Este destino del sur de la provincia de Mendoza atrae con el dique Los Reyunos, el Cañón del Atuel, las fincas agroturísticas y el Laberinto de Borges, entre muchos atractivos.

 

La mañana se despereza en el sur de Mendoza y todos los brillos del renombrado sol cuyano aterrizan sobre las anchas veredas de Hipólito Yrigoyen. Es el anuncio de una jornada espléndida detectado en la avenida principal, el mejor punto de partida para ir en busca del vistoso collar de imágenes, colores y perfumes naturales extendido en los cuatro costados de San Rafael.

Las hojas amarillentas desprendidas de las alamedas carretean junto a las acequias antes de levantar vuelo, empujadas por un viento leve que baja de la Sierra Pintada y también arroja hacia la ciudad la fragancia a uva madura impregnada en el aire fresco que envuelve los viñedos.

De a poco, las aguas transparentes de los ríos Diamante y Atuel, junto a la tierra fértil que floreció alrededor de este oasis urbano y los insondables misterios guardados entre los pliegues de los Andes, hicieron de San Rafael un destino moldeado a la medida de los espíritus más sensibles.

 

1.Dique Los Reyunos

Hacia el oeste de San Rafael, la ruta 143 toma la posta de la avenida Hipólito Yrigoyen para atravesar las fincas de productos regionales, rodear la Rotonda del Mapa y apuntar hacia los cerros precordilleranos del cordón Sierra Pintada. El camino pavimentado se deshace en una polvorienta senda de ripio, que esquiva con curvas la vegetación baja de aguaribay, jarilla (la más preciada medicina de los pobladores locales), piquillín, coirón y cactus. El suelo reseco pide agua a gritos y un hilo de agua de deshielo es una aparición casi providencial una vez que el camino se cierra entre altas paredes de roca y se oscurece en un túnel de 160 metros de largo que perfora la montaña.

 

Abajo, bien al fondo del precipicio, el semblante del río Diamante no puede presentarse mejor: el manto verde esmeralda del lago planchado que forma el embalse Los Reyunos replica los brillos del sol, que también ilumina a destajo las casitas de alquiler desperdigadas sobre la ladera. 

 

“Trucha al roquefort, a la provenzal o al limón”, propone Jorge Royón como menú ideal para entrar en clima en este lugar de impactante belleza, antes de dejar atrás la comodidad de la combi. Un rato después, la sugerencia del guía es copiada al pie de la letra por Mauro Mella, el chef y enólogo del restaurante del Club de Pesca, de blasones bien ganados por sus platos de pescado, el locro y una insuperable versión de carne a la masa.

Un oportuno té de jarilla termina de templar el cuerpo para encarar debidamente aclimatados un paseo por el lago del embalse. Fabián de Ondarra volantea con movimientos suaves y detiene la lancha cada vez que alguno de los pasajeros se dispone a captar las imágenes de la costa, las cabañas de la villa turística colgadas al borde del lago o el enorme peñasco de roca de la isla de la Cruz. El hombre conoce al dedillo el cauce ensanchado de 18 kilómetros de largo y también sabe de las debilidades del paladar de los visitantes. Rápido de reflejos, ofrece excursiones embarcadas con degustación de vinos.

 

  1. Cañón del Atuel

El cerro El Nevado asoma a la izquierda, en el primer tramo del circuito del Cañón del Atuel, que completa 144 kilómetros ida y vuelta desde San Rafael. En el fondo de la panorámica, alrededor de ese cono perfecto de 3.833 metros de altura, se extiende el gigantesco campo de montañas volcánicas, 900 cráteres y lenguas de lava petrificadas de La Payunia. Aquí, en cambio, la ruta 144 atraviesa una cuesta posada sobre la parte más alta de la Sierra Pintada y baja a una planicie encajonada entre cerros -la Depresión de los Huarpes-.

Un desvío por la ruta 180 conduce hasta el parador con hogar a leña del poblado El Nihuil. La línea recta de un muelle parece señalar la presencia de dos pescadores en bote en el centro exacto del lago de la represa El Nihuil. Llegan tres buses cargados de turistas y aventureros en 4×4 y el comedor se llena de gente ávida por la fama de las más sabrosas tortas fritas en decenas de kilómetros a la redonda. El hogar a leña encendido del salón ayuda a alargar la escala para llenar el bolso de mano con algunos de los productos regionales exhibidos en las estanterías, como uvas al malbec, licores, vino patero, salsa malbec y dulces de frutilla y de higos con castaña.

A partir de esta escala, la traza de ripio de la ruta 173 se acomoda sobre el paredón del dique El Nihuil y empieza a bordear el cañón formado hace 30 millones de años, cuando surgió la Cordillera. A lo largo de 56 kilómetros, el camino atravesará cuatro veces la secuencia paredón-embalse-túnel-central hidroeléctrica, las obras de ingeniería realizadas para aprovechar el cauce vital del río Atuel. Azuzados por Jorge Royón, los pasajeros se mantienen atentos a la aparición de más de 70 geoformas en el paisaje montañoso, el esbozo de una gigantesca obra escultórica inconclusa.

