La bodega Arizu en Villa Atuel es uno de los conjuntos más relevantes del patrimonio vitivinícola argentino.

La familia Arizu fue muy importante para Mendoza y su vitivinicultura.

En 1916 construyó, en Villa Atuel, la importantísima y grandiosa bodega, algo parecido a un pequeño pueblo, con todos los departamentos necesarios para el mantenimiento de las maquinarias. Dentro de la bodega hasta había una destilería.

Las vías del Ferrocarril Pacífico entraban a la bodega para cargar las bordelesas. Durante muchos años fue fuente de riqueza para la zona. Poseían enormes toneles y cubas de roble para el estacionamiento del vino. Dentro de la bodega todo estaba ordenado y la higiene del edificio era cuidadosamente controlada. El vino lo enviaban a Mendoza con 60 carros tirados por mulas, tenían muchas mulas y carros, pero otras las alquilaban porque para el viaje necesitaban como mil. El río lo cruzaban en balsas; el encargado de la tropilla se llamaba García, el Mexicano, que las dirigía con una trompeta y daba las voces de descanso, partida o rancho.

Junto a otros establecimientos significativos de la provincia como la bodega González Videla en Las Heras, la bodega Arizu de Godoy Cruz y los chalets Giol y Gargantini en Maipú, estos conjuntos fueron declarados Monumentos Nacionales en el año 1999 (Decreto N° 339/1999).

Además de los valores históricos, arquitectónicos y tecnológicos que cada uno de ellos posee, el caso del conjunto sureño sobresale porque además de haber dado origen al poblado atuelino, aún conserva valiosas piezas que fueron pioneras en el trabajo rural a principios del siglo XX: los locomóviles. Muchos años antes de la aparición del tractor, en el campo se usaban este tipo de aparatos, de los que quedan escasos ejemplos en el país.

Sólo en Cuyo se registran tres: los dos locomóviles que se exhiben en el patio que separa al edificio de administración de la bodega Arizu y la casa patronal, y el locomóvil que perteneció a la bodega Argumedo en San Juan. Hace algunos años la familia González Argumedo, descendientes del fundador del establecimiento, se abocó a la difícil tarea de rescatarlo del olvido. Lo estudiaron, lo restauraron y además, quizás lo más difícil, lograron volver a ponerlo en marcha.

Estas máquinas, llamadas también vapores móviles o locomóviles, surgieron en el siglo XIX en el marco de la revolución industrial. Para los inmigrantes españoles Balbino Arizu y Saúl Argumedo quienes apostaron al cultivo de grandes extensiones de viñedos en Mendoza y San Juan, respectivamente, el uso de los dispositivos significó la posibilidad de agilizar el arado de los viñedos. Varias eran las compañías inglesas que fabricaban estos aparatos, entre ellas la firma de John Fowler & Co. con sede en Leeds, que realizó la serie Marshalls que se aprecia en la bodega de Villa Atuel. También la firma Ruston, Proctor & Co. con sede en Lincoln que fabricó el arado de vapor móvil que se usó en la bodega de San Juan. En varios de los casos debía venir el personal especializado desde el Reino Unido para enseñar a los operarios a manejarlas.

Se conoce que con la ayuda de un primer locomóvil a vapor para mover los arados, Sotero Arizu, uno de los hermanos de Balbino Arizu, había plantado cerca de mil hectáreas de viñedos en Villa Atuel en sólo dos años. Luego completaron con máquinas más complejas, que combinaban arado, rastra, aplanadora y destroncadora. Estos dispositivos no requerían de rieles, a diferencia de las locomotoras que traccionaban vagones.

 

Casonas, naves y vapores portátiles, patrimonio del vino en Cuyo

La bodega Arizu en Villa Atuel y la bodega Aubone en San Juan sobrevivieron a los respectivos terremotos de 1929 y de 1944. Conservaron testimonios únicos que reflejan y explican el funcionamiento de un conjunto vitivinícola a comienzos del siglo XX. Entre ellos las naves industriales de ladrillo y sus casas patronales: el edificio neocolonial proyectado por el arquitecto Raúl Jacinto Álvarez para el establecimiento sureño; y el chalet María Luisa diseñado en estilo liberty por el constructor italiano Víctor Barabino, el mismo autor de la casa Stoppel de Mendoza Capital.

La conservación de los antiguos locomóviles creados por los ingenieros ingleses permite, en cada conjunto, conocer el modo en que se posibilitó la irrigación de tierras anteriormente no cultivadas, reduciendo el costo de las mismas. Constituyen un patrimonio vivo de la memoria del trabajo agrícola.

 

Fuente: Los Andes y UNO por Por María Elena Izuel

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