Un nuevo aniversario de la independencia nos conduce por caminos flanqueados por la Cordillera de los Andes, recorriendo parcialmente la emblemática Ruta 40, entre valles, cuestas y quebradas.

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El pavimento se pierde en un horizonte eterno, se transforma en un sendero serpenteante, se vuelve una cuerda floja. No buscamos un destino sino un camino.

Todo listo, se enciende el motor, largada. Mate, café y algo rico para amenizar el primer tramo del viaje, de Mendoza a San Juan.

“(…  ) no viajo para ir a un lugar en particular, sino por ir. Viajo por el placer de viajar. La cuestión es movernos” guiados por las palabras de Robert Louis Stevenson nos sumergimos en el territorio argentino para descubrir aquello que, hasta ahora, había permanecido oculto a nuestra mirada. Iniciamos la travesía por la Ruta Nacional 7, la Cordillera de Los Andes acapara las miradas.

Es la primera postal, ligeramente nevada, que nos recuerda el momento del año. El paisaje de la ventanilla se transforma constantemente y como el río de Heráclito no es nunca el mismo.

Una pausa en Uspallata para cargar combustible, comer unos alfajores únicos y exclusivos de dulce de leche y miel y continuar por la flamante Ruta Nacional 149. Ahora la montaña nos rodea. De un lado se perfila la cordillera, el imponente Cerro Negro protagonista del paisaje de San Alberto.

Del otro se abre el valle, observamos el Tunduqueral y se dibuja en la montaña el camino – ruta provincial 52-  que une Uspallata con Villavicencio.

El asfalto se convierte en piedra y entre medio de traqueteos pasamos por las ruinas de un viejo asentamiento incaico y cruzamos el límite entre Mendoza y San Juan. Del otro lado, un camino asfaltado muy nuevo, nos recibe con la asombrosa Pampa del Leoncito que obliga a apagar el motor  y encender la cámara de fotos.

Eterna parece esta radiante planicie arcillosa que posee 14 km de largo por 4 km de ancho y deja al descubierto una inmensidad de cielo que nos abraza a 360 grados. El Cerro Mercedario, la cumbre más alta de la provincia vecina, enmarca a lo lejos el horizonte andino. Sobre los faldeos precordilleranos –hacia el este- se yergue el Observatorio del Complejo Astronómico de El Leoncito, que puede ser visitado por la mañana y por la tarde por los amantes de las estrellas.

Continuamos la travesía y las arboledas de álamos nos anuncian nuestra próxima parada: Barreal.  Degustamos unas empanadas caseras sentados al sol, mientras la cordillera de los Andes nos abraza. Este pintoresco pueblo se caracteriza por su cercanía a la cadena montañosa  y, además, por ser la puerta del famoso paso de Los Patos, punto de cruce del ejército sanmartiniano en su liberación a Chile.

La siesta nos ofrece, en la antiquísima capilla de Nuestra Señora del Carmen de Calingasta, acunada por las revueltas aguas del río Los Patos, una versión todavía más tranquila de este agreste paraíso.

El pavimento guía nuestro paso y por la ventanilla pasan indistintamente sauces, álamos y cerros. El camino se ondula, sube y se angosta, cruzando sobre las ágiles truchas del río Castaño Viejo, para llevarnos hasta las Termas de Pismanta, cuyos baños curativos son conocidos desde antes de la conquista y aprovechando que son accesibles al público por un módico precio, nos invitan a relajarnos en sus amorosas piletas.

Dejamos el oasis de Rodeo por la ruta nacional 150 y un cartel indica que llegamos a la Cuesta del Viento. Poco a poco aparecen en el desértico panorama unas turquesas aguas que comparten su nombre con el de la cuesta. Los ojos imploran una parada para disfrutar pausadamente la vista. Fiel a su nomenclatura, el aire fresco se pasea caprichoso de un lado a otro y en pocos minutos el frío nos devuelve a nuestro refugio de cuatro ruedas, para iniciar el largo descenso hasta San José de Jáchal.

