Vistando al centinela de América por el día.

Andábamos tras la búsqueda de alguna excursión potente, físicamente desafiante y con paisajes impresionantes. Algo que remeciera nuestros sentidos, que bombeara adrenalina, que permaneciera en nuestra memoria, pero con bajo presupuesto. Revisando opciones relativamente cerca de Santiago, decidimos mirar hacia lo más alto: visitar la montaña más insigne de América… en una sola jornada.

Los 6.962 msnm. del Monte Aconcagua quedan íntegramente en suelo argentino, aunque muchos crean que Chile comparta una de sus laderas. Por eso, el acceso privilegiado es el que se alcanza siguiendo la Autopista Los Libertadores que une la ciudad de Los Andes con Mendoza, Argentina. Justo hace 200 años, la unión de los ejércitos argentino y chileno, al mando de José de San Martín y Bernardo O´Higgins, realizó esa misma penosa travesía, soportando la hipoxia, vientos helados y rocas escarpadas. En ese entonces, los soldados recubrían sus cuerpos apenas con telas y lanas — hoy, los senderistas y montañistas desfilan sus capas impermeables y cortavientos. Pero eso no salva ante las inclemencias del tiempo.

Por eso, teniendo presente la geografía y el clima de la Cordillera de Los Andes, el día que decidimos recorrer esa ruta del modo más económico posible (sin gastar en alojamiento ni en permisos de estadía dentro del Parque Provincial de Mendoza), fuimos también bien provisionados: equipo de alta montaña, es decir, bototos resistentes, guantes, lentes, gorros, bandanas, parkas de pluma y cortavientos, varias capas de vestimenta e incluso un pequeño botiquín de primeros auxilios, además de los líquidos y las viandas correspondientes.

 

Nuestro objetivo: acercarnos lo más posible al gran coloso de piedra y hielo, ese mismo que fue considerado un apu por los incas, es decir, un sitio sagrado, una divinidad viviente, un santuario natural donde dejar ofrendas de todo tipo, incluido un niño de 7 u 8 años. Por eso, al realizar una excursión como ésta, no sólo se trata de trekking, sino también de historia y religión, cultura e identidad de los pueblos. 

 

El Aconcagua fue ascendido por primera vez en 1897 en una expedición británica liderada por Briton Edward Fritzgerald. Sin embargo, a pesar de las reiteradas conquistas que se han seguido desde entonces, aún hoy sigue lanzando sus advertencias: este hito de la naturaleza nos recuerda, cada año, que merece y exige respeto, cobrando víctimas que aún pueden encontrarse allí, en eterno reposo.

 

Aproximación

Partiendo desde Santiago, es necesario manejar unas 2 horas en auto particular hasta alcanzar el Túnel del Cristo Redentor que marca la frontera entre Chile y Argentina. Pocos kilómetros después se encuentra el Parque Provincial Aconcagua, debidamente señalizado. Es decir: es posible llegar a poner un pie en esta reserva argentina sin tener que hacer ningún tipo de trámite aduanero. Tan sólo es necesario presentar el seguro de autos que exigen todos los países pertenecientes al Mercosur, el cual se puede contratar por internet unos días antes.

Para pagar la entrada al Parque, es necesario contar con pesos argentinos. Las tarifas no son nada de baratas. Si se tiene la intención de ir por más de un día, es necesario gestionar un permiso a través del sitio web www.aconcagua.mendoza.ar. Por eso, practicar trekking y montañismo en el Aconcagua no es sólo un tema de preparación y buen estado físico; también hay que tener el presupuesto suficiente, lo que no era nuestro caso. En consecuencia, buscamos sólo un pase por el día, uno que nos permitiera alcanzar el Campamento Confluencia, a 3.400 msnm y así, satisfacer el deseo personal de ver, cara a cara, al mítico Centinela de Piedra. El día de la excursión nos juntamos a las 6:30 am en un punto específico de Santiago. Pocos minutos después ya estábamos en ruta; tras el túnel en suelo argentino mostramos nuestro seguro obligatorio y al estacionar junto a la casa del guardaparques, divisamos al Monte Aconcagua al fondo del valle. El trekking propiamente tal partió poco después, al dejar previamente el auto en un lugar habilitado para ello, a 2.950 msnm.

