El 6 de noviembre de 1896 se creó por ley para que funcionara como “zona de purificación” al oeste de una ciudad amenazada por las enfermedades. Emilio Civit y Carlos Thays, los que le dieron forma.

Corrían tiempos difíciles para una Mendoza que aún continuaba su proceso de reconstrucción a poco más de tres décadas deel trágico terremoto de 1861, que dejó la ciudad en ruinas.

Fue necesario rediseñar el espacio público, buscar alternativas, y apelar a nuevas ideas, apuntan los especialistas en patrimonio al anclar la creación del Parque General San Martín a la historia local.

Hoy, el pulmón verde más importante del oeste argentino cumple 120 años desde su creación por ley (la N°19 del 6 de noviembre de 1896).

Es que en medio de una provincia de clima árido, la idea de incorporar vegetación de cara al pedemonte tuvo tres objetivos compartidos, que prendieron de raíz.

Uno de ellos fue generar un espacio que sirviese como “zona de purificación” frente a las posibles enfermedades que amenazaban a la ciudad.

El otro objetivo, social y sanitario, fue dotar a la comunidad de un escenario de recreación, donde fuera posible establecer vínculos compartiendo momentos agradables en grupos o familias. El último eje que sostuvo la creación del parque fue armar a la ciudad de una defensa aluvional.

El proyecto fue ambicioso y también tuvo un alto costo. Durante la gestión del gobernador Francisco Julio Moyano, el ministro de Obras y Servicios Públicos, Emilio Civit, fue quien lejos de dar vida a una idea pasajera contrató para su diseño al paisajista francés Carlos Thays, quien se hizo cargo de la planificación.

Así lo explica la historiadora Adriana Micale: “A fines del siglo 19 Mendoza tenía problemas graves; la sequedad del ambiente, la ausencia del agua en el invierno y las lluvias torrenciales en el verano se sumaban a las inundaciones que se producían cuando llovía. Otro inconveniente era la escasez de agua potable y el sistema sanitario era deficiente”.

La investigadora detalla que con el fin de contar con un diagnóstico certero sobre la situación, Civit convocó a Emilio Coni, un higienista de Buenos Aires.

Fue él quien determinó que era necesario crear un pulmón verde para la ciudad. Con esa directiva, el ministro pidió la colaboración de Thays, quien en un primer momento planteó un parque rodeado de huertas con un jardín botánico, olivares y un hipódromo.

Así, se incorporan, en pleno desierto, las primeras especies arbóreas traídas de todo el mundo sobre 295 hectáreas.

Entrada monumental

Testigos del devenir de las generaciones que dieron vida a estas tierras, los monumentos que hoy se conservan en los diferentes tramos del paseo dan cuenta de la impronta que quisieron otorgarle las autoridades a lo largo de los años.

Patricia Favre, profesora de Historia del Arte en al UNCuyo, ha indagado en este aspecto. Explica que las esculturas del parque (tanto las originales como las que desaparecieron) son el reflejo de los cambios surgidos en el acervo cultural.

Explica Favre que a través de la historia, el paseo fue cambiando y se fue equipando de acuerdo a sus usos y las políticas de turno. Pero siempre fue “un ambiente social, cultural y paisajístico donde la cultura ha tenido presencia clave”.

Esa impronta, de hecho, se percibe en las obras.

Al hablar de este valor patrimonial, Favre incluye no sólo las estatuas sino también las farolas, rejas, bancos y portones. Así, con dinero público, la gestión de Moyano decidió comprar en el exterior las obras emblemáticas que aún perduran.

Los Portones, de hecho, fueron adquiridos a la fundición Mc Farlane y habían sido fabricados para adornar un placio en la India.

“Querían un espacio que estuviese a la altura de los grandes parques del mundo”, destaca la especialista. Los portones -traídos de Escocia- y más tarde la Fuente de los Continentes, los Caballitos de Marly (fabricados en mármol de Carrara) y el grupo de esculturas de “Diana y Endimión” son las obras que hasta hoy sellan la identidad del Parque San Martín.

“El interés en ese momento era marcar el ingreso al parque, que fuese una entrada monumental”, detalla Favre y aclara que por eso las piezas principales se encuentran sobre el ingreso y la rotonda principal.

A lo largo de más de un siglo, el paseo se ha entrelazado a los cambios sociales. En ese sentido, el patrimonialista Ricardo Ponte deduce que el parque es el símbolo que da cuenta de cómo Mendoza logró adaptarse al desierto.

Y explica que la creación de este espacio público tuvo una impronta básica mendocina al utilizar como sistema de regadío a las acequias, recurso utilizado por los pueblos originarios.

El investigador explica que si bien el parque fue inspirado en el Bios Boulogne del oeste de París, su naturaleza fue recreada en base a las posibilidades de estas tierras de clima árido.

“Se utiliza un sistema de riego que tiene gran éxito e incluso para regar la vegetación se crea un sistema de riego por manto, con acequias y canales secundarios y terciarios”, detalla el experto.

Ponte se refiere al parque General San Martín como un espacio “transculturado”, que debería ser declarado como un “parque histórico” y no sólo como un patrimonio local, como lo es hasta ahora.

Para Silvia Cirvini, arquitecta e investigadora del Conicet, el parque hoy es un sitio que se plantea como un espacio contenedor de otros elementos que a lo largo de los años se han sumado en función de las necesidades de la sociedad.

El Rosedal, el Club Regatas, el Zoológico, el Cerro de la Gloria, como así también el Parque Aborigen y hasta la pequeña trocha del tren que permitía la circulación de pasajeros en su interior son algunos ejemplos.

Como explica Cirvini, esta última era -a principios del siglo 20- el medio que le permitía a la población que no disponía de un carruaje llegar al hipódromo.

Fuente: Diario Los Andes
09/11/2016

 

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