El turismo aventura en un marco imponente encabeza la oferta de las actividades en el sur mendocino. Es que San Rafael hace de sus bellezas paisajísitcas el entorno ideal para disfrutar de sus montañas, embalses y ríos.

Tiempo atrás, una prestigiosa revista de viajes estadounidense comentó que San Rafael, por sus bellezas naturales, sus viñas, sus estancias y sus áreas rurales podría ser, sin problemas,” una pequeña California”. Y realmente no se trata de una exageración periodística.

 

El Cañón del Atuel, el Embalse Valle Grande, Los Reyunos, las bodegas y establecimientos campestres como Los Álamos dan cuenta de ello. 

 

Si bien la ciudad de San Rafael puede ser una buena base, sin duda lo más atractivo es recorrer sus alrededores, repletos de bellezas naturales únicas. Uno de los íconos turísticos de esta comarca es el Cañón del Atuel, un corredor que se formó con el correr del tiempo por la erosión del río homónimo en un bloque de tierra elevado por movimientos andinos en la era Paleozoica. Esas fuerzas surcaron durante aproximadamente 60 millones de años la gran meseta hasta moldear esta inmensa galería que hoy se extiende ante la mirada asombrada de visitantes de cada vez más partes del mundo.

 

Desde hace años, luego de la construcción de los tres diques del sistema El Nihuil, el río surca esta galería natural de mil formas y colores generando un entorno único. Puede recorrerse en 4×4, a caballo, practicando mountain bike, en cuatriciclo e incluso a pie durante ciertos tramos.

 

Es que esta formación nace en el embalse El Nihuil, exactamente en la llamada Garganta del Diablo, y desde allí se abre paso en forma sinuosa a lo largo de 70 kilómetros hasta el Rincón del Atuel, donde penetra en el llano. Antes, atraviesa otro clásico del sureño departamento mendocino: las costas del Dique Valle Grande.

Este espejo de agua de 500 hectáreas de superficie, contenido en uno de sus extremos por un imponente paredón de 115 metros que regula el regadío y genera energía, es quizá el más visitado de los atractivos sanrafaelinos tanto por locales como por turistas.

 

Y como para darle un toque de color a la cosa, en el centro de este lago artificial nace una isla de arena, con cerros color café y una única construcción: una cabaña de madera que desde hace unos años se alquila a los visitantes. 

 

En Valle Grande las actividades náuticas son las protagonistas: windsurf, canotaje, kayak o motonáutica. Haciendo fuerza con los remos, a escasos 20 minutos del Club de Pescadores se puede visitar Cochicó, que ostenta en sus paredes amarronadas el cristal de roca reluciente, rodeado de pequeñas cascadas y saltos.

 

Allí es irresistible una caminata sorteando los escollos de las piedras y las jarillas con su aroma único, entre pedazos de ágata y el susurro del agua golpeando contra los peñascos. 

 

También se puede llegar en canoa a las formaciones de piedra llamadas “El submarino“, formada por tres pequeños islotes que se descubren o no, según la altura del agua, y “El cocodrilo”, eternamente inmóvil en la cima de una montaña color ocre.

Pero esta maravilla natural continúa más allá del embalse. El camino comienza a

deshacerse cuesta abajo y el dique transforma al lago en un río que corre entre las montañas. A unos pocos kilómetros, junto al Atuel, se acomoda el Hotel Valle Grande, un ícono en de la zona desde hace décadas.

Enfrente, en el Parque Cultural Indígena Hunuc Huar (su significado es “gran espíritu creador”), un local ofrece réplicas de vasijas huarpes con arcilla extraída de las entrañas del Cañón del Atuel.

Toda esta zona que se extiende desde el embalse hasta el famoso Parador Rayuela (ubicado a unos 15 kilómetros en dirección a San Rafael) se conoce usualmente como el Rincón del Atuel. Dado el paulatino aumento del turismo, en este trayecto recorrido por la ruta 173, se levantaron cabañas e incluso algún hotel de no muchas habitaciones. Uno de ellos es el Nitra II (32 cuartos), desde donde parten los gomones del rafting y los kayaks que se deslizan entre los cerros sobre la espuma del caudaloso Atuel. El recorrido comienza en el llamado Lago Chico y finaliza, por lo menos para los no expertos, 15 kilómetros más abajo, muy cerca del Rincón del Valle.

Fuera del agua el secreto es recorrer y lo recomendable, por supuesto, son las cabalgatas. Con ayuda de un guía, incluso se puede alcanzar una vertiente de agua mineral ubicada en las cercanías de un cerro de ágata, donde el sonido de la corriente golpeando contra los riscos es una invitación para que se refresquen tanto jinetes como caballos.

 

Muy cerca de allí, una furtiva recorrida por la mística Cueva del Indio se propone inolvidable entre el silencio sepulcral de sus galerías y la certeza de que, 3000 años atrás, moraban en este lugar indígenas huarpes.

 

Otras actividades comunes en el Cañón son las escaladas y el rappel. La primera consiste en subir una pared de roca valiéndose de un equipo técnico y de guías que ayudarán en los primeros movimientos. El rappel es la forma de bajar, dejando deslizar el cuerpo por una cuerda y controlando la velocidad de descenso por medio de la fricción ejercida sobre la misma.

Por último, los amantes de la adrenalina tienen su posibilidad en el parapente, un planeador ultra liviano flexible, que utiliza la pendiente de una montaña para poder despegar y que, gracias a ciertas condiciones meteorológicas, se desliza por el aire. El sitio elegido para esta práctica es el Cerro Victoria.

 

Fuente: El Cronista

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