Alguna vez, en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata, se organizó una muestra de fotos sobre el Parque Nacional Talampaya. Fue necesario ponerle un título que pudiera condensar la espectacularidad del paisaje. El curador, con gran ingenio, escribió sobre esa maravilla natural de La Rioja: “Tierra que se vuelve roca, polvo y arena”.

A 58 km de Villa Unión y a poco más de 200 km de la ciudad de La Rioja, el parque abarca 215 mil hectáreas, declaradas Patrimonio de la Humanidad en 2000. Antes de llegar conviene detenerse en los miradores de la Cuesta de Miranda, una de las sorpresas que depara por estas latitudes la mítica ruta 40. Allí, el camino se va abriendo paso entre las sierras de Famatina y de Sañogasta, hasta llegar al río Miranda, y permite disfrutar de una sucesión de curvas, faldeos, senderos de pircas, quebradas y paredones rojos, que anticipan el impactante paisaje que espera en Talampaya.

Una vez en el parque, el Area de Servicios ofrece variadas excursiones para conocer el lugar, desde paseos en 4×4 hasta bicicletas y las clásicas caminatas. La Asociación Civil de Guías de Talampaya se encarga de coordinar los circuitos, cuya idea central apunta a descubrir algunos de los milenarios secretos de este lugar único, que forma parte de la Cuenca Triásica de Ischigualasto, una región formada hace 250 millones de años.

Los paseos más tradicionales son el Gran Cañón de Talampaya, el Circuito Arco Iris y la visita a Ciudad Perdida. Hacerlos a todos lleva unos tres días y no se puede recorrer solo; siempre se requiere la presencia de guías acompañados por guardaparques.

El primer recorrido sigue el cauce del río Gran Cañón; a los pocos kilómetros sorprende con una inmensa muralla roja de 130 metros de altura y petroglifos. En los morteros de piedras se alcanzan a distinguir esos legados de las culturas originarias diaguita y ciénaga, con dibujos que recrean pumas, guanacos y ñandúes. La recorrida también pasa por el Jardín Botánico, un bosque de chañares, molles y algarrobos. Más adelante aparecen algunas de las formaciones más famosas: Los Reyes Magos, La Catedral Gótica y El Monje, este último de más de 40 metros de altura. Ante cada una de esas gigantescas figuras, uno se siente un pequeño punto perdido en el universo.

Con formas rojas, verdes y blancas, el circuito Cañón Arco Iris exhibe rocas “suspendidas” en el aire que suelen dejar demudados a los sorprendidos visitantes. Los guías explican, usando como ejemplo los distintos colores de las rocas, de qué manera se formó la tierra durante millones y millones de años. El recorrido insume alrededor de tres horas y se puede hacer en bicicleta. Si se prefiere la travesía a pie por la Quebrada Eduardo, hay que disponer de un día completo.

Los que eligen hacer una larga caminata deberían optar por el circuito Ciudad Perdida, el más largo del parque. El camino arranca en el lecho seco del río Gualo y va surcando pampas y dunas, hasta llegar a una depresión de tres kilómetros de largo. Un anfiteatro natural de 80 metros de profundidad y la pirámide Mogote Negro son el premio para los que consiguen completar esta aventura de unas cuatro horas.

Al inicio o al final de los recorridos, frente a las oficinas administrativas del parque, se puede visitar el Sendero Triásico. Inaugurado hace dos años, es un recorrido de 230 metros de largo, donde se exhiben réplicas artísticas de la flora y la fauna de la zona en el período Triásico. El orden del recorrido autoguiado es cronológico; las piezas más atractivas son las réplicas de dinosaurios a escala natural, construidas en fibra de vidrio y resinas sintéticas.

Tras la caída del sol, todavía con la imagen de esos farallones rojos de 250 millones de años de antigüedad, la cena es un momento de goce. En alguno de los restaurantes de Villa Unión siempre hay alguien dispuesto a preparar un chivito al horno, regado por un buen vino riojano. Después hay que probar los postres regionales. El cielo limpio y estrellado termina de completar el gozoso banquete riojano.

Clarín: 24 noviembre, 2013

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