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La Rioja, pinceladas de un paisaje deslumbrante

La Rioja - Ruta 40

El Camino de la Costa y la ruta 40 enlazan las espectaculares panorámicas de la Cordillera con sitios arqueológicos, bodegas, viñedos, talleres de artesanos, platos típicos y huellas de dinosaurios y más en La Rioja.

Siempre altivas, cargadas con una poderosa energía que los científicos todavía se esfuerzan por desentrañar, las montañas de La Rioja salen al encuentro de los visitantes para brindarles el cobijo de una compañía permanente. Es otro el vínculo –más estrecho y familiar– que los pliegues andinos mantienen con los lugareños: la sierra de Velazco, la Cordillera y los pobladores están unidos en una simbiosis de colores y texturas que también alcanza a los olivares, los algarrobos, los cardones y el viento.

Las piezas esenciales del paisaje riojano se suceden desde los primeros pasos que ensaya la ruta 75 en dirección norte. El Camino de la Costa deja atrás la capital provincial y se anuda en curvas y contracurvas para recortar los verdes de la Quebrada de los Sauces. Toma un respiro al costado del dique Los Sauces y se acomoda en el angosto valle donde se menean algarrobos, olivos, tucas, talas y moras. Sólo por un rato el zonda irrumpe para soplar con timidez –como un coloso desinflado ante la imponencia del paisaje–, mientras el sol resalta los tonos rojizos y amarronados que tiñen los cerros.

Sobre la superficie quieta del agua bailotean los colores fosforescentes de un surfista fusionado con su tabla y los botes impulsados por solitarios pescadores deportivos. Otro espectáculo digno de tener en cuenta tiene lugar bastante más arriba, animado por el balanceo de un cóndor sobre la cima del cerro de la Cruz. Después de un frenético aleteo, el ave se larga a emular los vuelos de un parapente y un aladelta, recién despegados de una plataforma.

A unos 20 kilómetros de allí, las centenarias casas de adobe que decoran el casco urbano de Sanagasta reposan en un valle salpicado de pequeños balnearios naturales. El oasis se desvanece a unos pasos del segundo camino de acceso al pueblo, donde la ríspida superficie de piedra pasa a prevalecer sobre el tapiz vegetal que ostentaba la ladera. Asoman las primeras pencas (cardones achaparrados muy espinosos) y los intimidantes cuerpos de los cactos en flor. La abrupta mutación del relieve –el suelo se precipita en un gigantesco cañadón de roca colorada– cautivó el interés de geólogos, paleontólogos y antropólogos, que avizoraban alguna similitud de esta zona agreste de casi 900 hectáreas con los paredones rojizos de Talampaya y sus fieras extinguidas.

Desde los costados de la ruta 75 vuelven a surgir referencias del presente profundamente atravesadas por las marcas de tiempos idos. El historiador Alilo Ortiz empuja la puerta de algarrobo de la casa-museo del sacerdote y político Pedro Ignacio de Castro Barros, en Chuquis, espera con riojana paciencia que los visitantes admiren las piezas históricas –una mesa de 1801, el dintel de la capilla donde Castro Barros fue bautizado, el libro “Gramática latina”– y anuncia a media voz: “Estoy juntando todos los escritos del diputado de La Rioja ante el Congreso de Tucumán de 1816, con el objetivo de publicar sus obras completas”.

Los buses y sus pasajeros se multiplican enfrente de la inagotable variedad de productos regionales de la tienda Anillaco. Es hora de rendirse a la tentación por los dulces riojanos. Una mesa servida para degustar amontona alfajores de arrope de uva y de turrón, mermeladas de frutas, cerezas al ron, jalea de membrillo y peras en almíbar. Pierdo la cuenta de las veces que estiro el brazo y emboco cada bocado en el paladar.

