El museo del vino y las Casas Giol y Gargantini son verdaderas joyas patrimoniales que no todos conocen y merecen una visita.

En Maipú se esconden algunos verdaderos tesoros patrimoniales como la Bodega Giol y las dos casas que pertenecieron a Juan Giol y Gerónimo Bautista Gargantini, esta última declarada Museo Nacional del Vino y la Vendimia. 

 

Sobre el carril Ozamis, tanto la antigua Bodega Giol como las dos casonas de los fundadores de Giol, llaman la atención por su belleza arquitectónica, sus jardines y estilo. Es uno de los principales atractivos que tiene Maipú pero que no todos los mendocinos conocen.

 

En 1896 los italianos Juan Giol y Gerónimo Bautista Gargantini fundaron la bodega La Colina de Oro (luego Giol) y poco tiempo después –allá por 1910– cada uno construyó dentro del predio su residencia. Ambos socios estaban casados con las hermanas Bondino, por eso no tuvieron inconvenientes en construir sus casas en el mismo terreno. Cada una de las mansiones fue diseñada por el arquitecto Emmanuele Mignani y desde la calle se aprecia su estilo señorial e impactante.

 

La casa de Gargantini, donde hoy funciona el Museo Nacional del Vino y la Vendimia, es una importante residencia de dos plantas, de estilo francés y detalles de lujo. Como muchas casas señoriales de la época, sus materiales se importaron de Europa. El interior se caracteriza por sus salones y su amplio espacio central que vincula cada ambiente. El histórico chalet conserva gran parte de su diseño original y su historia, como las figuras que sirven de soporte de los balcones, sus cristales grabados con las iniciales de la firma, los pisos de madera, las carpinterías, las columnas de hierro forjado, mobiliarios, arañas e iluminación. Es sin duda un lugar para visitar: las casas son el principal atractivo, más allá de algunos elementos interesantes que puedan presentarse en el Museo.

 

La bodega más grande del mundo

Como parte del recorrido sugerimos entrar a la antigua Bodega Giol que conserva la chimenea de ladrillo, la alcoholera y la tonelería (donde hoy trabajan toneleros que reparan barricas de roble). En otro salón se hace la degustación de vinos incluida en la visita al museo y se pueden adquirir algunos souvenirs y varietales.

En 1910, para los festejos del Centenario de la Argentina, alcanzaron su apogeo: la bodega era considerada la más grande del mundo y la historia de sus hacedores, dos humildes inmigrantes que llegaron para “hacerse la América”, era famosa. Empleaban a 3500 personas y producían 43 millones de litros de vino Toro por año, lo que los convirtió en la bodega más grande del mundo. De aquellas primeras tres cubas de 1890 saltaron a tener en 1911 8 sótanos, 1000 cubas y toneles de roble y más de 400 operarios.

Basta con mirar la planta así como está, quieta, en calma, para darnos cuenta de la magnitud de este gigante de la vitivinicultura que durante años tuvo sucursales y centros de distribución a lo largo de todo el país, incluso en Buenos Aires, en el mismísimo barrio de Palermo.

 

Fuente: InMendoza, La Nación

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