Sierra Pintada, a poco kilómetros de la ciudad de San Rafael, es una Reserva Natural implementada para salvaguardar un paisaje de singular belleza con sus elementos geológicos, florísticos y faunísticos propios de la región. En este relato las vivencias de una visitante que la recorrió en un safari fotográfico.

La ruta parece acabarse, rindiéndose ante la imponente vista de los cerros de Sierra Pintada, a unos 20 kilómetros de San Rafael, Mendoza. Como con pinceles, en ese punto, los caminos están enmarcados por colores rosados, tostados, grises, verdosos… El sol los transforma cuando cae de pleno sobre sus paisajes y abre una nueva ruta: la de una reserva ecológica donde más de seiscientos animales, desprevenidos ante la visita humana, disfrutan de su libertad a lo largo de 14 mil hectáreas.

El terreno, aparentemente llano, se combina con formaciones sólidas, uniéndose como rectas perpendiculares en perfectos 90 grados.

Y pasada la tranquera del Parque Sierra comienzan a despertarse los sentidos del espectador humano.

Sopla el aire puro y los ojos no alcanzan a seguir la velocidad de los descubrimientos. La cámara de fotos está lista para cualquier aparición: ciervos, cabras salvajes, búfalos, guanacos… Conjeturas ansiosas van y vienen en el inicio de una tarde de aventura que tiene mucho de safari fotográfico, pero también de acercamiento natural con la fauna y la flora más tradicionales del país.

Con la intención de preservar, en el parque se construyó una madriguera virtual: una extensión de tierra para la libertad absoluta de los animales que pasan por dos estadios diferentes una vez ingresados en el parque. Cuando recién llegan, habitan en un campo cerrado por alambrados de 700 hectáreas, donde realizan su adaptación con la tutela de expertos. Una vez cumplida la misión inicial, corretean a sus anchas en el campo abierto.

 

A todo motor

Entonces, recorrer el parque a bordo de un jeep (o cabalgando o en mountain bike) es una emoción que incluye el vértigo de las rocas -trepando caminos aún inexplorados- y, por ejemplo, la simplísima belleza de un arroyo de mínima dimensión. Si se sigue el rumbo de su curso cuesta arriba, la contemplación se vuelve una virtud premiada: puede verse una cascada de deshielo caer lenta y sigilosa entre sierras de colores, pintadas, como su nombre lo indica.

Algunos choiques -especie autóctona de porte similar al avestruz- corretea y huye de las visitas inoportunas. Metros más adelante se abre un claro entre cactos, jarillas y espinillos, para inaugurar un escenario natural (al que los lugareños llaman El Mirador) de ciervos colorados y axi con manchas tostadas, con sus crías, además de guanacos con las orejas tiradas hacia atrás que se asoman, curiosos, por las ventanillas de los vehículos.

La esperanza de encontrar búfalos de la India, se hace más remotas por la época: todas las hembras han parido en las últimas semanas y están refugiadas lejos del bullicio.

Una liebre mara indica el camino saltando rocas en la montaña como si fueran peldaños y guía la mirada de los visitantes hacia arriba. Allí vuelan un águila café y un halcón peregrino que halla su nido en un hueco vertical de la piedra justo al lado del improvisado santuario de la Virgen de Mansilla, dibujada para los ojos de los creyentes sobre la montaña.

El halcón peregrino huye ante la imponente llegada de uno de su especie, pero de clase real. Como en una leyenda, el último en llegar parece custodiar el lugar denominado Rincón Bonito. Verdaderamente bonito: pintado de colores rosados y grises por su formación geológica y hundido por el paso de las vertientes de deshielo que mojan los pies al recorrer el parque.

Los visitantes son guiados por un experto en terrenos áridos y también en especies vegetales y animales, para dar una especie de clase informativa que complete la observación.

Beber un sorbo de agua fresca trepado entre las piedras o recorrer palmo a palmo las regiones delimitadas por las rocas de 270 mil años de antigüedad convierten al paseo en un sinfín de sensaciones. También, uno puede toparse con un leve movimiento debajo de un espinillo, acercarse y comprobar que allí abajo hay un pequeño cabrito que acaba de nacer, junto a su madre, intentando pararse. O donde todo parece desolación, sorprenderse con tres crías de jabalí correteando libremente, custodiadas por la mirada atenta de su gigantesca madre.

Nada se toca, todo se mira. Las piedras deben quedar donde están y ya hay 60 kilómetros de alambrado cerrando el paso detrás de los cerros para impedir el ingreso de cazadores. Montañas coloridas, cascadas de agua helada y cristalina, y el aire puro de San Rafael son los ingredientes esenciales de un recorrido cargado de emociones y sorpresas.

Cómo llegar. La reserva está a 10 minutos en auto (18 kilómetros) de San Rafael. Se accede a través de la ruta 144 rumbo al Sur, donde comienza el circuito de Alta Montaña, en el borde de Sierra Pintada.

Sugerencia. Se recomienda llevar calzado cómodo, máquina de fotos, sombrero, ropa liviana en verano y abrigada en invierno, largavistas y agua.

Actividades. En el parque se pueden realizar safaris fotográficos y avistamiento de especies exóticas, trekking, paseos en 4×4, mountain bike, cabalgatas. Hay guías especializados y guardaparques.

Si vos también querés vivir esta experiencia entre paisajes asombrosos y avistaje de fauna, solo nos tenés que contactar.

Fuente: La Nación, Soledad Aguado 

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