La compañía fundada por Giol y Gargantini fue uno de los grandes motores de crecimiento de Maipú. Un recorrido por los chalets convertidos en museo, que muestran la época de oro de la industria.

“Si desea llevar un vino conveniente por su relación precio-calidad, le recomiendo un Canciller”, dice la señora que atiende un minimercado en calle Guevara, del barrio que lleva el mismo nombre de la botella. “Por eso se llama así el barrio”, agrega con orgullo la vecina. “Al principio, la mayoría de los vecinos trabajábamos en Giol, pero muchos ya vendieron sus casas, ya es un barrio como cualquier otro”, comenta otra vecina que vive sobre Troperos Mendocinos, casi Gargantini.

Maipú es uno de los departamentos donde la industria vitivinícola dio grandes frutos y lo fue moldeando como uno de los principales sitios vinculados a la actividad en la provincia. Solamente entre Ozamis y Padre Vásquez o en el carril Gómez, en Gutiérrez, se observan los principales hitos relacionados al vino.

Un paseo que empieza en Ozamis, por el chalet Gargantini-Giol, la bodega y Museo Nacional del Vino. Si doblamos por calle Martínez hacia el Oeste, nos encontramos con los barrios La Colina de Oro I y II (nombre original de la bodega Giol), entre Maza y Ozamis. También se puede avistar la chimenea de la antigua destilería, ubicada en este mismo barrio, construido en terrenos que formaron parte de la finca original de Gargantini-Giol.

Cruzando el carril Maza, hacia el Oeste, se encuentra el barrio Canciller y un poco más hacia esa dirección está el parque Metropolitano Sur, antigua finca La Vinlandia, también de Bodegas y Viñedos Giol.

Cerca de allí está el barrio Viejo Tonel, junto a la ex finca convertida en espacio verde a principios de los 90.

En la actualidad bodegas, barrios de los empleados, el chalet de los fundadores y algunos pocos viñedos se observan en unas pocas cuadras del centro maipucino.

Y en el carril Gómez, la sede central de la cooperativa Fecovita, el grupo que se hizo cargo de Giol cuando decidieron privatizarla a fines de los 80.

La arquitecta Liliana Girini explica que la vitivinicultura generó una transformación del Maipú de principios del siglo XX. “Se convierte en el motor de esos cambios; hay una revolución vitivinícola, territorial, de paisajes y de la arquitectura, gracias a los grandes establecimientos que dinamizaron la actividad”, detalla.

Girini, quien en 2000 realizó su tesis de carrera denominada Revolución Vitivinícola, señala que en 1910 los grandes centros de producción estaban en Godoy Cruz y en Maipú. En el primero se encontraban las bodegas Tomba, Escorihuela y Arizu, mientras que en Maipú estaba La Colina de Oro, fundada por el suizo Bautista Gargantini y el italiano Juan Giol.

También se encontraba la bodega El Progreso, de Arturo D´Acomo, junto a la estación ferroviaria de General Gutiérrez (hoy del Metrotranvía). Luego se construyeron la bodega López, Bertona y Chavarría, estas dos últimas de menores dimensiones.

La arquitecta describe en su trabajo cómo estos establecimientos provocaron la urbanización del agro entre 1907 y 1910 y actuaron como imanes para que se establecieran industrias afines, comercios.

Cómo se fue ampliando la zona rural cultivable con la extensión de la red de riego, que posibilitó la incorporación de muchas hectáreas al oasis productivo, al servicio de una industria en gran crecimiento, al ritmo de la llegada de los inmigrantes.

Durante esta etapa se privilegió la gran producción sobre la calidad, dispuesta a un creciente mercado interno. Liliana Girini explica que hacia 1881 había 2.000 hectáreas de viñedos; en 1908 había trepado a 32.000 y en 1914 ya había 55.000 hectáreas.

Por su gran volumen de producción, la bodega La Colina de Oro sirvió para probar nuevos equipos provenientes desde el exterior.

La especialista también cuenta que mientras las bodegas de Godoy Cruz contaban con acceso directo a las líneas ferroviarias, la Giol se encontraba a 1.700 metros donde se despachaba el vino a distintos puntos del país.

En la actualidad, Godoy Cruz sólo cuenta con las bodegas como una especie de monumentos, ya que la única que está en funcionamiento es la Escorihuela. Además los viñedos del departamento desaparecieron con la urbanización, como expone Girini.

A Giol se le ocurrió la brillante idea de adquirir la bodega El Progreso, que estaba enfrente a la estación Gutiérrez, y unió ambas bodegas por medio de un vinoducto.

Tras el regreso de Bautista Gargantini primero y de Juan Giol después a sus países de origen, las instalaciones pasaron a manos del Banco Español del Río de la Plata que continuó la expansión de la compañía. Entre otras propiedades, puso en producción la estancia La Vinlandia (hoy Parque Metropolitano) hasta 1954, cuando la provincia adquirió parte del paquete accionario y posteriormente se quedó con la totalidad.

Es en esta época donde nacieron los barrios La Colina I y II, el Canciller, después de lotear parte de las fincas. También se construyeron tanques metálicos para almacenar vino durante la intervención de Antonio Cafiero a principios de los ’70, que nunca fueron utilizados porque no reunían las condiciones técnicas y se mantuvieron sobre el carril Maza, en La Colina Nueva, por muchos años como mudos testigos de una etapa que marcó la decadencia de la actividad.

En 1987, en la gestión de José Octavio Bordón, se privatizó y Bodegas y Viñedos Giol pasó a ser manejada por Fecovita, mientras que la bodega La Colina a la bodega Lumai. Piletas y otras instalaciones de La Colina Nueva fueron transformados en depósito judicial y también funciona allí el archivo de la provincia.

El municipio maipucino transformó la estancia La Vinlandia en el parque y los chalets de calle Ozamis también pasaron a manos municipales con el cargo de crear el Museo Nacional del Vino y la Vendimia.

Fuente: Los Andes, por Francisco Guerrero
31/05/2021