Calma y adrenalina en los espectaculares paisajes del sur mendocino.

De la adrenalina de los rápidos del río Atuel a la tranquilidad que requiere un vino hasta su descorche. De la imponente paciencia del tiempo horadando las piedras del Cañón del Atuel a la calma doméstica de quien cocina una carne a la masa, una de las exquisiteces de esta tierra.

Ubicada a 235 km al sur de Mendoza, San Rafael despierta orgullo en sus habitantes. Los sanrafaelinos mencionan su gentilicio antes que su condición de cuyanos e incluso de mendocinos. Tienen motivos para inflar el pecho.

Acá van algunos recorridos y experiencias posibles en los alrededores de la ciudad.

En buenas manos

La postal de San Rafael, la que recorre las ferias de turismo e ilustra los folletos, es la del magnífico Cañón del Atuel. Jorge Royón es el experimentado guía que nos acompaña a lo largo de un recorrido de 190 kilómetros, que llevará el día entero. Al salir de la ciudad -que tiene aproximadamente 200 mil habitantes-, la primera parada es el mirador de San Francisco de Asís, desde donde se ve la urbe y los últimos recovecos de la llanura de transición. Y se vislumbra, a lo lejos, el cordón frontal de la Cordillera de los Andes y una de las paredes del Cañón del río Atuel.

Para entender cómo se forma este paisaje de ríos y embalses, una parada obligada es el complejo El Nihuil, inaugurado a mediados de los 40 y que sirve para proveer electricidad y riego.

A medida que la camioneta avanza, Royón se anima al clásico juego de encontrar las geoformas en las rocas, que van cambiando de color: van del negro al verde, pasando por el gris y los rosados. Por momentos, la mirada se pierde en un cañadón y se sienten, allá lejos y como un susurro, las aguas del río Atuel.

Con las enormes distancias -el cañón tiene 56 kilómetros de largo-, la separación entre las paredes se hace aún más notoria. Aunque el grupo es numeroso, la belleza se hace silencio al llegar al mirador El Submarino, la gran postal de San Rafael. Se trata de una formación rocosa que emerge del río antes de la desembocadura del arroyo La Frazada. “Dan unas ganas de meterse al agua…”, dice alguien, maravillado ante el color turquesa.

La siguiente parada es Valle Grande, un lugar ideal para disfrutar del rafting y del agua. En el paseo, todos gritamos como si fuéramos chicos y nos reímos de la notoria impericia para remar en un recorrido disfrutable y con algunas dosis de adrenalina. Al final del día queda en la cabeza la imagen de las paredes eternas de millones de años, sus colores y el frío del agua en un rápido.

Por las bodegas

Es imposible pensar en Mendoza sin el vino. Y San Rafael no escapa a esa lógica. Con más de 90 bodegas, la zona ofrece alternativas para los novatos y los curiosos aspirantes a sommeliers, que buscan probar nuevas etiquetas. La primera parada es un clásico: Bodega Bianchi, que recibe 55 mil turistas al año y está por cumplir nueve décadas de vida. “Producimos 11 millones de litros, que equivalen a unas 24 millones de botellas al año”, explica Sergio Pomar, gerente de enología, antes de comenzar la explicación en las naves de producción.

El recorrido por la bodega puede parecerse a otros, pero acá hay retazos de la historia mendocina. En las paredes se ven fotografías de las cosechas de la década del 20 y parte del legado de la familia, que llegó de la zona del Piamonte italiano. La cata pasa por varias etiquetas hasta llegar al Enzo Bianchi, que reposó entre 14 y 18 meses en barrica. 

“Es un vino largo, para disfrutar con tiempo. La decantación lleva una hora”, explica sobre la botella, que tiene en el mercado un valor de $ 1.800. Dan ganas de quedarse a seguir comprobando tanta complejidad y estructura de la que habla Pomar, pero esperan otras bodegas.

La Finca El Nevado -ex Santa Silvia- tiene otro espíritu: sólo 20 hectáreas, que producen unos 300 mil litros, lo que la convierten en una bodega boutique. En la visita se explican los sistemas de conducción de los viñedos -espaldero y parral-, características de la planta y el sistema de riego por goteo. En la degustación, un chardonnay que es puro jazmín y pomelo rosado sirve como aperitivo de media mañana. En la tienda se venden aceites, quesos y dulces que vale la pena llevar como recuerdo o regalo.

Por último tuvimos el privilegio de visitar Bodega Ibarra, un emprendimiento familiar que alcanza los 13 mil litros de producción bajo la dirección del reconocido enólogo Edgardo Ibarra. Acá todo es más íntimo. La atención está a cargo del propio especialista y de sus hijos, que nos hacen probar sus exquisitos vinos personalmente. Y una de sus hijas prepara algunos platos en un restaurante intimista, a sólo unos pasos de los toneles de acero inoxidable.

Para completar un día de placeres, el almuerzo -o la cena- puede ser en la Casa de Campo L’Obrador, un lugar cálido de sólo 40 cubiertos, con cava propia y atendido por su dueño, Daniel Ancina. El hombre inicia el banquete con una gran picada y luego saca del horno una carne a la masa. Todo regado con un vino Fangio (2013), de la bodega Bournett, que tiene cinco cepas en honor a los campeonatos ganados por el gran “Chueco”.

La aventura

En esta zona de Las Tinajas no había nada más que montañas y cañadones.

 Pero Gabriel Bessone vio allí algo más, un potencial importante, y por eso acaba de inaugurar Parque de Aventura, con actividades de rappel, tirolesa, escalada y caminatas. El primer desafío es un recorrido aéreo por ese anfiteatro natural, luego de una breve explicación de seguridad.

Después del esfuerzo y de la superación, la tirolesa resulta poco menos que un juego de niños, una montaña rusa con un escenario mucho más privilegiado que el de los parques de diversiones. El rappel provoca el vértigo de no poder ver a tus espaldas. Y, al final, la pileta y las reposeras ayudan a descansar. “También se puede hacer camping. Este cielo es magnífico”, cuenta Bessone, entusiasmado con el proyecto que está a punto de vivir su primer verano.

San Rafael y sus alrededores todavía no mostraron todas sus caras. Se puede visitar, por ejemplo, El Sosneado, un pequeño pueblo que garantiza la foto clásica del susurro de los álamos y la cordillera. O hacer una excursión embarcada en el dique Los Reyunos, donde siempre estarán los árboles formando un túnel verde y los espejos de agua serena y turquesa. Y no faltará una copa de vino, que, como decía Armando Tejada Gómez, siempre es tregua del día.

Fuente: Clarín, por Diego Jemio
26/12/2017

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