Organizado por la Asociación Cultural Cuna de la Bandera de Rosario, se realizó el 23º cruce a Chile.

Alguien dijo que cada tanto hay que tomarse un descanso, hacer algo distinto, cambiar alguna costumbre o de paisaje. Bueno, me lo tomé al pie de la letra y me fui al Cruce de Los Andes a lomo de mula que organiza la Asociación Cultural Cuna de la Bandera de Rosario, su 23º cruce, y el 7º para mí. Cambié el paisaje del Litoral por altas montañas rocosas y algunos picos nevados, pero no cambié la costumbre de fotografiar todo lo que se pone adelante de mi cámara.

De los tres pasos que realizan, descarté el de Los Patos, imposible alcanzarlos en un vehículo, solo, en mula o helicóptero, ya que me llevaban dos días de delantera. Así que fui primero a El Portillo y luego al de Uspallata. El día domingo me encontré con Víctor Hugo, Luján, su hija, y Roberto, uno de los médicos de la expedición, quienes me alcanzaron a la caravana que ya estaba pasando Tunuyán y el Manzano Histórico (donde esta la escultura de San Martín, montado, pero con ropas de civil, poncho y sombrero), recordando su último paso por Los Andes por El Portillo.

Luego de recorrer unos 30 kilómetros por caminos de montaña, ripios y piedras sueltas llegamos al puesto de frontera de Gendarmería Nacional y poco después al refugio Scarabelli, a 2.100 metros de altura, entre la confluencia de dos ríos de montaña, con el agua más pura, transparente y fresca que se pueda encontrar.

 

Este refugio fue hecho por voluntarios y el Ejército para prácticas de alta montaña, alpinismo o para expedicionarios que concurren en verano, ya que en invierno es imposible llegar por la gran cantidad de nieve. Sobre las piedras, entre pequeñas cascadas de agua y el corral de las mulas, armamos las carpas, y luego de unos ricos mates participamos de una clase de historia sobre las estrategias del general San Martín (todos los días hay una o dos clases a cargo de cada uno de los expedicionarios), luego una misa de campaña y la esperada cena caliente.

En plena noche, fría, con algo de viento pero bajo infinitas estrellas, preparamos un pequeño fogón y escuchamos el relato del ex combatiente de Malvinas, Vilgre la Madrid, con todos los detalles y comparando a estos soldados con los del gran general.

Cuando ya había conciliado el sueño, por el durísimo y empedrado piso, los ruidos de las mulas y caballos del corral, y el frio viento nos despertamos por gritos y pedidos de auxilio de personas que venían de un campamento vecino, de un turismo de aventura que contaba con guías pero sin médicos ni vehículos para alguna eventualidad o rescate. Nuestro médico los atendió y decidió llevarlos en la ambulancia del Ejército (los camiones unimov que vemos en las peliculas, lentos pero seguros, los únicos capaces de subir estas montañas).

 

Pasado el mediodia, el médico pudo regresar y la caravana se preparó para seguir el camino, entre tres o cuatro soldados se cargaron las mulas con los alimentos, garrafas, generadores, elementos de primeros auxilios, oxigeno. Al fin continuaron la marcha con la idea de pasar por El Portillo, a 4.200 metros de altura, y acampar luego en el Refugio de la Cruz (unas horas antes habian partido los vaqueanos para verificar las condiciones del camino y sacar si hace falta con barretas las piedras grandes que pueden obstaculizar el paso).

Yo ya estaba sin baterias en mis cámaras, asi que Víctor Hugo Rodríguez me trasladó a Uspallata, por un camino nuevo, alternativo, para no pasar por Mendoza, y no perder más horas de viaje. Yo cargué mis baterías y él la nafta para su auto, ya que despues de este poblado no hay más estaciones de servicio y en altas montañas el consumo es mucho mayor.

Al dia siguiente, despues de pasar la noche en el Regimiento de Montaña, nos dirijimos a la otra caravana de expedicionarios, la mayor, con casi 150 personas entre infanteria, montados, soldados, vaqueanos y colaboradores de la Asociación Sanmartiniana.

