Los vinos. Los spas. Las carnes. Los Andes. En el extremo oeste de Argentina, Mendoza es el equilibrio perfecto entre las delicias más complementarias de la vida.

Placeres etílicos

El que viene a Mendoza quiere vino, por supuesto. Es el lugar justo: hay más de 100 vinícolas abiertas para visitar. En la tierra de la uva malbec, es bueno tener alguna estrategia para descubrir los viñedos, que se dividen en tres regiones: Maipú (la más antigua), Luján de Cuyo (donde están las bodegas más famosas) y Valle de Uco (con los lugares más nuevos).

Aparte de explicaciones sobre taninos, armonizaciones y aromas, se puede vivir la experiencia de estar entre parras de otras formas. La bodega Nieto Senetiner (en Luján), por ejemplo, lleva a los visitantes a cabalgatas entre sus plantaciones de malbec, syrah y cabernet sauvignon. Por una senda estrecha y repleta de nísperos, el paseo llega hasta el mirador del Valle de Vistalba, con una vista inolvidable de las estancias y la cordillera.

 Andar en bici entre las parras también nos permite observar detalles como los rosales que crecen junto a las uvas, la forma de las hojas, el suelo forrado de piedras, el canto de los pájaros.

Trivento (en Maipú) es una de las direcciones que ofrecen ese tipo de visita, junto con degustaciones y tour. La moderna O. Fournier (en el Valle de Uco) proporciona una oportunidad única: con la ayuda de un enólogo, el turista crea su propio vino, mezclando los sabores que más le agradan.

Al contrario de las vinícolas de porte industrial, la minúscula bodega de Carmelo Patti (en Luján) parece apenas un galpón mal iluminado, pero allí se producen algunos de los mejores vinos de la región. Sus cosechas han conquistado fama mundial. Con su estilo bonachón, Patti recibe a los clientes y, con entusiasmo, les explica cómo se hace para sacar un corcho sin romperlo y cuál es la temperatura correcta para beber un malbec.

Placeres de spa

Se puede decir que Mendoza, poco a poco, va asumiendo una personalidad “Mendozen”.

Spas y actividades conectadas al bienestar, como pilates, yoga y actividades relajantes, se han diseminado, funcionando como una forma de desintoxicación perfecta para los excesos etílicos y gastronómicos.

Por razones obvias la ‘vinoterapia’ es el tratamiento más popular. Ricos en polifenol (elemento antioxidante), los cosméticos hechos con uva ayudan a prevenir el envejecimiento precoz. Abierto también para los que no son huéspedes, el spa del cinco estrellas Cavas Wine Lodge, tiene una “express wine therapy”, que combina exfoliación con semillas de Malbec, seguida por un baño con extracto de uva Bonarda y masaje con aceites esenciales.

Dentro del hotel Entre Cielos se puede disfrutar de un típico hamman, el baño turco. Los visitantes pasan por saunas aromatizados con hierbas y baños en una piscina de agua caliente. “Es una actividad social, para realizar en grupo, que aparte de renovar la piel nos deja el espíritu tranquilo”, explica la propietaria Cécile Adam, una suiza que cambió su país natal por la calidad de vida que encontró por aquí.

Pero para sentirse totalmente inmerso en los Andes, hay que ir hasta las Termas de Cacheuta, un hotel-spa (que funciona también con day-use) a poco menos de una hora de Mendoza.

Incrustado en un valle, a orillas del río Mendoza, Cacheuta concentra piscinas de piedras con aguas termales que crean el encuadre perfecto para pasar horas contemplando el paisaje.

Placeres de la mesa

La gastronomía en Mendoza es un rito que se toma en serio. Se come muy bien –y mucho– por aquí. En armonía con los abundantes tintos, las carnes son las estrellas del menú.

No es por casualidad que el célebre chef argentino Francis Mallmann, es conocido por dominar los secretos del asado y tiene dos restaurantes en la zona: Siete Fuegos, en el hotel The Vines, y 1884, en una barrio residencial de Mendoza. 

Más tradicional, él sirve a sus clientes en un patio al aire libe. De la parrilla, salen cortes clásicos como ojo de bife, entraña y lomo, perfectamente tiernos y a punto.

Favorito entre los mendocinos, el restaurante Don Mario también ofrece una parrillada de alto nivel. Alrededor de las 10 de la noche, el lugar se llena y el desfile de trozos humeantes de carnes guarnecidas con papas fritas crujientes se vuelve constante. En los restaurantes dentro de las vinícolas, es imposible no comer con los ojos.

En Familia Zuccardi, que queda en el Valle de Uco, el edificio de arquitectura osada tiene paredes de vidrio que prácticamente trasladan los viñedos hacia adentro del salón. Con esa vista, los comensales disfrutan sin prisa sus costillares a la brasa. El placer también está en comer con los dedos –y sin que a nadie le importe.

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Fuente: Vamos, Latam

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