Desde un hotel del ‘45 al paso fronterizo chileno, siempre con la montaña más alta de América de fondo. Un recorrido que deleita la vista y recrea parte de la gesta sanmartiniana.

 

Amanece en Uspallata y el circuito está por comenzar. Vamos a recorrer la última parte de la Ruta Internacional 7, partiendo desde aquí y culminando en la cordillera andina que marca el límite con Chile. El Gran Hotel Uspallata es una hermosa edificación de 1945 en la que el estilo de la época se combina con su moderna remodelación interior, punto de partida para visitar la típica ciudad de montaña que destaca sus anchas calles y lindas alamedas, variada hotelería y gastronomía, y agencias de excursiones.

 

En las afueras de la ciudad se conservan “Las Bóvedas”, añejos hornillos blancos donde se fundieron metales para fabricar el armamento del Ejército Libertador. 

 

Comenzamos por la Ruta 7 el paso a paso previsto. Tomamos el mojón 1.150 como inicio, surcando entre hileras de álamos y teniendo bien al fondo imponentes vistas cordilleranas. Se abre un gran valle y en la lejanía se ven más cumbres. Por la izquierda corre entre barrancos el río Mendoza, que bordea el camino en bajada mientras va cruzando arroyos.

La ruta es pavimentada, ancha y bien señalizada. Atravesamos la quebrada Seca y los paredones ribereños del río son tan perfectos que parecen hechos por la mano humana. A la altura del Km 1.172, a la derecha, una corta senda de ripio que lleva al pequeño puente Picheuta.

 

Allí está, solitario, sobre el cauce del arroyo homónimo. Histórico paso de piedras por donde cruzó el Ejército de los Andes y bien cerca las ruinas del fortín que fuera el sitio de la primera acción de armas de la victoriosa gesta. 

 

De nuevo en ruta, se vislumbra un abra espectacular en plena cordillera central. Estamos a 2.100 msnm y nos sorprenden varios túneles de montaña. En el mojón 1.180 observamos, a lo lejos, antiguas casuchas de piedra que en otros tiempos sirvieron de protección a chasquis y correos que surcaban el Camino Real. Bien cerca de la ruta, unas ruinas a la vera del arroyo Tambillito presumen haber sido un tambo incaico del año 1551.

La “7” se angosta y los altos paredones se meten en el camino. Un par de túneles y el arribo a Polvaredas a 2.400 m de altitud. Estamos en el Km 1.188 ante la presencia de este pequeño paraje con pocas casas y un campamento de Vialidad Nacional frente al arroyo Polvaredas. Retomamos la marcha y vemos un puente ferroviario de acero, espléndida obra de ingeniería que hoy se encuentra inactiva. Otro cruce del río Mendoza (acompaña siempre) y la llegada a Punta de Vacas junto al río homónimo, donde se suceden apenas un par de moradas y el puesto de gendarmería.

El mojón 1.203 entrega las primeras vistas del Aconcagua, el que más adelante disfrutaremos mucho más de cerca. Sobre un costado, el curioso Museo Mundo Perdido y apenas más allá (Km 1.211) llegamos a Los Penitentes. Este pintoresco centro de esquí cuenta con algunas hosterías en ambos lados del camino que tienen restaurante y confitería.

El cerro Penitentes ya se empieza a llenar de visitantes. Su nombre proviene de las curiosas formaciones rocosas en sus laderas, que semejan una procesión de monjes subiendo. La cumbre alcanza los 3.194 m.

Continuamos viaje atravesando un largo túnel de montaña para ver el Cementerio del Andinista, donde reposan los restos de quienes fallecieron en el ascenso al Aconcagua, como Nicolás Plantamura, el primer argentino que hizo cumbre en 1934.

De inmediato llegamos a la curiosa formación geológica de Puente del Inca, imponente arco natural que fuera paso obligado del camino sobre el dorado cauce del río Las Cuevas. Sus aguas termominerales otorgan una coloración amarillo-rojiza a todo el entorno. Aún se conservan las ruinas de un hotel termal demolido por un alud en 1965. En los alrededores hay locales de artesanías y de comida.

De nuevo en marcha, cruzamos el río Los Horcones y divisamos a mano derecha el Parque Provincial Aconcagua, declarado reserva en 1983. Las vistas del cerro son increíbles. En el mojón 1.221 está el ingreso vehicular para sacar la entrada y luego, a casi 1.000 m más, hasta un playón para estacionar.

 

Allí arranca la senda peatonal que en un corto trayecto nos lleva hasta la laguna glaciaria de Los Horcones, ubicada a 2.950 msnm. Es una caminata sin ninguna dificultad con carteles informativos, miradores y formidables vistas del Aconcagua. 

 

Al llegar a la laguna, una senda más pequeña continúa para quienes desean ascender el colosal cerro, cruzando la quebrada de Los Horcones. El Aconcagua tiene 6.959 metros, posee dos rutas de ascenso y es la cumbre más alta de América.

 

Hacia Chile

Al retomar el viaje, pasamos cerca de varios túneles por donde circulaba el tren. En el km 1.231 aparece un extenso túnel que marca el portal de entrada a la villa de montaña Las Cuevas, último vestigio del lado argentino y paso obligado para el cruce a tierras chilenas. La cordillera de los Andes muestra todo su esplendor y las pocas construcciones de la villa se ubican en ambos lados del camino. No hay viviendas, sólo paradores gastronómicos, regionales y relativos a los trámites para salir del país.

 

Al dejar atrás esta diminuta villa, la ruta se bifurca. Hacia la derecha lleva al túnel internacional; y a la izquierda, tras pasar el simbólico pórtico del lugar y las Casuchas del Rey (refugios de 1770 para arrieros), el camino asciende durante 8 km y llega hasta la imponente estatua del Cristo Redentor, emplazada a 3.870 metros de altura. 

 

Hacia allá fuimos en busca de nuestro último destino. La subida es de ripio y tierra, está en buenas condiciones y es apta para todo vehículo pero atención, conducir con cuidado porque va en ascenso permanente y tiene curvas que son bastante pronunciadas. A medida que ganamos altura, las vistas panorámicas de toda la región y de Las Cuevas, encierran imágenes impresionantes e inolvidables.

Llegamos a una vasta superficie para estacionar, rodeada de locales de artesanías, puesto de gendarmería del lado argentino, hito de frontera y dependencia de carabineros en tierra chilena. Allí todo está unido en una amplia zona en la que predominan el viento, las altas cumbres circundantes y el monumental Cristo entre ambas banderas nacionales. Representa en bronce la imagen de Jesús sosteniendo una cruz y está parado sobre un globo terráqueo. Fue inaugurado el 13 de marzo de 1904 y simboliza el final de una etapa de conflictos entre los dos países. Bajamos despacio, parando para sacar las últimas fotos. Los paisajes cambian de color bajo el poder del atardecer, regalando sus tonos rojizos. ¡Impresionante!

 

Fuente: Weekend Perfil, por Marcelo Ruggieri

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