Cada vez más viajeros solitarios o bandas de amigos sueñan con recorrer la emblemática ruta que atraviesa 5200 kilómetros desde la Patagonia al norte del país. En auto, todo terreno, de a pie o en bicicleta, todo vale para cumplir el sueño de hacer una travesía por la “columna vertebral de la Argentina”.

El sueño de una travesía rutera atrapa los corazones de viajeros románticos. Es la aventura de subir a un auto y llegar al horizonte. Como en las películas. Como OnThe Road. Como Jack Kerouac con su Ruta 66, que recorre Estados Unidos de oeste a este en unos 3800 kilómetros. En la Argentina se consigue. Y es la criolla 40. Más de 5200 kilómetros de sur a norte (con los GPS, dicen que llega a 5344). Del extremo más austral continental del país, Cabo Vírgenes en Santa Cruz, hasta el límite con Bolivia en La Quiaca, Jujuy. Partes de asfalto, partes de ripio: hay que estar atentos a los tramos de piedras sueltas, que son traicioneros, y consultar bien antes de viajar porque muchas provincias estrenan asfalto.

EXTREMO SUR.

La traza actual arranca cerquita de Río Gallegos, en Cabo Vírgenes, donde termina el mapa continental argentino con grandes acantilados y una playa inhóspita donde también hay una reserva provincial que alberga una colonia de pingüinos de Magallanes. Allí hay un faro de un siglo de historia, con la casa del farero que se puede visitar y alberga un museo, para dibujar la idea de cómo fue y es la vida en este extremo del mundo. Hay tres casonas de los años 40 que pertenecen a la Armada, donde permanece el personal custodio del faro y la Estancia Monte Dinero de la familia Fenton.

En el sur, la inmensidad es infinita. Y el camino se confunde con los campos. Ovejas y guanacos se suceden y huyen del auto cuando pasa. El oeste santacruceño guarda historias de carbón mineral, de miel y de pioneros que entraron desde Chile con su ganado y se instalaron cuando aún era Territorio Nacional. Un bosque encantado con tallas de escultores de todo el mundo aguarda en la entrada de 28 de Noviembre. Antes y después, hoteles de los años 40 muestran los recuerdos de épocas de oro. Y de la pesca, con truchas enormes que cuelgan en las fotos. Puente Blanco solía albergar a la gente que trabajaba en el asfalto. Pero en los años 60 fue el sitio donde políticos chilenos se dieron cita para darle forma a la Concertación que apoyó a un joven diputado de aquel momento: Salvador Allende. El recuerdo pertenece a Edmundo Fratalocchi, quien tenía diez años cuando vivía allí junto a su madre y contó unos años atrás sus vivencias de aquel momento. De los vehículos elegantes, de la gente con sombrero y del flan que hizo su madre con huevos de choique, la especie un poco más bajita que el ñandú que habita en las pampas. Las estancias en esta Patagonia son tan enormes que poseen puentes de cien metros que cruzan el río Gallegos, y trochas angostas por donde va el tren comercial más austral del mundo, que surgió para transportar el carbón mineral de Río Turbio, lugar hacia donde se dirige la traza rutera antes de orientarse al norte del país. Siempre pegada a la Cordillera de los Andes, que no abandonará jamás hasta La Quiaca, en Jujuy. Los pocos carteles anuncian los parajes y estancias conocidas en el libro de Osvaldo Bayer, La Patagonia Rebelde, que narra la trama que terminó con el fusilamiento de un millar de peones en el verano de 1920 a 1921. Hasta existe una cabalgata que sigue los pasos del líder anarquista, el Gallego Soto, cuando salvó su vida cruzando a Chile. Y ahora, orgullo entre los pobladores con la Ruta de los Huelguistas. De Cara a la Livertá.

Una de las estancias por donde pasa la ruta también posee el cráter de un volcán. Es Las Buitreras, de la familia Montes. Fue convertida en lodge de pesca para extranjeros, aunque siguen con la cría de ovejas y mantienen el galpón de esquila original.

La vida en estos rincones no se olvida. Silvia Rego, profesora de portugués en la Universidad Nacional de La Plata, escucha “Río Turbio” y “28 de Noviembre” y se emociona. Allí se crió. Pide un instante, se recupera con un suspiro y abre la billetera de donde extrae una credencial que muestra la foto de su padre que cuando trabajaba allí mismo, en Yacimientos Carboníferos Fiscales (YCF), Mina de Río Turbio, Legajo 49. Lleva su terruño junto a ella toda la vida.

