Pozo de las Ánimas y Laguna Niña Encantada

Pozo de las Ánimas y Laguna Niña Encantada

Dos paisajes de belleza singular para hacer safaris fotográficos cercanos al Valle de Las Leñas. Sorprenden por su formación geológica y el color de sus aguas.

Mendoza no sólo ofrece al turista grandes montañas con picos nevados y algunos de los mejores vinos del país, sino también otro tipo de postales naturales que dejan boquiabiertos hasta a los más exploradores. Es lo que ocurre con el Pozo de las Ánimas y la Laguna de la Niña encantada, situados a unos kilómetros de Malargüe.

Para visitarlos, lo mejor es elegir un día donde el sol brille para visitar estos dos paisajes de singular belleza natural. El principal eje turístico allí son los safaris fotográficos y es importante tener una linda luz.

El Pozo de las Ánimas, un sitio exótico, está ubicado a unos 58 km de la ciudad de Malargüe, camino a Valle de Las Leñas. Sorprende su formación geológica ya que se trata de dos pozos enormes (que se denominan “dolinas”) con un origen curioso: las aguas subterráneas fueron formando grandes cavernas, que al pasar los años ensancharon sus paredes hasta provocar la colisión de los techos y dejaron expuestas dos cavidades con espejos de agua verde turquesa. Una pared delgada separa ambos espejos de agua, de 21 metros de profundidad, con diámetros de 270 y 300 metros. Para darse una idea, los cenotes de México tienen el mismo origen que estos pozos mendocinos.

El Pozo de las Ánimas está ubicado cerca del arroyo Las Amarillas, sobre la ruta provincial 222. El lugar no posee costo de ingreso y puede recorrerse en aproximadamente tres horas.

El viento permanente que sopla en el lugar es la causa del aullido que, según la leyenda, corresponde a las voces de almas en pena (los indígenas llamaban a este sugestivo lugar Trolope-Co, “agua de los muertos” o “agua del gritadero de las ánimas”).

El llanto del enemigo

Como sucede con muchos fenómenos naturales, el Pozo de las Ánimas también tiene su leyenda. Según el relato, dos pueblos –que habitaban a uno y a otro lado de la Cordillera de los Andes– mantenían una relación tensa.

En una ocasión, el pueblo del lado chileno estaba persiguiendo a un reducido número de habitantes de la zona de Los Molles. Ya era de noche y los perseguidos, cuando dejaron de escuchar los gritos de sus enemigos –y luego de tomar recaudos por si se trataba de una trampa– volvieron a sus hogares dando algunos rodeos.

Al día siguiente, con las primeras luces, retornaron al lugar de los hechos y escucharon lamentos. Cuando avanzaron se encontraron con dos enormes pozos que se habían hundido bajo los pies de sus rivales: en el fondo se encontraban los cuerpos moribundos. Sus gemidos asustaron a los observadores, que desde ese momento veneraron la formación que los había salvado con el nombre “lugar en el que lloran las ánimas”.

 

La Laguna de la Niña Encantada se encuentra a metros del Río Salado y a unos 40 km al noroeste de la ciudad de Malargüe y camino a Valle de las Leñas. Es un lugar ideal para tomarse un descanso. Se puede contemplar todo el valle, caminar por la pequeña costa de la laguna y sacar fotos. El espejo es hábitat de trucha salmonada, pero la pesca no está permitida. Alimentada por ríos subterráneos que le brindan un agua extraordinariamente cristalina, la laguna se encuentra rodeada de rocas volcánicas que, al reflejo con el agua, dan curiosas formaciones que han creado a través de los años leyendas e historias.

La leyenda de la niña encantada

Cuenta una antigua leyenda que en estas tierras habitaba un pueblo de pacíficos nativos. Llevaban una vida apacible hasta que los pehuenches comenzaron a realizar visitas periódicas a sus tierras. El Pehuenche era un pueblo de indígenas bravos y aguerridos que rápidamente alteraron la acostumbrada tranquilidad. En busca de restaurar el orden perdido, y asegurar un porvenir sin choques de linajes, se convino un casamiento en beneficio de la paz. La hermosa hija del cacique pacífico, Elcha, sería tomada por el hijo del patriarca pehuenche. La solución encaminaba el futuro de ambos pueblos y la convivencia en esas tierras. Pero Elcha estaba enamorada de un joven de su tribu, y al no lograr dominar la pasión que los envolvía a ambos, escaparon juntos. Furiosamente perseguidos en la atropellada huída, comprendieron que sería imposible escapar con vida y llegados a un punto alto sobre la laguna, se arrojaron a las heladas aguas confundidos en un abrazo final. Los perseguidores alcanzaron a presenciar aquel salto e iracundos vociferaron amenazas, hasta que súbitamente los conjuros aullados por la hechicera de la tribu fueron contestados con un rayo celestial que la petrificó por siempre en la cima de la montaña. Aún puede vérsela en su prisión de piedra condenada a presenciar cómo en las noches de luna el reflejo del agua devuelve la imagen de Elcha, la niña encantada que se reencuentra eternamente con su amado…

 

Fuentes: Weekend por Federico Svec y por Redacción Voy de Viaje