Una pormenorizada reseña acerca de todas las posibilidades que brindan las diferentes Rutas del Vino en cada sector de Argentina; sus características peculiares región por región. Aquí podremos enterarnos no solo de las propuestas enoturísticas de las zonas vitivinícolas más afamadas, si no también encontraremos aquí algunas propuestas novedosas de sectores vitivinícolas argentinos pocos conocidos. Un mapa imperdible para los fanáticos del vino y su cultura.  (resumen)

Ya no se trata sólo de visitar una bodega y escuchar las explicaciones de un guía. Ahora la propuesta es mucho más amplia y variada: va desde participar en la cosecha a tener una finca con viñedos y elaborar el vino propio, de tomar clases de cocina y maridajes a disfrutar de una mesa de espumantes entre las viñas, saborear almuerzos por pasos, combinados con distintas cepas, a la sombra de los olivos; degustar distintos varietales de vinos y aceites de oliva, recorrer las plantaciones en bicicleta, a caballo o en carruajes al pie de la montaña, relajarse en una bañera repleta de tinto, recibir unos reconfortantes masajes con pepitas de malbec…

Las posibilidades que ofrecen las Rutas del Vino de la Argentina son prácticamente infinitas, y cada vez más refinadas.

Quizás por eso, además de por la reconocida calidad del vino argentino, son cada vez más las provincias del país que se suman a este recorrido que permite conocer todos los secretos de la elaboración de un producto tan noble como fascinante.

Ya son 14 las provincias en las que hay bodegas. Sin embargo, el corazón de esta ruta está al pie de la Cordillera: desde los cerros multicolores de Maimará, en la Quebrada de Humahuaca jujeña, hasta El Hoyo de Epuyén, en las boscosas montañas chubutenses, hay más de 2.740 kilómetros y una gran variedad de paisajes, historias y culturas, unidos por una pasión: la vitivinicultura.

Entre un extremo y el otro del país hay al menos 150 bodegas que abren sus puertas a los visitantes.

Y si a ellas se suman las de otras provincias, como Córdoba, Buenos Aires, La Pampa y Entre Ríos, la oferta crece aún más y se diversifica, y contribuye a explicar por qué las Rutas del Vino atraen cada vez a más curiosos y expertos: en 2010, las bodegas del país fueron visitadas por casi 1,1 millón de turistas, y se calcula que 2011 cerró con una cifra aún mayor. Pasen y vean. Y disfruten.

Entre cerros y colores

Si se inicia el circuito desde el norte, necesariamente se debe hacer una primera parada en Maimará, en los bellísimos paisajes de la Quebrada de Humahuaca. Allí, la bodega Fernando Dupont ofrece la única experiencia bodeguera de la provincia de Jujuy, en un paisaje declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad.
Pero es en la provincia vecina, Salta, donde la Ruta del Vino alcanzó un gran desarrollo e invita a una experiencia integral, que incluye los viñedos más altos del mundo, spas de vino de primera calidad y travesías por montañas y valles, además de arte, historia y una imperdible tradición gastronómica, coronada por las inigualables empanadas salteñas.

Las bodegas se concentran en los Valles Calchaquíes, con Cafayate y su célebre torrontés como cabecera y el moderno Museo de la Vid y el Vino –inaugurado en 2011–, una propuesta interactiva instalada en el predio de la Bodega Encantada, que se transformó en visita obligada para los turistas del vino.

Pero el recorrido vitivinícola salteño es tan variado como atractivo.

