La zona se pobló de emprendimientos exitosos vinculados al mundo del vino, en la mayoría de los casos gracias al aporte de capitales extranjeros. Sin embargo, persisten bodegas de los pioneros. Cuáles son los desafíos y expectativas de los “sobrevivientes”.

Por ser una tierra prodigiosa, el Valle de Uco ocupa un lugar preferencial como parte del boom de la vitivinicultura mendocina de una década a esta parte. Sin embargo, el cultivo de la vid y la elaboración de vino no es novedad para los pobladores de la región, que a fuerza de sacrificio y ajustadas innovaciones supieron subsistir a la par de las modernas bodegas y los novedosos sistemas de producción instalados en la zona, en su mayoría gracias a inversiones extranjeras.

La preservación y provecho del legado familiar y la promoción de un espíritu tradicionalista, fiel a las raíces del terruño valletano, son parte de la identidad de varias bodegas y viñedos propiedad de los locales que no por ser empresas familiares se han privado de tener vinos destacados por los paladares más críticos.

Los lazos sanguíneos ante todo

En Tupungato no se puede hablar de bodegas familiares sin referirse a los Giaquinta. Es que en su trayectoria se encuentra reflejada la historia de varios de los pioneros en plantar vides y producir los primeros vinos que daría esa zona.

La particularidad de Miguel y Emilio radica en que ellos no sólo heredarían la pasión de su padre y su abuelo, sino que pudieron legársela a sus hijos y que van transmitiéndosela, poco a poco, también a sus nietos.

En su línea del tiempo hay varias fechas para destacar. Los hermanos empezaron el relato señalando entre ellas a 1915 como el año en el que su nono José Giaquinta llegó a Mendoza. Luego de conocer a María Genovese, con quien tuvo 6 hijos y compartió labores de contratista, este inmigrante italiano accedió a la compra de tierras en La Arboleda para plantar nogales y viñas.

Esto les demandaría construir uno de los primeros pozos de agua de Tupungato y una obra de energía que los llevó a comprar otro terreno en donde en 1969 construyeron la bodega que su padre Francisco manejó y en la que ellos comenzaron a trabajar desde pequeños.

Unos años después, puntualmente el 20 de diciembre de 1980, comenzaron a fraccionar vino luego de varios períodos como trasladistas. Pero ese mismo día falleció don Pancho, a los 59 años.

“La vida te da y te quita”, aseguró Emilio (67) con respecto al deceso de su padre, remarcando que la fecha sigue siendo especial porque justo un año después nació su sobrino Francisco.

El dato no es menor para los hermanos Giaquinta, ya que ellos han hecho de los lazos familiares el principal motor de funcionamiento de la empresa.

“Hay que quererse mucho, ser grandes amigos antes que hermanos, tenernos respeto y tolerancia”, describió Miguel (65) sobre aquello que, admiten, es lo que les permite seguir adelante y lo que los diferencia de los foráneos que han montado sus bodegas en la región, a los que también destacan ya que consideran que han ayudado a que el Valle de Uco sea una marca registrada en el mundo.

En cuanto al manejo, ellos siempre tuvieron repartidas sus labores: Miguel es el encargado de controlar la parte agrícola y Emilio se ocupa de lo productivo.

También sus hijos los acompañan, a pesar de que la mayoría lleva a la par otras profesiones. Los que diariamente están allí son los primos Francisco y Gustavo.

El resto de la familia está integrado por Elizabeth y Carolina (hijos de Emilio y Gina) y por el lado de Miguel están también Verónica y Miguel, el que, afirman emocionados, es el ángel que les envía fuerzas diariamente.

La lealtad familiar es la bandera que enarbolan y por la que también han sido reconocidos turísticamente, además de que sus vinos (como el Pedro Giménez o el Malbec Roble FG) se han lucido por más de 30 años en las principales vinerías y restoranes de Mendoza.

La bodega, enclavada en el carril Zapata, es una parada obligatoria para todos aquellos visitantes que quieren conocer cómo se elabora tradicionalmente un vino, al calor de una empresa familiar.

Botellas de alta gama que llegan al mundo

Así como varias familias bodegueras lograron seguir con el legado de sus antecesores, sobrellevando clásicos establecimientos, también hubo otros que se aventuraron a ir por más, aprovechando los conocimientos y la pasión heredados.

Tal es el caso de los hermanos Spigatin, oriundos de La Consulta, quienes en 2001 se animaron a crear su propia marca de vinos de alta gama, a la que llamaron Domados Wines. A pesar de que hoy el 85% de su línea de 13 productos, entre ellos varios premium y extra premium, se exportan a China, Costa Rica, Venezuela, Italia, Holanda e Inglaterra, entre otros países, sus precursores aluden a su empresa como “familiar”.