 

El Campamento Confluencia

A medida que íbamos avanzando en dirección a la montaña blanca que relucía al fondo, rodeados por otros cerros un poco más pequeños, no dejaba de pensar en todas las grandes personas que habían pasado por allí. Seguíamos —pensaba yo— los pasos del infatigable Rheinhold Messner y sus barbas frondosas, por ejemplo; o imaginaba cuán rápidos y hábiles habrían de ser los que baten récords en la montaña y que habían tenido que aproximarse por el mismo sendero abierto ante nuestros pies (me refiero al catalán Kilian Jornet, quien subió y bajó corriendo en menos de 13 horas; poco después, el suizo-ecuatoriano Karl Egloff lo logró en menos de 12 horas). Son historias que inspiran, que hacen soñar e hilvanar posibilidades y elucubraciones en torno a las propias capacidades. Para quien no esté familiarizado, la altura y sus efectos se sienten a lo largo de todo el trayecto. A veces, la fatiga obliga a detenerse por una bocanada de aire. Con esto, el corazón late más fuerte y su palpitar se siente en las sienes. El aire seco se adentra en la garganta y causa sensaciones extrañas en la boca. Es la dosis perfecta para sentirse en la alta montaña, haciendo algo como los grandes que se dedican a este oficio, aun cuando sea en una cuota mínima.

 

El camino serpentea por el valle cruzando ríos, rocas y manchones de nieve. Incluso se atraviesa un puente colgante sobre el río Horcones. El paisaje se muestra sobrecogedor en todo momento. No sólo hay pequeñas aves silvestres en los humedales que se pueden encontrar al principio del trayecto, sino también cóndores y pequeños mamíferos, principalmente zorros y roedores. 

 

Según la infografía del guardaparque, también podría tocarle la suerte de avistar un puma. Sin embargo, es más probable que una atolondrada tropa de mulas lo atropellen por la espalda. Esta es zona de arrieros. Ellos mandan aquí. Campamento Confluencia queda a unos 7 km, es decir, a unas 2 horas de marcha. Se trata de un lugar bien provisionado, rico en carpas de todos los colores y abundante en gente, entre dos ríos que “confluyen” (he ahí el motivo del nombre). Con mi grupo subimos una pequeña colina que queda a un costado, por detrás de los baños higiénicos, para allí almorzar nuestro pic-nic. Si bien ya no se ve el Monte Aconcagua desde este punto, porque ha quedado detrás de otras formaciones más próximas, se puede obtener una vista espectacular del Cerro Almacenes: un gigante de roca con los estratos marcados que se alza por sobre los 5.100 msnm. Eso sí, en Confluencia el sol es implacable, por lo que conviene reforzar el bloqueador solar.

Tras llegar a nuestro destino y distendernos un rato, emprendimos la marcha de vuelta. Dos integrantes de nuestro grupo decidieron correr en modo ligero por el sendero (al estilo trail running) hasta el estacionamiento. ¡Correr a más de 3.000m de altura! Llegaron en poco tiempo. Eso sí, luego tuvieron que esperar con paciencia a quienes cargábamos las mochilas y las aparatosas cámaras reflex. Al regreso, sólo tuvimos que parar brevemente en la aduana chilena, sin tener que hacer las largas colas para los trámites. Bastó que le mostráramos nuestros tickets de ingreso al Parque a un funcionario de la PDI para que nos dejara continuar. Un corto trecho más adelante nos detuvimos nuevamente para contemplar la Laguna del Inca junto al lujoso Hotel Portillo, teñida ahora por los colores de la tarde. Continuando con el viaje de regreso, en poco más de dos horas ya estábamos cada uno en su casa, antes de que oscureciera.

 

Con esta aventura, mostramos que sí es posible, en tan sólo una jornada y del modo más económico posible, tener una pincelada de experiencias diversas: el sobrecogimiento que produce la gran cordillera y la vista espectacular del macizo más concurrido de América; la admiración que causan los incas y los otros grandes pioneros de la exploración; la amalgama entre historia, cultura y geografía; el avistamiento de flora y fauna local; la sensación extraña de los efectos de la altura y el esfuerzo físico, por recorrer 14 km a paso firme, acumulando poco más de 400m de desnivel; y, por último, el rato de compañerismo y amistad, lo que, en medio de parajes salvajes, cobra una intensidad especial. 

 

Fuente: Weekend Heroes

Artículos Relacionados