El otoño en Mendoza: Álamos y plátanos, como las vides, resisten la llegada del invierno desplegando sus tonalidades, ésas que mejor le sientan, tal como dice la canción popular.

Aunque comience el invierno, el otoño parece instalado porque, en él, Mendoza despliega su mejor versión. Desde que el amarillo avanzó de sur a norte y tomó por asalto los carriles bordeados por álamos y plátanos, con un clima apacible, la estación -en la que se empeña en quedarse- favorece el ánimo contemplativo.

“Hay que andar con el alma hecha un niño”, dice nuestra canción, y es un buen consejo (para quienes cuentan con ese órgano vital. Si usted nació sin esa pieza, puede saltear la estrofa).

En esta época, recorrer las rutas mendocinas ya es un programa en sí mismo. Pero si es preciso contar con un destino al que llegar, Tunuyán, Tupungato y San Carlos, algunas de las opciones con mejores aires de otoño.

Se puede llegar desde la Ciudad de Mendoza por rutas internas, que ofrecen un entorno y un ritmo acorde para disfrutar cada tramo. La calle Cobos (RP 79) y luego el Camino de los Cerrillos (RP 86) conducen a Tupungato por una vía más lenta que la autopista (RN 40), pero más escénica.

El arbolado carril Cobos es parte de las Rutas del Vino (bodegas como Catena Zapata, La Anita, Belasco de Baquedano, Piatelli), y el camino de los Cerrillos trepa hasta un atractivo mirador del Valle de Uco. En uno de los puntos con mejor vista se ubica la estatua del Cristo Rey.

En Tupungato hay dos interesantes opciones alejadas del itinerario turístico habitual y vinculadas a instituciones: el Museo histórico del Regimiento de Infantería de Montaña (RIM) 11 “General Las Heras” y el Monasterio del Cristo Orante, de Gualtallary.

El RIM 11, ubicado a la salida de la ciudad de Tupungato hacia el oeste, es un orgulloso custodio de la historia militar y de la gesta sanmartiniana. Actualmente es también el punto de ingreso al Parque Provincial Tupungato (hay que realizar un trámite previo con las autoridades del regimiento).

El RIM y los barrios militares que lo rodean tienen esa arquitectura inconfundible de los cuarteles, con aire a década del 50. El museo en sí mismo no es grandilocuente o diseñado como entretenimiento.

Pero es genuino y puede transformar un paseo en una ocasión con cierto espesor, con un contenido histórico que vaya un poco más allá del pasatiempo. (Espero que algún niño encuentre más divertido ver “en vivo” los sables y uniformes de las viejas batallas, en una fría mañana tupungatina y con la cordillera de fondo, que en la tablet o la tarea escolar… ). Una contra: el museo del RIM sólo está abierto para visitantes de lunes a viernes, durante la mañana. (Agendar para las vacaciones)

En el caso del monasterio, el camino es tan atractivo como el destino. Las calles La Vencedora y Estancia Silva, con su ambiente rural y pedemontano, constituyen un verdadero patrimonio paisajístico y cultural. En otoño, los álamos explotan de amarillo. Allí, a 15 minutos de la ciudad de Tupungato, se encuentra el pequeño monasterio. No es necesario ser religioso para apreciar la armonía de este sitio, con su pequeña capilla recortada contra los cerros.

Los monjes que habitan este lugar de retiro hacen un culto del trabajo en silencio, pero son amables con los visitantes. Reciben a los ocasionales turistas pero sobre todo a personas o grupos que acuden por uno o más días a rezar y abstraerse del trajín mundano. Un detalle mundano muy recomendable son los dulces que preparan y venden. El teléfono del monasterio es (02622) 488967.

Cuna de arrieros
Un camino menos rural y más montañero permite llegar al Valle de Uco por la Cordillera. Desde la Ciudad de Mendoza se puede tomar la Ruta 7 (camino a Chile) y en Potrerillos desviarse hacia el sur por el Camino de las Carreras (RP 89, de ripio). Que cruza una atractiva pampa de altura, al pie del Cordón del Plata, y llega a Tupungato.