 

Ya habian pasado el Paramillo de Vacas, uno de los lugares más altos y angostos (casi 40 centímetros), y estaban descansando en Puesto de Vacas, en un viejo galpón que daba reparo para poder poner las bolsas de dormir, donde tambien funcionaba para comer o dar las clases de historia. En este lugar, Eduardo Cerruti, ex combatiente y miembro de la Asociación, presentó un audiovisual sobre las causas de la guerra y recordó a algunos de sus héroes.

En este grupo había muchos casos de familiares que compartían la experiencia en la montaña, matrimonios, padre e hijo, hermanas, con edades de 14 a 80 años, y me alegré al encontrar un alumno de la escuela Leonardo da Vinci, una de las cinco escuelas donde trabajo. El grupo más pequeño es el de Infanteria. Los caminantes, los mas sacrificados, ya que salian en plena noche, desayunando entre las cuatro y las cinco en plena noche, saliendo con sus linternas y a veces terminando la marcha mucho despues que los montados, pero escoltados por un vehículo de la Asociación, eso sí: siempre con buena onda, optimismo y alegria.

Los montados salian despues de las ocho precedidos por la imagen de San Martín y de la Virgen María, y segun el tramo cabalgaban 4, 6 u 8 horas, cruzando paramillos, arroyos, estaciones de trenes abandonadas, con la imagen del imponente Aconcagua, en algunos momentos, a su derecha. Las dos ultimas noches las pasamos en el Regimiento de Montaña Nº 8, un lugar 5 estrellas, donde volvimos a tener una cama, agua caliente y cruzando la calle el famoso Puente del Inca.

 

Cada tanto se veía pasar o se escuchaba el helicóptero de Gendarmería, a cargo del rescate en la zona del Aconcagua, ya que en estas fechas vienen de todo el mundo a escalarlo.

Y lLlegó el ultimo dia, la trepada al Cristo Redentor, pasando por Las Cuevas, lugar fronterizo con Chile. Como siempre la Infantería salió antes, cantando la marcha de San Lorenzo con toda la alegria, alentados por los gritos y aplausos de los automovilistas que pasaban a su lado. Luego salieron los montados, con las banderas de Argentina, Chile, Perú, del Vaticano y la del Ejército de los Andes.

Un camino lento, de casi cuatro horas, llegando a los 4.200 msnm, por momentos en total silencio, para que cada uno disfrutara de la immensidad de la cordillera, que pensara en los hombres que pasaron por allí para luchar por nuestra libertad, por el sacrificio de muchos, los problemas y temores. Pero también hay momentos para cantar, hablar con el compañero de la caravana, alentarse mutuamente, emocionarse, agradecer y hacer amigos.

Pasadas las 12, los infantes y los montados se unieron para llegar al Cristo, con lagrimas, risas, abrazos, aplausos y felicitaciones de muchos turistas que se encontraban en el lugar. Se hizo un acto protocolar, colocando una placa recordando este 23º cruce, pero tambien se recordó a los caídos en Malvinas con una placa traída el año pasado desde el cementerio en las islas. La foto grupal no podía faltar, y en el regreso los caminantes se dieron el lujo de bajar no por el camino sino derrapando la montaña, toda una aventura para muchos y un placer verlos.

 

Ya en Uspallata, nos reencontramos con los expedicionarios del Paso de los Patos (quienes me contaron que fue muy dificil, más que otros años, mucho calor y jornadas de 12 horas de cabalgata), y por la noche el acto de entrega de diplomas y dos grandes costillares asados.

Un cruce que comienza para muchos al llegar a sus casas, al contar sus experiencias, al ver las miles de fotografías o filmaciones hechas con los celulares. Para los que no pudieron esta vez, la montaña siempre va a estar allí, esperando. Un encuentro con la historia, una manera de vivirla, recordarla y de transmitirla. ¡Viva la patria, viva el Ejército de los Andes, viva el general San Martín!

 

Fuente: La Capital, por Rubén “Palomo” Lescano – Profesor de Artes Visuales y camarógrafo de Canal 3

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