Para referirse a sus orígenes es necesario remontarse a la década del ’20, cuando sus abuelos (los Ficcardi y Spigatin) emigraron desde Italia y eligieron esa zona sancarlina para plantar viñas. Su padre, Bruno Spigatin, fue quien se animó a crear los primeros vinos como integrante de una cooperativa en la que se asoció con otros vecinos.

“Este es un proyecto netamente familiar, con inversión propia y genuina porque siempre hemos sido vitivinicultores y vivimos de esto. Acá no hay inversores ni capitales extranjeros”, aseguró Daniel, haciendo alusión a que han logrado la supervivencia de la firma y que han logrado paliar crisis y sobrellevar los vaivenes del sector a fuerza de esfuerzo propio.

“Hoy es difícil sostener las exportaciones, por la inflación y el gasto en todos los insumos, que es complicado trasladar hacia afuera. ¿Cómo hacemos para sobrellevarla? Tratamos de darle énfasis al mercado interno, lo que no es fácil porque con la cantidad de producción que tenemos está sobreofertado”, describió este ingeniero agrónomo. Sin embargo, este consultino le encuentra un porqué a la apuesta en el sector y confiesa: “Las expectativas la tenemos por un amor incondicional a la vitivinicultura”.

La pasión por lo que hacen es apenas uno de los condimentos de la receta que siguen para mantener un concepto de elaboración de vino sofisticado, nacido enteramente en tierras valletanas –tienen 40 hectáreas distribuidas en La Consulta, Los Chacayes y Altamira–, forjado en el espíritu del trabajo en familia y también inspirado en la tradición y las raíces. Tanto es así que el nombre se debe a que ellos relacionan hacer un buen vino con el modo en el que los antepasados domaban un caballo: con paciencia, cuidado meticuloso y teniendo un pacto con el tiempo.

En cuanto a la organización interna de Domados, Daniel se ocupa del cuidado y cultivo de los viñedos y de lo comercial, mientras que Fernando, el mayor de los hermanos, se encarga de la logística, distribución, producción y administración, y Reynaldo, el menor, es quien desde Italia busca mercados en Europa.

Los Hinojosa, visionarios y arriesgados

“Y decían que sólo a un loco se le podía ocurrir sembrar en ese pedregal”. La frase pertenece a don Silvestre Hinojosa, quien en 1940 fue el mentor, junto con su hermano Francisco, del desarrollo vitivinícola de Vista Flores y el que se animó a comprar luego más tierras en Agua Amarga. Lo hizo a pesar de que la zona que hoy está entre las predilectas y mejores cotizadas del Valle de Uco era un desierto y no estaba considerada apta para el cultivo de la vid.

Veinte años después construyeron sobre calle San Martín una de las bodegas más emblemáticas de la ciudad tunuyanina por ser uno de los establecimientos más antiguos de la región y que aún conserva cimientos originales de sus antepasados. Es que la tradición y la familia son dos de los pilares en los que se han sostenido los hermanos Ramón y José Hinojosa, sus propietarios, para elaborar sus propias líneas de vinos Don Silvestre e Hinojosa. Sus hijos, José Silvestre (enólogo de Hinojosa) y Martín, respectivamente, son parte también de esta firma.

Aseguran haber amalgamado el empeño y labor de las generaciones pasadas con las innovaciones del sector. Es por eso que en el 2000 incorporaron tecnología de punta, como tanques de acero inoxidable y barricas de roble francés, y se lanzaron al fraccionamiento.

“Es una de las pocas que quedan de nacidos y criados acá”, aseguró José Chico Hinojosa. El concepto de familiaridad que ellos imparten no sólo puertas adentro de las oficinas, sino con el personal, es lo que los diferencia también de los foráneos, a quienes respetan porque “ayudan a posicionar a los locales”.

Con una elaboración anual que oscila entre los 500 y 600 litros de vino, esta bodega que envía gran parte de su producción a EE.UU. atraviesa grandes desafíos en materia de mercado, como ocurre con la mayoría de los establecimientos vitícolas del país, y apunta como estrategia a llegar a nuevos rincones del país (además de los clásicos como Mar del Plata, Buenos Aires, Santa Fe) para ser promocionados en vinerías, negocios y restoranes.

“A los supermercados no llegamos porque ahí no se puede competir”, detalló.

El Valle de Uco habla a través de sus vinos…para escucharlo nada mejor que recorrer los Caminos de Vino valletano, donde nos esperan distintas bodegas con sus copas servidas en señal de bienvenida…consultá acá todas las opciones para transitar los caminos del vino en Mendoza.

Fuente: Diario UNO, Alejandra Adi

 

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