Desde allí continúa hacia Tunuyán, atravesando la zona de bodegas y plantaciones de frutales que le ha cambiado la cara a la región. Vale la pena visitar el espacio de arte Killka, de la bodega Salentein. Pareciera que, después, tener la vista calibrada para los grandes espacios del entorno, pasar a la escala más íntima de las obras les da otra relevancia.

A la altura de Los Árboles ya es frecuente ver gente de a caballo. Si el jinete rebota sin remedio sobre el animal, es un turista. Sí, en cambio, la monta y el jinete manejan un compás armónico y el hombre porta indumentaria criolla impecable, es un gaucho “arbolino”.  Como sus vecinos del Manzano Histórico, mantienen viva una tradición de mucho arraigo en el Valle.

No existe mucha infraestructura que ponga en valor y difunda esta identidad de arrieros y gauchos. Una alternativa es hacer una pequeña cabalgata montaña adentro (ubicar entre el ajetreo del Manzano a algún paisano que se vea curtido, prolijo y con animales cuidados).

Con poner unos cientos de metros de saludable distancia de la ruta alcanza para que el otoño recupere su compostura en los arroyos y quebradas de la zona. El visitante puede retomar la Canción: “Es posible encontrar cada nombre, en la voz que murmura en los cerros”.

San Carlos es un estado en la mente
Tiene un perfil turístico aggiornado, cosmopolita pero también hay un valletanismo profundo, cuyano; de modales pausados, sauces añosos y café con leche en tazas de los años 80.

San Carlos es la patria misma de ese estado de ánimo, sobre todo si uno se aparta de la actual Ruta 40 y recorre las localidades del viejo trazado de la 40. La comunidad local ha puesto en valor algunos bares y lugares representativos de esta identidad (Municipalidad de San Carlos: tel. 02622-451002/234.

El visitante que llegue a bordo de un micrito Sprinter aséptico, de paso entre la quinta y la sexta bodega y con 4 minutos de tiempo para conocer Tres Esquinas, Pareditas y Casas Viejas, difícilmente entienda de qué se trata.

Es preciso bajar un cambio, alejarse del celular, detenerse en la mirada y la charla de cualquier paisano de los bares perdidos (o hallados) en el tiempo. O, como sugiere La Canción: “…tener un amigo al costado, para hacer un silencio de amigos”.

La banda de sonido del otoño

Jorge Sosa escribió el poema que dio origen a “La tonada de otoño en Mendoza” en 1978. En un día soleado de abril, una inesperada vista del Pedemonte desde la Terminal de micros le dio la primera imagen. Sosa le pasó los versos a Damián Sánchez, quien recién dos años más tarde les puso melodía.

Pero según relata Jorge Sosa, fue Pocho Sosa quien se enamoró de la canción y le dio voz. Quedó así conformado el trío creador de esta tonada. Más tarde sumó una hermosa versión otra Sosa ilustre: Mercedes Sosa, tucumana de nacimiento pero “nacionalizada” mendocina.

A modo de despedida…nuestra tonada

Otoño en Mendoza (Jorge Sosa – Damián Sánchez)

No es lo mismo el otoño en Mendoza,
hay que andar con el alma hecha un niño.
Comprenderle el adiós a las hojas
y acostarse en su sueño amarillo.

Tiene el canto que baja la acequia
una historia de duendes del agua.
Personajes que un día salieron
a poblarnos la piel de tonadas.

La brisa traviesa
se ha puesto a juntar
suspiros de nubes
cansadas de andar.
Esta lluvia que empieza en mis ojos
no es más que un antojo de la soledad.

Es posible encontrar cada nombre
en la voz que murmuran los cerros.
El paisaje reclama por fuera
nuestro tibio paisaje de adentro.

Ser la tarde que vuelve en gorriones
a morirse de abrazo en el nido
y tener un amigo al costado
para hacer un silencio de amigos.

La tarde nos dice
al llevarse al sol
que siempre al recuerdo
lo inicia un adiós.
Para quien lo ha vivido en Mendoza
otoño son cosas que inventó el amor.

Fuente: Diario Los Andes, Nicolás García

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