Un recorrido por los alrededores de la ciudad conduce hacia un conmovedor paisaje, donde se aprecian volcanes, cavernas, huellas de dinosaurios y lagunas.

En la ruta 40 conviene dejarse llevar, darle a este incansable camino la posibilidad de sorprender a los viajeros. En el sur de Mendoza, esta recta de pavimento atraviesa Malargüe, la base ideal para recorrer algunas de las maravillas que la rodean.

Para empezar, hay cuatro áreas protegidas, además del volcán Malacara (a 42 km de Malargüe), la cascada Manqui Malal (a 30 km), la laguna Niña Encantada (a 40 km), el Pozo de Las Animas (a 58 km) y el valle del centro de esquí Las Leñas (a 75 km), donde la propuesta para la baja temporada es realizar actividades de aventura. Pero el interés no pasa sólo por los paisajes naturales. El Observatorio de Rayos Cósmicos Pierre Auger, el Complejo Planetario y el Parque Paleontológico Municipal Huellas de Dinosaurios, son sitios únicos en el país.

La Reserva Natural Caverna de las Brujas, en el paraje Bardas Blancas, 75 km al sur de la ciudad, proporciona un fascinante viaje hasta el mismísimo centro de la tierra. Para descender a la Caverna de las Brujas, en las profundidades del cerro Moncol, es imprescindible ataviarse con un casco de seguridad y una linterna adherida a la frente y transitar la oscuridad húmeda de los túneles, hasta la sala “De la virgen”, por la forma que adquirió una estalagmita. Esto es apenas una muestra de lo que guarda una de las cuevas más grandes del país, con 5.000 metros de galerías, algunas nunca exploradas.

Estalactitas, estalagmitas, columnas y coladas surgen bajo la luz de las linternas. Son formaciones generadas por la filtración de agua a lo largo de miles de años y compuestas por rocas calcáreas de origen marino, correspondientes al período Jurásico. 

El recorrido insume dos horas y las salas que siguen son la del Libro, la Gatera –a la cual se ingresa en cuclillas–, del Chancho, Boca del Tiburón, de los Corales –con paredes coloreadas por una increíble policromía–, de los Suspiros –que presenta un enorme velo sobre uno de los laterales de la cueva– y del Encuentro, la última del circuito. Allí deben apagarse las linternas y, cuando la oscuridad y el silencio son absolutos, es posible escuchar la risa de las brujas, según afirman algunos.

Los 200 km que hay que recorrer para llegar a La Payunia, la reserva natural más extensa de Mendoza, son nada en comparación con la experiencia que ofrece. Su extraño paisaje registra más de 800 volcanes y alrededor de mil conos volcánicos, entre enormes coladas de lava, bombas y materiales de distintos grosores. Guanacos o choiques piches desfilan rompiendo la quietud. Recorrer la reserva demanda unas doce horas y se pueden hacer cabalgatas, excursiones en 4×4, trekking y safaris fotográficos.

Por su altura, los volcanes Payún Matrú y Payún Liso se diferencian del resto; también llaman la atención el cráter del Colorado, el Santa María –cuya colada de 17 km de largo es conocida como Escorial de la Media Luna– y el Herradura. En los alrededores proliferan pequeños conos de tonalidades lilas y azules.

La formación rocosa Castillos de Pincheira está compuesta por un conjunto sedimentario-volcánico, en las vertientes del cerro Algodón, sobre la margen derecha del río Malargüe, a 27 km de la ciudad. Su origen se debe a erupciones explosivas de volcanes vecinos, posiblemente producidos a fines de la era Terciaria. Con el tiempo, el agua y el viento fueron cincelando la forma de un castillo con sus torres. Su altura aproximada es de 60 metros y por su difícil acceso fueron usadas por los originarios pobladores pehuenches con fines defensivos. En la zona se preservan evidencias arqueológicas.

La zona es ideal para practicar caminatas, rafting en el río Malargüe, cabalgatas, safaris fotográficos y trekking blanco en invierno. 

Ocupa una superficie de 650 ha y recorrerlo por completo lleva unas tres horas. Los que disfrutan de dormir con la naturaleza como escenario, pueden hacer base en el camping del Area Protegida, abierto todo el año.

 

La Reserva Faunística Laguna de Llancanelo (“Chaquira” o “perla color verde azulada”) luce como un oasis en la geografía desértica de la zona, en medio de esteros y estuarios, llanuras salinas y anegadas, médanos bajos, escoriales –suelos de origen volcánico– y cerros de múltiples colores, como el Trapal y el Coral.

Esta enorme masa de agua salada, que ocupa una superficie de 65 mil hectáreas y tiene un perímetro de 120 km, se alimenta del río Malargüe, los arroyos Mocho y Chacay y aguas subterráneas.

Es uno de los humedales que albergan las más numerosas colonias de flamencos de Sudamérica, además de diferentes especies de choiques, piches, zorros y liebres. 

 

Malargüe es un encuentro cara a cara con la naturaleza.

 

Fuente: Clarín