En el extraordinario paisaje de Vista Flores, la bodega y su restaurante, como las muestras de arte y los ciclos de música, invitan a experimentar un sector de Tunuyán de corte francés y acento mendocino.

Llegar a Vista Flores, Tunuyán, donde la cordillera y los frutales, junto con los viñedos y la buena vibra de la gente del lugar hacen yunta, es un placer en cualquier época del año.

Sin embargo cuando la primavera despunta y los colores hacen eclosión dando lugar a nuevos verdes, a futuros frutos, a bríos de esperanza frente a lo que la Pachamama tiene para ofrecer, el paseo se vuelve una obligación para mendocinos y viajeros de múltiples lares. Allí en el exclusivo terroir de buenos vinos, de carácter francés aunque de ADN mendocino, está Clos de los 7 y entre las 5 bodegas construidas, Monteviejo.

Ya es un clásico de excelentes varietales, de famosas etiquetas y eventos en los que el arte -en todas sus variantes, el Wine Rock Tour ya es marca registrada, por ejemplo- se hace un lugar. Pues el destino es de quién camina, dicen, entonces Monteviejo no se queda quieto y sigue apostando a lo nuevo, siempre sustentándose en sus raíces.

La bienvenida, en esa construcción a la que trepan los viñedos por los techos, logrando una temperatura ideal para la vinificación, se da en el hall central, con un espumante y la promesa de que la familia Parent ha pensado cada detalle para que los sentidos se estimulen y la experiencia resuene en la memoria.

La construcción, diseñada por el estudio Bórmida & Yanzón, impacta. Fluctúa entre la calidez del Tunuyán de siempre y el presente y futuro prometedor de esta tierra en cuanto a enoturismo refiere.

Una maqueta sirve para ubicarse, pero pronto las obras de arte seleccionadas por Gabriela Nafissi, el laboratorio, la sala de vinificación, los enormes tanques de acero inoxidable y la sala de barricas, hacen del recorrido una sucesión de gratas sorpresas. La cava, un espacio delicioso, para no perderse.

Entre tanto, los enormes ventanales se abren a la magnífica vista de viñedos en brote y a los Andes, con sus nieves eternas, con su azul impoluto.

Las vivencias aquí no se acotan al tour y degustación, de las líneas (Monteviejo, Abremundos y Marcelo Pelleriti), sino que trascienden y van por más.

Entonces quizá se encuentre con Marcelo Pelleriti (el enólogo) y su banda tocando algo de la música que lo apasiona, un Felipe Staiti -que también tiene su vino- quizá también esté presente o algún músico de la capital que se tomó unos días para disfrutar de etiquetas y amigos.

Hay que saber que en Vista Flores, la vid goza de condiciones climáticas y geográficas especialmente propicias y, en esta casa, la vinificación se realiza respetando la tradición: cosechas manuales y nada de abonos. Por ello la idea de “educar” sobre vinos es una de las propuestas.

Allí entre charlas y degustaciones se descubre el mágico mundo del vino: conceptos técnicos relacionados a la industria, manejo de los viñedos, varietales, elaboración y tanto más.

La evaluación sensorial es otra de las actividades entretenidas para aprender placenteramente. Los aromas y sabores que emanan de las copas desarrollan memoria olfativa con la colaboración de frutas, hierbas aromáticas, especias y flores, entre otros descriptores.

Otra opción es montarse en una bici y recorrer las bodegas del Clos, las variedades de uvas argentinas y terminar con vinos y tapeo, como a los mendocinos nos gusta. Clases de tango, folclore y sesiones de jazz, son otras de las alternativas que integran la agenda de Monteviejo.

Un domingo especial
Cuando no hay planes para que un día se convierta en memorable, es bueno tener el diario a mano y enterarse, por ejemplo que en esta bodega existe la posibilidad de almorzar comida casera maridada con excelsos vinos, a precios muy convenientes.

En el restaurante en el 2do nivel, Victoria Silva, tunuyanina ella, cocina con la simpleza que aprendió en su casa y con los mejores productos de calidad de la zona. También con la impronta francesa que le dejaron los dueños.

Acá la idea es relajarse y dejarse llevar por las empanadas caseras, por las pastas y la carne a la olla como la hacen los mendocinos, con cebolla y todos los colores de pimientos. También hay propuestas de otras carnes y pescados, y platos para vegetarianos.

Pero no pretenda nada gourmet, más bien algo para sentir el sabor de esta tierra. Todo, claro, con la compañía de los caldos de Monteviejo y de los socios de Clos de los Siete, al mismo precio que en las vinerías del país.

Los pilares

La Bodega. El predio comprende 130 ha a una altitud entre los 1.000 y 1.200 msnm en Vista Flores, Tunuyán, a 120 km al sur de la ciudad de Mendoza. Sus tierras con pendientes orientadas hacia el Norte y el Este tienen la mejor exposición al sol dentro del hemisferio Sur. La construcción de la bodega comenzó a principios de 2001, realizando la primer cosecha en 2002.

La vinificación. Sobre una superficie total de 8.500 m2, Monteviejo consta de un sistema gravitacional con doble cinta de selección de racimos y granos. El objetivo es transportar la materia prima sin la utilización de bombas, cuidando de no dañarla en ninguna parte del proceso. De la cosecha al fraccionamiento, pasando por el escurrido del vino, de las cubas en las barricas de añejamiento, el vino sigue su pendiente natural. Es el peso el que desplaza la uva de arriba a abajo.

Marcelo Pelleriti. Aprendió de la mano de Michel Rolland, y no es poco. Pero pronto se hizo notar. Hoy es gerente y enólogo de Monteviejo. Desde hace catorce años dirige las cosechas en Bordeaux de Chateau La Violette y Chateau Le Gay, (ambos propiedad de Catherine Peré-Vergé al igual que Monteviejo). Así logró ser el primer enólogo argentino que obtuvo 100 puntos en la revista de Robert Parker con un vino francés, mientras fue valorado con  altos puntajes en vinos argentinos.

Fuente: Los Andes, Tania Abraham

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