En La Vieja Bodega de Don Pedro –orgullo de los vecinos de Aminga–, Emilio Guzmán evoca la época de gloria, cuando se alineaban 67 bodegas en 120 km de la ruta 75. La finca se sobrepuso a varias crisis y ahora su célebre malbec roble acumula premios. En el patio, Nelly Llanos muestra siete tinajas de barro cocido, semienterradas desde el siglo XVIII, que los jesuitas utilizaban para acopiar trigo. Después, improvisa una deliciosa despedida con dulces de manzana y membrillo en pan con nuez y mermelada de durazno.
La sabiduría ancestral, transmitida por generaciones, enriqueció el talento innato de la telera Doña Frescura, instalada con su bastidor en una casa de Pinchas, colorida por los cuadros y tapices de las paredes. “Los diaguitas tejían así, con cuatro palitos, hace 3.500 años”, explica aferrada a su naveta de madera para tejer redes de pesca, que adaptó como aguja.

Culturas prehispánicas
El tiempo retrocede aún más atrás en el departamento San Blas de los Sauces, cuyos polvorientos pueblos de adobe y piedra se vuelcan con sus largos silencios sobre los costados de la ruta 40. Las frutas y hortalizas siguen sosteniendo la vida en esta tierra generosa, tal cual ocurría siglos atrás, cuando los conquistadores españoles fueron sorprendidos por la amplia variedad de cultivos y una veintena de canales de riego. El fuerte impacto los llevó a bautizar “Valle vicioso” esta comarca. Pueblos cazadores y recolectores detectaron las virtudes de la región hace 10 mil años, seguidos por las comunidades de diaguitas agroalfareros. Después se estableció la cultura aguada, desarrollada antes de la invasión protagonizada por los incas en 1470.

“Los dibujos de muchas tinajas de arcilla y barro representan el jaguar, el único animal que los aguada no mataban porque lo consideraban un dios”, subraya Elizabeth Chacoma, descendiente de esa etnia milenaria, encaramada sin esfuerzo sobre una roca plana perforada por diez hoyos, que servían como morteros para moler algarrobo y maíz y almacenar agua.
Después de media hora de esforzado trekking sobre la ladera, la guía acepta la sugerencia de sus seguidores de improvisar una escala en el camino en constante subida, que desemboca en los cimientos de la ciudadela de Hualco. Bajo el sol intenso, la atención sigue siendo monopolizada por la perturbadora panorámica del oeste, bien lejos de los cardones, las paredes brillosas por la mica y el cuarzo y las madrigueras de los zorros, ocultas bajo las espinas de las tuscas. Los cerros de Velazco se levantan erguidos sobre la línea final del horizonte, detrás de las parcelas simétricas de los viñedos, separadas de las plantaciones de pistacho por la recta de la ruta 40, apenas un mínimo tramo de esta traza legendaria.

El maravilloso cuadro natural se borronea de a poco, al frenético ritmo que impone el zonda. El viento más respetado de la región sacude todo a su paso y no da tiempo a buscar resguardo. En apenas segundos se arremolina sobre las cabezas sudadas de los caminantes y les deja su estela de tierra suelta y aire caliente. Abajo, la sagrada rutina de la siesta está en su apogeo y los pueblos, de por sí sumidos en una quietud inquebrantable, son ahora apariciones fantasmales fundidas con la ruta vacía.

La atmósfera relajada a los cuatro costados allana el camino para llegar a la Casa del Huésped de la bodega Paimán y tirarse sin rodeos a la piscina, con los viñedos, los omnipresentes cardones y el cerro El Paimán como adecuado marco. Más tarde, el rato dedicado al ocio será coronado por la degustación de siete cepas que propondrá Marcos Carreras como último paso –sin dudas, el más esperado– de la visita guiada a la finca.