La ruta une casi la mitad del país. Casi la historia de América, y de la Argentina. Porque accede a una veintena de reservas y Parques Nacionales, de los cuales seis son Patrimonio de la Humanidad. En algunos se relata la evolución de la Tierra, como en los hielos continentales, de cual todos conocen el Perito Moreno en El Calafate: pero en el Parque Nacional Los Glaciares son cientos los que quedan por descubrir, con 50 circuitos de trekking para conocer sus secretos desde El Chaltén.

HISTORIA Y PREHISTORIA.

En Cuyo es la cuenca Ischigualasto y Talampaya, donde los estratos están a la vista: cada era geológica se muestra como en una pizarra. Las geoformas y paredones de arenisca revelan en sus colores los distintos estratos que se corresponden con la evolución. “En cada rincón es un pizarrón –dicen los guías- como si se abriera un paquete de galletitas y, al volcarse, cada una que se desparrama fuera una era”. Huellas, petroglifos y formas talladas por el viento forman la cuna de los dinosaurios.

Fuera de la prehistoria y en los tiempos actuales, aquellos románticos que ya tienen el mapa en mano para diseñar su travesía deben conocer las novedades en torno a la ruta. Entre Bariloche y Neuquén, el Corredor de la Ruta 40 suma desde el año pasado al Camino de Los Siete Lagos, que brinda en su recorrido un alto en una de las villas de montaña más preciosas de la Patagonia: Villa La Angostura. Famosa por sus restaurantes gourmet, su paisaje junto al lago Nahuel Huapi, sus bosques y arquitectura, la aldea turística es la antesala de un viaje de ensueño hasta San Martín de Los Andes, que según la estación del año cambia la paleta de colores que atesorará su alma.

Para quienes buscan lugares nuevos, unir ChosMalal (en el norte de Neuquén) con el sur mendocino (entre Malargüe, San Rafael y San Carlos, en el Valle de Uco) implica descubrir una costanera flamante en la antigua capital neuquina, la parquización de toda la costa y la bodega Desde La Torre a pleno, además de emprendimientos hoteleros boutique, como el Terra Malal, que hasta resguarda tipografía creada por un inglés que desarrolló su diseño inspirado por los paisajes de la región. Desde aquí hasta Mendoza también cuentan los pequeños pueblos del norte neuquino que en este mes exhibirán la veranada, el movimiento del ganado chico que los puesteros trasladan durante largas distancias para llegar a laderas con pasturas más tiernas.

Los cuyanos también estrenaron asfalto bien al sur, en la Cuesta del Chihuido, Mendoza, además de un sinfín de curvas y contracurvas que dibujan una cinta plateada cuando el sol del mediodía pega de lleno sobre la ruta que serpentea asfaltada hacia el infinito. En medio del paisaje está el complejo de turismo aventura Turcara, casi llegando a Bardas Blancas y a 35 kilómetros de Malargüe. Allí hay camping, duchas, parrillas y un deck con vista privilegiada. Además de tirolesa y rappel, los guías saben contar, con un recorrido entre cañadones, cómo fue la historia de la tierra con restos paleontológicos que forman el suelo.

Si de estrenos hablamos, es La Rioja con su Cuesta de Miranda asfaltada, y Catamarca, entre San José, Puerta de San José, San Fernando, El Eje y Hualfin, el tramo que también estrena asfalto. Para muchos le quita romanticismo, pero para quienes viven junto a la ruta agiliza todo el movimiento diario.

Historias de todo tipo se unen a lo largo de la 40. Los tehuelches, mapuches, rankülches, huarpes, diaguitas, coyas y atacamas. Los pioneros alemanes, ingleses, españoles y tantos otros. Desde las ovejas a las cabras y a la esquila del guanaco. Los caminos del vino y del olivo que se extienden en todas las provincias de esta ruta y más también. Las llamas y las vicuñas, a medida que se asciende y se llega hasta los 4850 msnm, en el abra del Acay, Salta.

CON RUMBO NORTE.

