A 30 kilómetros de la ciudad, practicamos escalada, rapel, tirolesa y trekking en una reserva ubicada al pie de la cordillera. Un sitio ideal para vivir la aventura a cada instante.

La camioneta 4 x 4 que nos transporta forma parte del preámbulo de la aventura que estamos a punto de vivir. Nos dirigimos por la ruta 40 con dirección Sur a una escondida reserva en medio de la cordillera de los Andes llamada Manqui Malal –“bardas del cóndor” en lengua pehuenche–, donde nos aguardan para realizar un auténtico circuito de turismo aventura.

Tras recorrer 30 kilómetros, llegamos al paraje que se halla a un lado de la Cuesta del Chihuido. El predio de 25 hectáreas de extensión se encuentra rodeado por más de 500 metros de bardas (paredes) ideales para la práctica de escalada y rapel. A lo lejos sentimos el sonido de una cascada que, incansable, cae abruptamente sobre el piso.

Hechas las presentaciones del caso, emprendemos nuestro paso por un sendero que invita al trekking. Nuestro guía  en seguida se encarga de señalar los accidentes del terreno que develan las edades de la tierra. Nos explica que esta zona hace millones de años se encontraba bajo el mar.

Fiel testimonio de ello es la increíble cantidad de fósiles que se presentan ante nuestro paso. Entre ellos, caracoles, ostras, amonites y restos de criaturas multiformes que pertenecieron al período Jurásico Mesozoico. ¡Toda una caminata paleontológica con cada paso que efectuamos! 

La charla amena y curiosa hace que el tiempo pase volando mientras caminamos por el sendero interpretativo. Pronto quedamos paralizados frente a una estrepitosa cascada de 30 metros de altura. Su frescura nos invade y sin dudarlo nos refrescamos bajo ella.

El trekking se hace más intenso. Comenzamos a subir una barda para luego ponernos el arnés y el casco y comenzar la escalada. La palestra natural, ideal para principiantes, tiene unos 50 metros de altura y diferentes rutas de acceso.

Una vez colocados los elementos de seguridad, comenzamos a pedir cuerda, ya que, asistidos por el guía desde abajo, empezamos a ganar altura.

Es importante en esta especialidad intentar hacer la mayor fuerza con las extremidades posteriores y utilizar las manos y los brazos solamente como puntos de apoyo. La cima es el objetivo fijado y hacía allí nos dirigimos. Las indicaciones del guía son justas y precisas, por lo que las respetamos hasta en el más mínimo detalle. Sólo un esfuerzo más y casi sin darnos cuenta llegamos al borde superior de la barda. Nos sentamos para observar la impresionante vista panorámica que desde este punto se obtiene.

Algunos jotes revolotean a nuestro alrededor. Descansamos y recobramos nuestras fuerzas sin pensar en nada. Sólo nos mimetizamos con la naturaleza.

Tras descansar unos instantes, emprendemos el descenso. Para ello, nuestro guía nos repite la técnica del rapel. Unos cuantos saltos y el más marcado rigor hacen que disfrutemos de la bajada. Para este momento la adrenalina nos brota por los poros.

Una vez en tierra firme, debemos cruzar el riachuelo de deshielo utilizando una tirolesa. Nuestro anfitrión no nos da respiro y antes de lo pensado estamos con los pies en el aire cruzando el torrente mientras contemplamos lo que nos rodea.

Luego de la tirolesa, continuamos el trekking camino al parador.

Allí un humeante chivito nos aguarda como recompensa por habernos animado a sentir esta experiencia en carne propia. “Con razón Malargüe es conocida como la Capital Nacional del Turismo Aventura”, reflexionamos. 

Luego del almuerzo, nos despedimos de nuestros anfitriones y de la magia de este paisaje andino, cuya perfección puede ser descubierta por quienes se animan a recorrerlo y a vivirlo como un territorio para conquistar.

 

Fuente: Welcome Argentina por Marcelo Sola

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