La ruta 40 apunta hacia el sur, en dirección a Chilecito, en un recorrido paralelo al Camino de la Costa pero a espaldas de la sierra de Velazco. Ahora el primer plano de la escena está reservado para los Nevados de Famatina, donde la compañía inglesa La Mejicana explotó hasta el agotamiento las existencias de oro, plata y cobre entre 1904 y la década del 30. El mineral era transportado hasta la estación del tren de carga de Chilecito a través de vagonetas colgadas de un cablecarril de 35 kilómetros de largo. Esos tiempos de apogeo de la extracción minera son reflejados por la gigantesca estructura de cables y acero y treinta carritos, sostenidos por 262 torres de hierro cubiertos de óxido, las nueve estaciones del cablecarril, la imponente terminal construida en 1905 con hierro y remaches y un museo.

Junto al serpenteante camino que vincula Chilecito con los gigantes pétreos de Talampaya, durante el inquietante rato en que se transitan las curvas cerradas y pendientes sobre la cornisa de la Cuesta de Miranda –el tramo de 19 kilómetros recientemente pavimentado de un audaz desafío al trazado de la sierra de Sañogasta–, los turistas detectan un paisaje sobrecogedor, casi imposible de superar.

IMPERDIBLES

En medio de un salar de la Cordillera, a 4.200 metros de altura, esta reserva de flamencos rosados, vicuñas, molles y coirones secos es el punto final de una travesía por la ruta 76 que atraviesa las Estrellas de Vinchina, copos de tierra roja de 10 metros de diámetro revestidos con canto rodado rojo, azul y blanco, construidos por los pobladores prehispánicos capayanes. El circuito también incluye la Quebrada de La Troya –una traza serpenteante de 30 kilómetros de largo junto al río La Troya y un bosque petrificado–, el monte Pissis –el volcán apagado más grande del mundo– y el cráter Corona del Inca, de 2 kilómetros de largo por 1 kilómetro de ancho, a más de 5.400 metros sobre el nivel del mar.

Quebrada del Cóndor. Una cabalgata desde el puesto rural Santa Cruz de la Sierra es la mejor forma para llegar hasta la parte más alta de la Sierra de los Quinteros, hábitat de un centenar de cóndores que llegan a planear a unos 3 metros de los visitantes. Cerca de aquí, en el dique de Olta, se practican actividades náuticas, pesca deportiva y triatlón. Otros lugares para visitar en esta porción del sur riojano son Ambil (fuente de aguas termales surgentes), el salar de la laguna de Ulapes, el Museo de los Caudillos, la Cuesta de El Quemado y las sierras de Ambil.

Señor de la Peña. La erosión natural talló el perfil de un rostro humano en una gigantesca roca. La tradición popular asimiló esa imagen a Cristo, por lo cual multitudes de peregrinos de todo el país acuden a este lugar para hacer sus ruegos y dejar promesas, especialmente en Semana Santa, cuando la Iglesia riojana celebra aquí la vigilia y liturgia. Señor de la Peña es objeto de gran devoción desde el siglo XIX. Unos 8 kilómetros hacia el sur, el Barrial de Arauco es una vasta planicie arcillosa de 7 km de largo por 4 km de ancho, el escenario ideal para la práctica de carrovelismo y kitebuggy.

Chepes. En el extremo sur de la provincia, cerca de los límites con San Juan y San Luis, conserva varios edificios de estilo inglés, que pertenecieron a un antiguo ramal del Ferrocarril Belgrano. Se aprecian galpones, casas de operarios y administradores, restos de vías, vagones y el cartel de la estación.
A 17 km de Chepes, las laderas montañosas de la Sierra de Argañaraz (a 920 metros sobre el nivel del mar) presentan formas muy escarpadas. El camino recorre la cornisa, poblada de quebrachos colorados y blancos.
Otro lugar para visitar en las afueras de Chepes es el paraje rural Villa Casana, cuyas viviendas de adobe y piedra respetan pautas de construcción ancestrales. En Casa de Piedra se aprecian pinturas rupestres, que representan animales, figuras geométricas, manos y pies.