la vendimia y eso lo celebramos”, nos revelan luego de explicarnos los procesos de elaboración y fermentación.

Acompañados por el aroma intenso de las uvas y una brisa que se empeña en hacernos abrigar, el recorrido nos conduce por la misma ruta hacia el noroeste. En eterno movimiento, las aspas de los molinos del parque eólico son testigos de nuestro paso. El objetivo es Aimogasta, cabecera del departamento de Arauco y “Capital Nacional de Olivo”. Esto lo dice todo, así que el “parate gastronómico” se torna obligado.

Tentadora, grande y carnosa, la aceituna arauco nos distingue en el mundo, ya que es la única variedad argentina. Cuenta la leyenda que el rey Carlos III mandó talar todos los olivares de la zona para que no compitieran con los de Sevilla. Sin embargo, a pesar de los esfuerzos del virrey Vértiz por hacer cumplir esta orden, una mujer lo desafió: Expectación Avila salvó un retoño tapándolo con una batea y, a partir de entonces, el cultivo se multiplicó. Y tanto, que el 70 por ciento del aceite de oliva nacional se produce en La Rioja.

Desde hace medio siglo, Hilal Hermanos es una de las aceituneras más conocidas de la región. Cuando recorremos la fábrica, nos impacta un enorme mortero de piedra que aún siguen utilizando. “Empleamos el sistema de presión en frío y filtramos de manera natural. Luego, dejamos que termine el proceso de maduración en tanques”, aclara José Hilal, socio de la empresa. En el proceso de creación de este aceite “de diseño” no intervienen químicos y reúnen un bouquet de variedades especialmente combinadas para darle el sabor, el color y el cuerpo típicos de la provincia.

Mientras se nos hace agua la boca, José nos cuenta que también producen aceitunas de mesa, versiones gourmet rellenas y pastas de diferentes tipos. ¿Resultado? No pudimos evitar la tentación y pasamos por el local de venta, a la entrada.

Un castillo mágico

Si el viajero pregunta, encontrará que todos y cada uno de los 123 habitantes de Santa Vera Cruz –la última localidad del departamento Castro Barros (desde La Rioja) en el camino de la costa– saben indicar dónde está el Castillo de Dionisio. Y eso que no es sencillo llegar: hay que salir de la ruta 75, atravesar el pueblo de San Pedro y recorrer unos 8 kilómetros por un serpenteante camino de tierra salpicado de casas y nogales.

“Homenaje a Vincent Van Gogh”, dice el cartel pintado en el frente bajo unas enormes aspas de molino. Así recibe el “castillo” a sus visitantes. Y ahí, a 2.000 metros de altura, al pie de las sierras de Velasco, entre las caracolas y los adornos del portón de cemento, nos esperan para contar la historia de ese enigmático lugar.

Basta traspasar la puerta para entrar en una dimensión fantástica, que desafía toda lógica. La hoy casa-museo combina arquitectura y mística con ineludibles reminiscencias gaudianas. Sus muros irregulares son una pieza de arte al aire libre plenos de mandalas, vitraux , símbolos e imágenes que reflejan la particular cosmovisión de quien pensó este espacio como propio. Es el resultado de 30 años del trabajo solitario de Dionisio Aizcorbe, un carpintero santafecino que encontró aquí su lugar en el mundo.

“Es una obra única que construyó él mismo calzando piedra por piedra y que representa la filosofía cósmica que él pregonaba, una filosofía que busca la fraternidad, la unidad y la comunión del ser humano con la naturaleza”, nos relatan. Sin ocultar su admiración por aquel personaje, este porteño de nacimiento y riojano por adopción, cuenta que a Dionisio lo llamaban “el loco del pueblo” y que vivió totalmente solo entre 1973 y 2004, cuando murió. “Por eso se tejieron muchos mitos en torno a él, desde que tenía escondida una serpiente de 10 metros hasta que era francés o alemán, pero, en definitiva, sólo era un hombre que aspiraba a una vida diferente y libre, que se adelantó filosóficamente a su tiempo”, dice.

Entre el asombro y el desconcierto, recorremos las pasarelas del jardín rodeadas de esculturas –incluido un enorme barco vikingo– y bajo la atenta mirada de Buda y de San Jorge que, desde un fresco, domina el paisaje. También visitamos una de las habitaciones en la que se muestra parte de lo que fue la biblioteca de Dionisio, su máquina de escribir, fotos y manuscritos que trasmiten sus ideas.

Para los amantes de la aventura, se organizan trekkings (de 4 a 6 horas de duración) que permiten disfrutar de la maravillosa vista del Valle de Arauco con su cielo surcado de cóndores. Para los más místicos, hay recorridos cortos (2 horas) que terminan con una clase de yoga y una meditación, y caminatas nocturnas a la luz de la luna, una propuesta para conectarse en armonía tal vez con lo más difícil: uno mismo.

“ Qué lindo es mi pago / si vienes lo entenderás / su gente su vida / mi copla para cantar ”, entona Sergio Galleguillo desde la radio del auto que nos traslada. El viaje está por llegar a su fin. En pocas horas, el avión nos devolverá a nuestras vidas habituales, “a las corridas”. Y antes de emprender la vuelta, ya estamos preguntándonos cuándo podremos regresar.

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Fuente: Clarín

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