Es la diversidad lo que distingue a esta Ruta y a la Argentina, más que nunca. Y es lo que sellará el alma durante una travesía por la 40. Está ahí, al alcance de la mano como también sus perlas. El primer pueblo que se pisa en Catamarca es Londres. Es a lo largo, tan sólo dos cuadras de ancho. Hay una curva donde si se estira el brazo desde la ventanilla del auto casi se puede asir el picaporte de la puerta de una casa. Así de angosta. Y cerca de la primera plaza Selva Díaz, una telera premiada por sus ponchos, tejió este invierno bajo una enramada un poncho blanco para el papa Francisco. Junto con sus hijos y sobrinos crean mantas o ponchos tradicionales de una pieza, con lana teñida con raíces y vegetales.

Tierra de contradicciones, viajar por la 40 es, tal vez, entender un poco más al país. También se pasa por el Shinkal; por Intihuatana y por la Ciudad Sagrada de los Quilmes, en Tucumán. Entre muchos, es el arqueólogo Fernando Morales el que estudia cada día más detalles de los incas y de las culturas andinas y vallistas: tanto que en la ciudad catamarqueña de Santa María, cada 21 de junio -además de la celebración al Sol con el Inti Raymi- se realiza una representación con más de 200 chicos de todos los pueblos donde se escenifica ese último rito solar antes de la llegada de los españoles. La nueva generación de los tucumanos amaichas también cuentan su propia historia. Sebastián Pastrana retomó de grande lo que hacía cuando era chiquitito y, a los ocho años, guiaba a turistas con su burrito. Ahora lo hace en 4×4 y revela casi todos sus secretos. Incluso el del desierto de Tiu Punco, entrada al arenal. Amaicha fue el único pueblo reconocido como tal en 1716.

Cuando el río Santa María anuncia los valles Calchaquíes, ya casi termina Catamarca y un poquito, unos 55 kilómetros de suelo tucumano hasta llegar a Salta, es un sinfín de pueblos por donde el río serpentea entre las montañas y la ruta. Cafayate, San Carlos, Molinos, Cachi, Payogasta. Uno más lindo que el otro. Viñedos y bodegas de altura. Unas 50 familias se unieron en la propuesta de Red de Turismo Campesino y los pimientos al sol tiñen de rojo el suelo y las montañas. El camino del vino de altura se parece a un dibujo animado con el horizonte pleno de montañas. Las antiguas casonas coloniales, de adobe, con arcos y ventanas hasta el suelo, se mantienen perfectas y las esquinas en ochava asoman hacia las plazas. Cada una es una postal. Algarrobo, cardón y muros blancos. El cactus más grande de América del Sur es como un vigía en esta ruta de tierra y ripio donde no importan las distancias sino el tiempo de luz que queda para llegar. Cien kilómetros pueden durar una hora o cinco. Por eso, la traza de la 40 en Jujuy -que recorre el taco de la botita que dibuja el mapa- exige cuidado. El camino a esta altura es una huella, va dentro del cauce de algún río que es un hilo de agua finito corriendo entre las piedras en invierno y en verano. Arrasa con todo, pero la travesía es posible sin claudicar en el intento.

El norte argentino es otra dimensión. Los pueblos son pequeños caseríos con historias antiquísimas. Coyas y atacamas se mantienen en su sitio. Con sonidos de sikus, cambia el paisaje, cambian los rostros y hasta el cielo parece distinto. A 3800 metros de altura, nada de hacerse los vivos. En Coyaguaima, cada mayo se festeja el Aniversario de la Escuela junto con el 25 de Mayo. Hay fogata, música y chicha. Dura desde la noche hasta el otro día, con campeonato de fútbol de equipos de chicos y chicas. Oración a la Bandera y el Himno. Los padres fundadores trabajaron en familia en 1974 para elaborar con sus manos ladrillos de adobe. Y después, con esos materiales, entre todos construyeron las aulas. Hay que llegar hasta La Quiaca con piquete de llamas, gordas y en manada sobre la ruta que apenas se distingue de la tierra, del campo, de las matas. Pero se llega y a un paso de Bolivia, en el límite, La Quiaca anuncia la noche y el cielo se acerca. Es por las estrellas. Son miles. Son tantas y tan brillantes que uno siente que estira la mano y las alcanza. Es casi, casi, donde el alma llega cerca del cielo.

Fuente: Página 12, Sonia Renison

 

 

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