Dicen que una imagen vale más que mil palabras. Como aficionado a la fotografía, el autor de esta nota confirma que la cantidad de paisajes que ofrece esta tierra, deja al que observa sin palabras. No solo se trata de un lugar para vivir deportes invernales y disfrutar del buen vino… Mendoza tiene mucho que ofrecer.

Desde su génesis, con la sapiencia de los indios Huarpes, esta provincia está signada a hacer en positivo. De ser un desierto, con matas y jarillas, a optimizar cada gota de agua y mostrar sus postales. La mano del hombre supo plantar cada árbol y hacerlo propio. Hoy los tres oasis en que está dividida, permiten su habitabilidad.

En Mendoza se conjugan los tres cordones montañosos por excelencia. La cordillera frontal que termina en la zona de Potrerillos, la cordillera central y la cordillera de los Andes propiamente dicha, que posee la corona de este macizo geológico: el Aconcagua, que con sus 6.959 metros sobre el nivel del mar es el pico más alto de América. Estas barreras pueden admirarse desde algunas fincas mendocinas, con sólo mirar al oeste.

La distancia del Atlántico (al este), y esa cortina de montañas hacia el Pacífico, hacen que la humedad sea casi nula en esta geografía. Su llanura sube desde los 600 msnm del este, hasta el cordón de las altas cumbres, y eso hace que las lluvias provenientes de los océanos sean muy escasas.

El sol también es icónico. La temperatura media anual ronda entre los 11,5º y los 16,3º (según la zona), y la amplitud térmica en invierno es la bendición para el sabor de sus uvas.

Una de las cosas que más me llamó la atención de esta visita a Mendoza, es todo lo que no se ve. Y esto tiene que ver con su gente. 

Cuando los indios Huarpes se encontraron con estas condiciones de aridez, supieron “sacarle el jugo” a la tierra. Se plantearon hacer del desierto un hábitat un poco más húmedo. Y esa costumbre de años se traduce en pequeños actos idiosincráticos: las acequias limpias, las plazas barridas en madrugada, las veredas enceradas, son algunas de las cosas, que con su lógica individual, hacen que el clima que se vive, sea hoy su fortaleza.

Ubicada en una región sísmica, Mendoza supo superar adversidades. La más fuerte, el terremoto del año 1861, que llevó a replantear la reconstrucción urbana. El arquitecto francés Julio Gerónimo Ballofet la rediseñó con la funcionalidad de un damero: una plaza central de cuatro manzanas y cuatro plazas satélites. Estas no sólo aportan a lo paisajístico, sino que sirven como vía de evacuación ante una contingencia. Además de ser un manto que permite oxigenar la urbe, que se cubre de verde en verano y desnuda sus árboles en frías noches de invierno.

Todas sus calles están arboladas, y este fue el recurso para revertir la sequedad ambiente (tan sólo del 25% promedio).

También es importante destacar la limpieza diaria de la ciudad, pues al carecer de las lluvias que hagan este trabajo, la mano del hombre cumple esa función cotidianamente.

El código de edificación urbana no permite construcciones de gran altura por la sensibilidad sísmica; es decir, no más de 14-16 pisos de altura. Prevención ante la inestabilidad geológica y calidad de vida son las premisas del diario vivir.

Un día en el Valle de Uco

Turismo de alta gama, de aventura, de spa. Colores, sabores y taninos potentes. Trabajo personalizado. Amor por los que riegan la sequía.

El Valle de Uco, ubicado a tan sólo una hora de la ciudad capital (80 kilómetros), a 1.200 msnm., es el lugar de moda, y que sin lugar a dudas permite realizar este tipo de viajes.

Está en su gente, cada trabajador le pone un toque distintivo al sabor de la visita. Agrega su tanino en lo que hace. Eso hace la diferencia, al igual que al hablar del amor por cada árbol plantado (es como al poner nombre a las vacas lechera, se sabe todo de ellas).

En este paraíso, se nos permitió conocer Andeluna. Como hormigas, nos diseminamos entre su cocina a la vista, livings y sus galerías que inspiran a cualquier pintor o amante de mirar en silencio. Hasta el olor nos impregna. Convocados a la recorrida y cata, nos adentramos en las cavas para compartir nuestras primeras sensaciones de la uva. Se nota que las bajas temperaturas nocturnas le dan el toque distintivo; está en la dureza de su piel, se degusta en el paladar. Esta fue la bodega seleccionada para nosotros, pero es una de las tantas que componen el circuito posible a visitar. Es recomendable tomarse tiempo para recorrer algunas -¿o todas?- y no hay cuerpo que resista. La precursora es Salentein.

Ya con un puñado de palabras propias de una bodega, nos dirigimos al siguiente casillero en el juego de conocer este valle. Tupungato Divino: una posada y restó en la que nos esperaba su propietario, Pablo. “¡Dentre, nomás!” Entre anécdotas, experiencias y leños que nos ponían en clima, aprendimos que los de afuera (enólogos, extranjeros, laburantes, turistas) comen como de entrecasa.

Que se comparten experiencias, vinos, risas… y, por sobre todas las cosas, una ventana a la vista misma del volcán Tupungato.

Un almuerzo de cinco pasos y la degustación de algunos vinos recomendados, hacen de esta recorrida una manera de conocer la Mendoza profunda. Con el sabor del brindis a cuesta, marcamos rumbo oeste para adentrarnos en lo que sería un “barrio parcelado para las uvas”. Este temático loteo da la oportunidad a inversores (casi todos extranjeros) de elaborar, beber y compartir su propia producción al pie de sus plantaciones. En su núcleo central uno puede albergarse, pasar una estadía y hasta realizar las actividades como si fuera el propietario de uno o varios acres.

