Hay libros que son para brindar. En sus dos acepciones; para ofrecer y para elevar un brindis. Ya habíamos comentado en este espacio La batalla por el vino y el amor , de Alice Feiring (colección 5 sentidos, de editorial Tusquets). De reciente edición, Ni ebrias ni dormidas, de María Josefina Cerutti (Planeta), cumple, literalmente, con las dos propuestas. El subtítulo confirma su designio: «Las mujeres en la ruta del vino».

Se trata de un regalo, porque proviene de una entrega: la dedicación y delectación de la autora, socióloga y periodista (no podía no ser mendocina), bisnieta de uno de los pioneros de la industria vitivinícola local. «Las mujeres recreamos algo de los ritos dionisíacos antiguos que caracterizaron las primeras épocas del consumo masivo del fermentado más rico», dice en la introducción. Y luego se pregunta: «¿Queda algo entre nosotras de aquellas expansiones dionisíacas de las ménades (enloquecidas), las cabantes (alborozadas) y las thíades (impetuosas)? Las mujeres del cortejo que acompañaba a Dionisio en su deambular entre Tebas y Atenas».

Cerutti afirma: «La comedia comienza con el consumo del vino». Dionisio está presente a lo largo de las páginas, con su cortejo de las Bacantes. Y se mezcla con muchos poetas, cineastas, filósofos, gourmets y sommeliers de distintas épocas. También con la diosa Sidurí, en Babilonia, que vivía en el jardín de las piedras preciosas -metáfora para referirse al viñedo- y guardaba ella misma la llave de la cava. O el vino en la Isla de Lesbos, en tierra de Safo.

En la Argentina, Sarmiento fue un gran promotor de la vitivinicultura: «La viña era sin embargo, indígena de aquellos bosques primitivos, y créese sin embargo que fue descubierta en América por los escandinavos, puesto que sus runos hablan de una Vinland, a donde tocaron el Occidente los hombres del Norte; pero faltaba el espíritu meridional de la España, la Francia y la Italia, que fueron siempre vinícolas e introdujeron en América hasta California el cultivo de la vid clásica cantada por Anacreonte y Horacio».

El libro cuenta con testimonios de grandes bebedoras y cultivadoras -se explicita que nunca alcohólicas-, mujeres aptas para el deleite. A la manera de un simposio imaginario, Cerutti va dando forma y cuerpo al conjunto de experiencias, de narraciones, como «un encuentro de mujeres que se juntan a tomar y hablar de vinos», desde los tiempos más remotos, hasta lo más íntimo: aquella «gotita roja en la soda que nos cambió la vida». Cuenta con anécdotas densas y espumosas, de sibarita erudición, como las referidas a la gran dama de Champagne, la viuda de Clicquot (1777-1866) y su famoso lema, parodiando a Luis XIV: » La vin c’est moi «.

Ni ebrias ni dormidas es un paseo de reminiscencias, una forma de brindar por la historia de la mano de las mujeres que vivificaron el sabor, incluso el de las palabras, el sabor del decir. Como la tierra de origen que se desliza en la palabra terroir , el terruño, «el paraíso ancestral del vino».

Por Silvia Hopenhayn | Para LA NACION

 

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