Tokaji, Eiswein, Chateau Lafite, son algunos de los nombres de vinos que se hicieron famosos por la difícil técnica de producción o la selectividad de sus viñedos.

Que el vino es noble, está claro para quienes lo aprecian. Sin embargo, se sabe que los vinos tienen muchas variantes.

En una llanura de Hungría se producen los vinos Tokaji, así llamado por la región donde crecen sus viñedos. Es tal vez el más antiguo del mundo, la Unesco lo incluyó en su listado como patrimonio de la humanidad”. Desde hace mil años, el Tokaji se prepara con la misma técnica: a partir de uvas afectadas por un hongo que deshidrata los granos de uva y concentra sus azúcares. Entre las cinco o seis variedades de uvas se destaca la Furmint, por su alta acidez, mucho azúcar y un perfil aromático picante. Esto implica que el vino envejece con sabiduría. Entre los vinos dulces, el Tokaji es un clásico que supo disfrutar la aristocracia europea.

Otro producto singular es el Eiswein, o “vino de hielo”. Es un néctar dulce, con un cuerpo regular y un bouquet de matices tropicales, de gran persistencia aromática. Lo curioso, sin embargo, es que este vino se produce en condiciones climáticas específicas. Condiciones que sólo se encuentran en el noroeste de Canadá y en unas pocas bodegas en Alemania. La técnica de elaboración es muy delicada y difícil de dominar, por eso el Eiswein se produce en pequeñas cantidades, con uvas maduras donde los granos se congelan. Las uvas congeladas se recogen a mano durante la noche y se prensan en ese estado. El jugo obtenido, muy escaso, posee una alta concentración de azúcares y ácidos naturales, lo que le da su sabor tan exquisito. Este jugo puede tardar meses en fermentar plenamente, a diferencia de los días o semanas necesarios para la mayoría de los vinos de mesa.

En Inglaterra se consigue un curioso vino de rosas. Es un demi sec, rosado, con infusiones de pétalos de rosa que le dan color y aroma propios. El Viajero se asombra cuando le ofrecen en Suecia un vino producido a partir de la savia de abedul. El jugo de este árbol, que sale al cortar sus ramas, es rico en azúcares, proteínas, aminoácidos y enzimas. En este vino, el jugo de abedul se calienta y se deja fermentar durante cinco días. Es un vino clásico en Suecia, donde se lo elabora desde el año 1785. Al probarlo, asoma un gusto a nueces y un aroma a hierbas y almendras.

el Chateau Lafite envasado en Burdeos en el año 1787 es el vino más raro y probablemente el más caro. Envasado en una botella de vinagre, fue propiedad de Thomas Jefferson y recientemente se vendió por 160 mil dólares. Pero ya no se puede tomar, lo que lo hace aún más raro.

En la Argentina no nos quedamos atrás con ciertas excentricidades. Una pequeña bodega mendocina conduce la fermentación de la uva acompañada de música instrumental clásica, que aplaca el estrés de las levaduras y favorece la generosidad de los vinos.

El que no es un millonario, no puede darse el placer de beber el vino más viejo de la Argentina, un Lagarde Semillón cosecha 1942. Cada botella cuesta 1200 pesos. Barriles de este vino quedaron abandonados en una bodega durante décadas. Embotellado en 1990, se hizo con esta uva blanca francesa de Burdeos, donde la uva Semillón es la cepa principal del vino Sauternes y el Saint-Emilion. En 1985 el Semillón cultivado en la zona norte de la Patagonia fue el primer vino fino varietal que se lanzó al consumo en la Argentina, hoy se lo considera un clásico.

Fuente: Diario Clarín
21/02/2015

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