The Vines, donde reina la excelencia… allí Francis Malmann hace que los siete fuegos sean danzados por los actores más exigentes del mundo, genera en uno saberse ido en la imaginación.

Aquí todo es pulcro, calculado, ubicado. No hay detalle librado al azar. Sus pequeñas lagunas espejan los tres cordones montañosos. A palabras de Maslow: “experiencias cumbre”. Esa percepción alterada del espacio y el tiempo, apreciación holística e integrada de la naturaleza, el universo y la propia unidad con él, un intenso afecto positivo y sensación de perfección del universo, momentos en que uno queda estupefacto, sin respirar.

Recalentar motores con una buena chocolatada y a pegar la vuelta. Volveré, eso dije al ir. El atardecer en este lugar, con el juego de luces del sol… y los fuegos, supongo… supongo que es de este planeta, y eso invita a volver.

La noche nos recordará que, en su lengua nativa, Tupungato es el mirador de estrellas; y aquí entre viñedos y pasión, se contempla la creación.

Potrerillos

Adentrarnos en el vientre de la montaña. Serpentear sus escondites. Aventurarnos a jugar en sus ríos y relajarnos en la historia de nuestra historia. Sin lugar a dudas, este fue el día del grupo. Era ya nuestro último día, antes de partir la tarde siguiente. Conocernos más era la cuota pendiente del viaje. Y para ello, nada mejor que el relax. Potrerillos nos dio eso.

El hotel Potrerillos, recientemente reinaugurado, data de los años 40, cuando el corredor bioceánico era poco transitado por turistas. Aquí se instaló “la naranja mecánica” holandesa en el Mundial del 78. Este lugar tiene mística, y es muy cara a los sentimientos mendocinos. Tal es así que muchos provincianos pasan por allí a tomar el té, o a alojarse en alguna época del año. El hotel conserva parte de su construcción originaria, pero fue reformulado para dar más comodidad a clientes más demandantes, más actuales.

El hotel Potrerillos, enmarcado entre el lago Potrerillos y su dique y el respaldo de la cordillera central, nada más puede pedírsele a la naturaleza. El silencio embarga. Las diapositivas de la vida corren… el perfume de lo virgen, el carraspeo de lo seco, sensaciones.

Luego de la visita a las instalaciones y las postales de rigor, rumbeamos a la aventura. Algunos eligen rafting; otros, tirolesa. El marco no puede ser mejor. Al este, la primera vía férrea que comunicaba Argentina con Chile. Del otro lado, las catedrales esculpidas por años y años de vientos, nieves y escasa lluvias. Más allá los gigantes blancos, que permiten que el río Mendoza inunde su valle (por cierto que impresiona… y estamos en invierno), y de lugar al riego, al principio de la nota mencionado.

En el gomón hay equipo. No hay opción. Las fortalezas salen, las debilidades personales son cubiertas por tu compañero. Tu rol, disfrutar y dar lo mejor de vos, para que este correntoso río te lleve a destino. Hay equipo, varias piruetas, remos unidos y a festejar en la base de operaciones.

El silencio se adueña del regreso. Parecía todo haber terminado. Sólo quedaba la cena de despedida en uno de los bulevares centrales. La sorpresa Verolio y la cálida recepción de su propietaria que en el mesón, nos envuelve. Pasión desenfrenada por frutos de su provincia. Verónica baraja distintas boquetas o vegetales asados, con el toque del aceite de oliva joven y fresco. Sin su sonrisa, sin su experiencia transmitida, sería una cena más… pero esta mujer te empuja a reaprender a cocinar, a catar, a saborear. Se nota su amor, como el de todos los mendocinos. Querer, a partir de no tener. Sacarle el jugo a la piedra.

Último día en Mendoza

Visita al esplendor del parque San Martín. Cómo se puede hacer tanto, para tantos, y desde la nada. Diseñado por Carlos Thays y con la finalidad de conservar un poco la humedad tan carente en esta zona y ser reparo del sol en verano. Lugar de esparcimiento, del conocimiento, de la mejor vista, etc. Todo a partir de establecer relaciones de ayuda a consulados y terratenientes. Un pórtico comprado casi de remate, es la llave al “se puede…”, se puede sacarle el jugo a la piedra, en este caso a las relaciones.

Zuccardi nos demostraría que el turismo forma parte de su propia esencia. Sus olivares están integrados como una unidad de negocio y pudimos conocer lo iniciado la noche anterior. Se respira el olivo, se ve el proceso industrial, y lo más importante, se considera al visitante como integrante de la producción. Ver cocinar y jugar a un grupete de niños brasileños es una muestra de la conciencia de cómo sacarle provecho a cada parte, a cada unidad de negocio. Nos quedó pendiente la bodega. Será para la próxima visita.

Ya partimos. Paradójicamente, las botellas no van a la bodega… ya hablo del avión. Aerolíneas Argentinas, por convenio, permite llevar una cierta cantidad de botellas de vino o aceite en cabina. Eso se llama también convenio de reciprocidad… sacarle el jugo a las piedras.

Si te sentiste seducido con este apasionado relato sobre algunas de las bellezas mendocinas, decidite ya…aún estás a tiempo para organizar tus próximas vacaciones en Mendoza! Te esperamos con varias propuestas…

Fuente: El Litoral, por José Caputto

 

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