Durante las vísperas de la Navidad de 1938 se inauguró en San Rafael el establecimiento termal “El Sosneado”. Aquí un poco de historia.

Con la presencia de autoridades e invitados especiales, se realizó el 20 de diciembre de aquel año la apertura del hotel que curiosamente sólo permanecería abierto por escasos 15 años. Si bien es de amplio conocimiento que el hotel del sur mendocino era administrado por la Cía. de Hoteles Sud Americanos Ltda., firma subsidiaria del Ferrocarril Buenos Aires al Pacífico (BAP), en el planos de obra figuraba como comitente la Sociedad Río Atuel Ltda. Mientras esta firma era además la propietaria de la mina “La Valenciana” situada en Malargüe, la primera tenía ya en funcionamiento otros dos hoteles de montaña, el de Puente del Inca (1903) y el de Uspallata (1935), que se ofrecían a los turistas en forma combinada por la compañía (traslado en tren y alojamiento).

La construcción del hotel fue en sí misma una tarea titánica. A pesar de contratiempos como la inexistencia de un camino en condiciones hasta el lugar, distante 210 kilómetros desde la ciudad de San Rafael y el escaso tiempo en que se podía trabajar en el paraje cordillerano, solo unos pocos meses de octubre a mayo, la profesionalidad y compromiso de los que participaron del proyecto fue admirable.

 

El diseño estuvo a cargo del arquitecto norteamericano Lyman O. Dudley, que firmaba sus obras con la sigla DPLG, tal como se indicaba en la revista Nuestra Arquitectura, que publicó con gran despliegue gráfico y fotográfico el proyecto en agosto de 1939. La sigla DPLG “Diplômé Par Le Gouvernement” hacía referencia a que su título había sido otorgado por el gobierno francés con posterioridad a 1914, fecha en que se determina este tipo de reconocimiento. La empresa constructora que lo realizó fue Christiani & Nielsen, fundada en Dinamarca por Rudolf Christiani y Aage Nielsen y que luego de la Primera Guerra Mundial, abrió filiales en todo el mundo, especializándose en construcciones en cemento reforzado.

 

Dudley era un arquitecto que manejaba muy bien el lenguaje pintoresco, el mismo que le imprimió al hotel termal, y que ya había aplicado en otras casas, como fue su propia casa de week end en la provincia de Buenos Aires. El uso de la piedra y de los tejados de fuerte pendiente, sumado a una implantación escenográfica del edificio sobre una barranca del río Atuel, fueron los rasgos característicos de la obra. En cuanto al programa arquitectónico, se incluyeron además de los locales propios del tema hotelero específicamente (habitaciones con y sin baño privado, comedores, estares, bares, servicios, etc.) un sector de solarium con dependencias, piscina para los baños termales con aguas sulfurosas (muy recomendables para enfermos reumáticos), un área de consultorios y anexos, y la usina hidroeléctrica, edificio que era el centro neurálgico del conjunto. En aquel momento, sin esta obra no podría haberse puesto en marcha.

Completaban el proyecto las viviendas para el personal del hotel.

 

A 63 años de su cierre, el conjunto en ruinas todavía sorprende por la magnificencia de lo que fue el establecimiento: un hotel que solo abría cuatro meses al año en temporada de verano y que comenzó a tener inconvenientes con su funcionamiento (problemas gremiales) y mantenimiento (temporales de nieve) hasta su cierre definitivo en 1953.

 

Fue una obra pionera en su tipo situada en un sitio inhóspito a 2.000 metros sobre el nivel del mar, que desafió a su tiempo. Hoy la fortaleza de algunos de sus muros, aún en pie, recuerdan su esplendor. Quizás el antiguo hotel merezca una nueva oportunidad.

Fuente: Los Andes, por Arq. Graciela Moretti, Magister en Historia de la Arquitectura y el Urbanismo Latinoamericanos.

 

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