Desde hoteles de alta gama como Patios de Cafayate –un cinco estrellas instalado en una antigua bodega colonial, con spa de vino con vista a las montañas– hasta bodegas tradicionales como Etchart o Domingo Hermanos; desde establecimientos familiares como Domingo Molina hasta otros que forman parte de cadenas internacionales, como Colomé, en Molinos, que atesora no sólo antiguas cepas, sino también los viñedos más altos del mundo, a 3.020 msnsm. Este circuito bien puede coronarse con una visita a la hermosa capital salteña, con el Museo de Alta Montaña y “la Balcarce”, la calle de las peñas y la movida nocturna. Y, claro, con el viaje en el Tren de las Nubes, que llega a los 4.200 msnm en el viaducto La Polvorilla.
Si Salta es la variedad, la tradición y los viñedos de altura, al ladito nomás, Catamarca sorprende con tranquilos valles y coloridas montañas –que albergan más de 200 volcanes, incluyendo la impresionante “Ruta de los seismiles”–, y una importante tradición arquitectónica y religiosa, que fusiona prácticas cristianas con rituales paganos a la madre tierra. Una decena de bodegas se reparten entre Santa María, cerca de la salteña Cafayate, y especialmente en el corredor Tinogasta-Fiambalá, donde las rutas entre viñas y bodegas se funden con otras, como la Ruta del Adobe, y las mágicas ruinas de poblados prehipánicos, como Watungasta, capillas y oratorios.

Entre Salta y Catamarca, en plenos Valles Calchaquíes, se cuela la primera bodega de Tucumán: Las Arcas de Tolombón, sobre la ruta 40, muy cerca de las ruinas de Quilmes. Cerca, en la zona de Amaicha del Valle, la nueva y moderna bodega Posse acaba de hacer su primera vinificación, y llegó para ampliar la propuesta vitivinícola tucumana.

Cuyo, el corazón del vino

La Rioja fue tradicionalmente el terruño de la uva bonarda, pero en los últimos años proliferaron también los viñedos de malbec, cabernet sauvignon y syrah, entre otras cepas. La zona tradicionalmente vitivinícola de la provincia, integrada al llamado “Corredor de la producción”, es básicamente la del valle de Chilecito. Pero también se han desarrollado otros emprendimientos, como la sorprendente bodega Chañarmuyo Estate, al pie de la cadena del Paimán, con sus viñedos a 1.720 msnm y una propuesta turística que conecta la cultura originaria aguada con los tiempos actuales: en el hall principal, tres dibujos reciben al visitante: las estrellas diaguitas de Vinchina, el Tincunako, una de las fiestas religiosas más antiguas de La Rioja, y un racimo de uvas. La posada tiene 10 habitaciones y una gastronomía autóctona, con hornos de barro y verduras y cabritos crecidos en la propia finca.

Con 11 bodegas en cuatro zonas, la Ruta del Vino de San Juan bien puede comenzar en el centro de la capital, donde el Museo Santiago Graffigna, ubicado en la bodega más antigua de la provincia, fundada por Santiago Graffigna en 1870, permite recorrer buena parte de la historia vitivinícola. Muchas bodegas y viñedos se levantan en el sur provincial, en las zonas de Pocitos y Pedernal, y cerca de la capital, pero en plena cordillera, Cavas de Zonda, especializada en espumantes, sorprende por su ubicación: en una caverna excavada en plena montaña.

Pero, claro, la Ruta del Vino alcanza su máxima expresión en Mendoza.

Esto no sólo porqué es la principal provincia productora de la Argentina, sino también una de las más importantes del mundo, con su capital formando parte del selecto grupo “Great wine capitals”. Con más de 100 bodegas en sus cuatro regiones vitivinícolas –Centro, Este, Valle de Uco y Sur–, Mendoza ofrece todo lo que el turista amante del vino requiera: antiguas bodegas transformadas en museo –como La Rural–, otras con estructuras súper modernas e increíbles vistas a la montaña –Séptima, O. Fournier o Vistandes, entre otras–, alojamientos de lujo entre las viñas, spas con tratamientos especializados –Cavas Wine Lodge, Entre Cielos, Park Hyatt, etc.–, canchas de golf entre los viñedos –Tupungato Winelands, en el Valle de Uco, o Algodón Real Estate, en San Rafael– y hasta completas galerías de arte, como el espacio Killka, en la bodega Salentein.

Desde vinos de altura como los de Terrazas de los Andes a propuestas que incluyen tours de aceite de oliva y almuerzos de varios pasos, cada uno maridado con una cepa diferente, como los de la bodega Tapiz, entre otras, Mendoza ha desarrollado como ninguna otra provincia el enoturismo. Aquí se puede cabalgar, recorrer los viñedos en bicicleta, autos antiguos o carruajes, y hasta sobrevolarlos en un globo aerostático, como ofrece Familia Zuccardi, una de las pioneras en esto de recibir y agasajar a los turistas: desde su Casa del Visitante ofrece distintos programas que permitan disfrutar de este mundo de todas las formas imaginables.

