Bodegas de diseño, restaurantes de campo y lujosos, hotelería y unos paisajes fuera de serie. Siete circuitos por el Valle de Uco en un solo mapa descargable.

En las crónicas de viajeros del vino, en las cartas de los restaurantes, en los rankings de las mejores botellas, el Valle de Uco se coló en los últimos años como una pieza codiciada: los tintos potentes y frescos, los blancos nerviosos y aromáticos, la hotelería de lujo y las escarpadas cuestas de los cerros, conforman una de las regiones más fascinantes y completas para el viajero del vino. 

 

Recorrer sus casi 28 mil hectáreas de viñedos, sin embargo, es fatigoso si no se tiene un buen plan. Y más que fatigoso, es errático. ¿Dónde parar? ¿Qué priorizar? ¿Cuáles son los rincones que no hay que perderse? ¿Y qué viñedos y bodegas? Eso y unos sabrosos datos más, es lo que listamos a continuación para un viajero con ganas de conocer. Prendé el GPS y poné primera.

 

De la Carrera a la vid

Lo curioso del Valle de Uco es que, bien visto, casi no es un valle. O al menos en la parte más extensa y vitícola no se parece en nada a uno: de un lado, los cerros imponentes, con cumbres nevadas; del otro, una llanura desértica más allá de unas bajas cerrilladas, que marcan el final del oasis.

 

Para entender bien por qué se llama Valle lo mejor es entrarle por la ruta 86, conocida como el camino de La Carrera. No es el camino más frecuente, pero sí uno indispensable: arranca al cabo de unos caracoles que asciende por una cuesta desde Potrerillos y se lanza en una pendiente suave valle abajo. Ahí, en un paisaje de pampa montañosa a 2300 metros sobre el mar, es donde le cabe el nombre completo de Valle de Uco. 

 

Por delante hay unos 30 kilómetros de ripio. En ese recorrido se cruzarán ríos, vados de agua y habrán muchas vacas y cultivos de papa al comienzo, aunque también algunos ensayos de viñedos por secano –sin riego–. Y conforme se desciende hasta El Peral y Villa Bastías –a 1200 metros sobre el mar y la vera de la ruta 89– el paisaje cambia y la vid y las bodegas entran en escena. Detrás quedó el Cordón del Plata, por cuyas estribaciones serpenteó el camino, y la imagen de la pared sur con mole de hielo. Sobre la cordillera, en cambio, asomará el cono gigantesco y helado del Tupungato: un volcán cuyo nombre –“mirador de estrellas” en huarpe– da buena cuenta de su altura.

 

San José: Villas Bastías y El Peral

Si en vez del camino de La Carrera se ingresa a Tupungato por Los Cerrillos, se llegará al paraje El Peral a poco de dejar el Cristo atrás, justo desde donde se tiene una de las vistas más lindas. Es un caserío pintoresco, rodeado de viñas y hortalizas, cuyo secreto mejor guardado está lejos de la ruta. Se trata de un camino olvidado llamado La Costa, que corre al oeste, pegado a las cerrilladas: bajo la sombra de las alamedas, los viñedos antiguos y familiares quedan encerrados entre desniveles y esquinas donde remolonean los sauces. Cuidado: seguro cruzan algunos gansos y perros (los “chocos”) por la calzada. Es imposible perderse, incluso tomando caminos equivocados, todos terminan en la ruta 89.

Otros de los lugares fabulosos de este rincón, son: el Chateau de Estancia Ancón y el recorrido por los manzanares de la antigua Finca Monte Balbano, hoy Atamisque, que encierra una cancha de golf diminuta pero con 9 hoyos reglamentarios. Dato: se puede almorzar trucha fresca en el restaurante de la bodega Atamisque.

¿Lo mejor para beber en esta zona? Chardonnay, muy expresivos, lo mismo que Pinot Noir; unos pocos Malbec, apretados y jugosos.

Un camino menos frecuente es descender desde Villa Bastías, bordeando el río Anchayuyo: por esos pedregales se accede a viejos viñedos cuyos Chardonnay son famosos.

 

La Ruta 89 y Tupungato

La Villa de Tupungato es un lugar curioso. Como en todo pueblo agrícola, conviven algunas casas lujosas con una mayoría menos logradas. Sin embargo, el común denominador es la tranquilidad y el parpadeo de unos pocos semáforos.

Pero si la idea es visitar bodegas, conviene no detenerse mucho en la Villa de Tupungato. Mejor es hacer unos kilómetros más por la ruta 89, que enhebra las principales bodegas y restaurantes de la región. Desde Domaine Bousquet y su restaurante Gaia, a Bodega Salentein y su complejo Killka, pasando Andeluna y su restaurante (menú Criollo maridado 611 pesos por persona), hasta la bodega Rutini. Todos con una vista inmejorable de las estribaciones del Cordón del Plata y con menús completos, por pasos o a la carta.

Para un asado más campestre, La Azul. Mientras que una buena opción en la zona es Tupungato Divino que, amén de ser una posada simple y bien ubicada, ofrece vinos poco conocidos y de autor de la región. ¿Los mejores vinos de la zona? Malbec intensos y jugosos; Cabernet Sauvignon aromáticos y frescos; Chardonnay y Sauvignon Blanc filosos.

 

Fuente: Vinomano

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