La imaginación empuja lo que la vista detecta a medias y así, inducidos por el guía aunque sin mucha convicción, los viajeros aseguran distinguir “El astronauta”, “Las tortugas”, “Los dos ositos”, “El monje”, “El dinosaurio” y hasta un perfil de Homero Simpson, mientras las paredes de roca de colada volcánica pasan del beige y rojo al gris amarillento.

 

Este espectáculo único para turistas, artistas plásticos y geólogos alcanza su máxima expresión en los estallidos de formas y colores de “Museo de cera” y “La ciudad perdida”, aunque nada de lo visto se compara con la panorámica excelsa que regala “El submarino”, donde el río se ensancha y arranca la seguidilla de cabañas y clubes de Valle Grande, bastión del rafting y todas las actividades de aventura que uno pueda pretender.

 

En el paraje Las Tinajas, camino a San Rafael, Gabriel Bessone descubrió hace dos años una estrecha meseta en medio de los cerros de la Sierra Pintada. En ese sitio desolado, apenas transitado por chivos y pastores curtidos ante las exigencias climáticas, creyó encontrar el mejor lugar para establecer la base del Parque de la Aventura, con sus impactantes puentes colgantes.

No es fácil seguir el paso veloz de Bessone -un experimentado guía de actividades de alta montaña- por los senderos de trekking que bordean un cerro, superan pasadizos y cruzan un cañadón muy angosto para llegar a un mirador con alcance hasta la costa del Atuel, la zona de cultivos de Rama Caída y el cerro Carrizalito, de 1.350 metros de altura. Mucho menos es posible imitar al especialista cuando supera como un lince los veinte desafíos áereos, sostenido por un cable de acero, arneses y dos mosquetones. Lo seguimos como entusiastas aspirantes a deportistas extremos, pero el desafío nos impide disfrutar del anarnajado intenso del atardecer pintado detrás de las montañas.

 

Otros imperdibles

Parque de los Niños. En el centro de San Rafael y a metros de la avenida Yrigoyen -eje de la actividad comercial y gastronómica de la ciudad-, la gruesa arboleda del parque Yrigoyen y la plaza Francia enmarcan el Parque de los Niños, un espacio que combina recreación con áreas didácticas, como una pista vial, un anfiteatro donde se exhiben obras de títeres, más de 60 juegos con piso de goma (columpios, ta-te-tí, las casitas, castillos y torres de madera de La Aldea, subeybajas, toboganes, trepadoras, palestras, puentes, cubos y hamacas, entre otros) y sectores para chicos con capacidades motrices diferentes.

 

Museo del Olivo. Creado en las instalaciones de Yancanelo, la aceitera más antigua de San Rafael y la más grande de la provincia de Mendoza, exhibe elementos utilizados desde 1943 en los procesos de cosecha, molienda, prensado, almacenamiento y fraccionamiento del aceite y revela algunos secretos del aceite de oliva extra virgen de la casa, de fama mundial.

 

La Abeja. La bodega más antigua de San Rafael, inaugurada en 1883 por el inmigrante francés Rodolfo Iselín, se puede visitar cada media hora de lunes a sábados de 9 a 17. En los recorridos gratuitos de cuatro pasos, el guía, alguno de los dueños o un enólogo, explica el proceso de elaboración del vino que se realizaba con las maquinarias originales de fines del siglo XIX, cuenta la historia del pionero, exhibe el método de fabricación de espumante con el método ancestral e invita a los visitantes a apreciar el viñedo de malbec y cabernet sauvignon, antes de invitar a una degustación de vinos.

 

Dunas del Nihuil. A 80 km de San Rafael, camino al Cañón del Atuel y el dique El Nihuil, un desierto de arena volcánica de 30 mil ha ofrece un escenario a la medida de una excursión con guía en vehículo 4×4, motocross o cuatriciclo, en medio del impactante paisaje de los picos de La Payunia. Años atrás, el lugar fue elegido para diagramar etapas del Rally Dakar y el Desafío Ruta 40.

 

Circuito El Sosneado. Una excitante aventura por caminos de montaña que se inicia en la ruta 144, cruza la Cuesta de los Terneros y llega a la mina de sal a cielo abierto Salinas del Diamante. Antes de seguir la travesía hasta el paraje El Sosneado (base de salidas de trekking, cabalgatas, mountain bike y escalada), se puede visitar el Museo de la Sal. Desde el poblado, la traza de ripio de la ruta 220 recorre 60 km a la par del río Atuel para alcanzar la laguna El Sosneado (recomendada para pescar y observar aves) y, muy cerca de la fontera con Chile, la vista de los glaciares eternos del volcán Overo y las piletas de agua termal al aire libre que se conservan en medio de las ruinas del Hotel Termal.

 

Villa 25 de Mayo. Este poblado de alamedas y casas centenarias se levanta en el lugar donde en 1805 fue instalado el fuerte San Rafael del Diamante, a 25 km al oeste de la ciudad. Atraen la plaza principal, un museo histórico y la capilla Nuestra Señora del Carmen.

 

Fuente: Clarín, por Cristian Sirouyan

Artículos Relacionados