Perteneciente al Gran Mendoza, el municipio de Maipú está considerado como un referente de la producción vitivinícola a nivel mundial. Los paseos por las bodegas y la “Ruta del Olivo”

Vino, vino, vino y más vino. Ahí radica la principal propuesta de Maipú, una ciudad de 180 mil habitantes que en la práctica pareciera un barrio de Mendoza capital, y que desde el sureste de la región metropolitana convoca al visitante a conocer su amplia gama de bodegas. Un caudal que la convierte en referente vitivinícola a nivel mundial, y que al viajero se le presenta como una excelente oportunidad para saborear algunos de los mejores brebajes que da la uva.

Además, el tranquilo municipio convida desde hace poco tiempo con la llamada “Ruta del Olivo”. Un atractivo similar al anterior en sus formas, pero que suplanta a la vid por las aceitunas y sus derivados, en un recorrido que mezcla industria y campo, y que bien viene para complementar el paseo.

Desarrolladas y artesanales

A la hora de moverse, la opción más popular es la bicicleta, a través de los tours que organizan distintos prestadores. Indistintamente si se hace en dos ruedas, en cuatro, o en el batir de los pies, al camino lo van marcando las varias decenas de bodegas que bendicen los suelos de Maipú (muchas de ellas, desde finales del Siglo XIX).

En ese sentido, destacan compañías como Zuccardi, Flichman, López o Trapiche, por solo nombrar un cuarteto de entre las más conocidas en el mercado argentino, dueñas de enormes y modernas instalaciones y producción a gran escala. Sin embargo, podría decirse que el encanto de la actividad se percibe mejor en los pequeños emprendimientos familiares, donde la pasión por la actividad fluye en cada punto del proceso de elaboración, bañado de dotes artesanales, de cara a viñedos que se mecen en la árida llanura mendocina.

En cualquier caso, ambos tipos de negocio (los superprofesionalizados y las más tradicionales) sirven para aprender el interesante y antiguo proceso de la fabricación de los vinos y, naturalmente, catar algunos de los más exquisitos productos que da Mendoza. De yapa, múltiples firmas ofrecen el paseo por los viñedos, almuerzos a la sombra de los parrales e incluso alojamiento en posadas que funcionan dentro de las bodegas (lo que se conoce como “Turismo Rural”).

Después de la fiesta de los malbec, merlot, sauvignon blanc e incluso chardonnay, vale la pena retomar el espíritu andariego e inmiscuirse en el mundo de los olivares. Entonces, saltan al ruedo las casas que le dan vida a la ya citada “Ruta del Olivo”. Sorprende ver el desarrollo de esta industria, y como los detalles del proceso productivo están tan cuidados como el de los vinos. Aquí, uno no se puede ir sin probar las deliciosas aceitunas verdes y negras que invaden los sembradíos, y los aceites de oliva acompañados de pan casero que al forastero le ofrecen.

Lo urbano

Ya en el propio centro de la ciudad, apenas alejados de las bodegas (están las que residen en plena urbanidad, y las que se pierden entre los campos), la vuelta por Maipú sirve para experimentar la calmada cotidianeidad de los mendocinos, muy cuidadosos en sus maneras ellos.

En las adyacencias de la bonita Plaza 12 de Febrero, surge el famoso Reloj de Flores y una buena cantidad de referentes religiosos como las iglesias Nuestra Señora de la Candelaria, Nuestra Señora del Tránsito, San Roque y de la Merced, el santuario de María Auxiliadora y el Cristo de las Viñas.

Para el final, la visita no podía dejar de honrar el espíritu local. Por eso los pies se dirigen al Museo del Vino y la Vendimia. Una majestuosa casona clasicista de finales del Siglo XIX que de exposición tiene poco y nada, pero que en su grandeza de pionera y de la mano del guía que la muestra de forma gratuita y desinteresada, cuenta varios secretos y misterios del inicio del arte de la uva en nuestro país.

Fuente: El Diario del Centro dl País

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