De San Juan a La Rioja 
Nos despedimos de San Juan con una postal única: una panorámica contemplación del Parque Nacional Talampaya y la prodigiosa orografía de Ischigualasto, con su Valle de la Luna, desde las alturas del mirador Bordo Atravesado, ubicado al costado de la Ruta Nacional 40.  El camino vuelve a ondularse y subir. Esta vez entramos en la Cuesta de Miranda. A nuestro alrededor todo se tiñe de rojo intenso y sólo la flora autóctona lo desafía con su verde seco.

El paisaje lunar nos recuerda a los acantilados y  cerros del dibujo animado del Correcaminos.  A medida que avanzamos la carretera se vuelve una delgada cornisa colorada. La oscuridad nos alcanza en Chilecito donde decidimos hacer noche.

De Catamarca a Tucumán 
Al día siguiente tostadas de pan recién horneado con dulce casero son la fórmula para comenzar el día. Seguimos nuestro trayecto dirección norte. Un cartel nos da la bienvenida a la provincia de Catamarca. Más tarde, otra señal de tránsito llama nuestra atención “Londres” dice sin más en letras blancas sobre fondo verde. Giramos el volante para conocerlo. A diferencia de la capital inglesa homónina, el Londres que descansa al costado de la ruta 40 es un pequeño oasis verde con un pueblo con bajas casas blancas de adobe encalado entre bosques de mandarinos y naranjos.

Pero tan exótico nombre en estas latitudes tiene una explicación. Pocos saben que fue la segunda localidad fundada por españoles en la actual Argentina -luego de Santiago del Estero- y la primera de Catamarca. Originalmente, Pérez de Zurita –su fundador- la llamó Londres de la Nueva Inglaterra como un homenaje a la ciudad natal de la esposa del rey Felipe II de España, María Tudor. Casi de inmediato, por el apartamiento de la corona inglesa de la fe católica se intentó cambiar, sin éxito, su nombre. Lo mismo sucedería -posteriormente- en varias ocasiones hasta el conflicto austral de 1982. Incendiada y despoblada repetidas veces, se mudó su emplazamiento otras tantas para terminar con su nombre.

Pero allí está Londres, testarudamente perfumada por los azahares de sus quintas domésticas de cítricos que alegran las pintorescas callecitas confluyentes en la plaza que enfrenta a la muy antigua iglesia de la Inmaculada Concepción, cuya llave guardan los vecinos, a quienes puede pedírseles a toda hora para visitarla. La tranquilidad londinense nos tienta a quedarnos pero todavía tenemos camino por recorrer.

Nuestra siguiente parada es 15 kilómetros más adelante en Belén. El aire seco que circula por las calles nos recuerda que se encuentra en el valle semiárido. Famoso ha sido este lugar por sus tejedores “Belenistas” orgullosos hacedores de ponchos de alpaca, vicuña y llama, manufacturados a mano y con extrema y singularísima prolijidad. Uno de ellos, con grandes lentes y bigotes que apuntan al cielo nos lleva su casa, entre anécdotas, para que podamos apreciar sus productos. “He tejido ponchos a varios presidentes” se jacta con una sonrisa. Una vez adquiridos los correspondientes recuerdos y de abastecernos con nueces confitadas –una verdadera delicia local- para el resto del trayecto, volvemos a la ruta donde perseguimos nuestro destino con calma. Dejamos atrás el árido entorno y nos encontramos con una versión húmeda de Catamarca. El verde indica que nos acercamos a Tucumán.

Con el atardecer llegamos a Tafí del Valle y sabemos que nuestro road trip ha caducado. Atrás maravillosas postales de nuestro territorio y la sensación de que “el camino es la vida” como alguna vez dijo Jack Kerouac.

Fuente: Diario Los Andes, Josefina Cornejo Stewart 

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