Las cepas del viento

¿Qué tienen en común los vinos con las manzanas y los dinosaurios?, bien podría preguntarse algún desprevenido. Por lo pronto, un circuito turístico que recorre parte de Neuquén y el Alto Valle del Río Negro, en el que 13 bodegas –unas muy modernas, como Del Fin del Mundo o NQN, y otras súper tradicionales, como Humberto Canale– abren sus puertas a los visitantes.

San Patricio del Chañar y Añelo, en Neuquén, y Cipolleti y General Roca, en el Alto Valle rionegrino, son los epicentros de esta ruta que combina con producciones frutales –manzanas, peras, frutos finos– de las chacras de la zona y yacimientos y museos paleontológicos. Un claro ejemplo es el de Familia Schroeder, que en su Cava del Dinosaurio exhibe restos de uno de los dinosaurios más grandes que habitaron la Patagonia, encontrados mientras se hacían las excavaciones para construir la bodega.

Esta ruta de vinos patagónicos culmina –al menos por ahora– en la pintoresca localidad de El Hoyo, Chubut, 18 km al sur de El Bolsón.

Allí está Patagonian Wines, una de las bodegas más australes del mundo, propiedad de Cavas de Weinert.

Otros caminos

Que Mendoza o San Juan tengan sus Rutas del Vino no es ninguna sorpresa.

Pero sí puede serlo, para muchos, encontrar recorridos vitivinícolas en otras provincias no asociadas directamente con esta actividad, como Córdoba, Entre Ríos, La Pampa o Buenos Aires.

Lo cierto es que Entre Ríos fue, hasta hace unos 100 años, una de las principales productoras de vino de nuestro país. Hasta que, en 1936, se prohibió la actividad fuera del pedemonte cordillerano, medida que fue revocada recién en 1998. Poco después, la bodega Vulliez Sermet, cerca de Colón, comenzó a producir syrah, tannat y malbec, entre otras cepas, y ofrece alojamiento en cabañas con vista al parque, los viñedos y la piscina.

En Córdoba, en tanto, la Ruta del Vino es otro de los legados de los jesuitas, aunque hunde también sus raíces en la huella de la inmigración europea y se combina con la exquisita gastronomía y el folclore italianos. Unas 15 bodegas, sumando a las artesanales, componen este camino, que agrega alternativas a la Ruta de las Estancias Jesuíticas y el Camino Real de la Historia (en Colonia Caroya e Ischilín), además de recorridos alimentarios y de artesanos. Algunas bodegas ya centenarias de la provincia son La Caroyense, en Colonia Caroya, y Lucchesi, en Villa del Rosario.

Otra historia que emerge de los inmigrantes italianos es la de los Vinos de la Costa, en Berisso, al sur del Gran Buenos Aires. Allí, un grupo de quinteros mantiene una tradición centenaria elaborando en cooperativa, y desde 2004 celebran, en julio, la Fiesta del Vino de la Costa. Hacia el sudoeste de la provincia de Buenos Aires, la moderna bodega Saldungaray, en la Comarca Turística Sierra de la Ventana, cultiva 20 ha de distintas cepas, ofrece visitas guiadas, un restaurante gourmet que abre de jueves a domingos, picadas con tablas de fiambres y productos de cosmética a base de uva y vinos.

No muy lejos de allí, en Médanos, cerca de Bahía Blanca, Al Este es otra moderna bodega abierta al turismo, y cerca de la localidad de 25 de Mayo, Bodega del Desierto suma una nueva provincia –La Pampa– a los cada vez más variados y atractivos caminos del vino de la Argentina.

Desde hace muchos años hacemos Caminos…del Vino; es nuestra especialidad, consultános para conocer, tramo por tramo, las bodegas de Argentina.

Fuente: Clarín, Pablo Bizón

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