Con su cielo diáfano y las acequias que la vuelven fresca y arbolada, la capital mendocina seduce con sus rincones culturales y de fiesta. Además, el magnífico circuito de bodegas y los sitios que dan vida a la gesta de San Martín.

Al regresar de un buen viaje a veces se quiere revivir la experiencia de manera simple y efectiva. Funciona bien incorporar algún hábito aprendido en ese otro lugar, aunque sólo sea con las palabras. Es que uno podrá anotar mil veces la receta de humitas en chala en los circuitos norteños, pero hay que ver si alguna vez será capaz de concretar, en la cocina propia, tal empresa. Sin embargo, todo indica que ahora será diferente: tras una magnífica experiencia en la ciudad de Mendoza, esta cronista ha jurado (y cumplirá) jamás, nunca jamás, volver a beber vino de calidad dudosa y, mucho menos (¡sacrilegio!), servirlo en vaso.

Hay una imagen, una intensidad, un color que define mejor que nada a la capital mendocina y, en general, a la región cuyana: la luminosidad, fenómeno excesivo, innegable y algo enigmático. El entramado urbano parece sumido en un exceso de blancura producido por el sol, como si rebotara en la Cordillera de los Andes y volviera a las calles con una firmeza casi violenta. O como si fuera una ciudad a mucha altura, tal vez apunada. 

La luz se muestra intensa, blanca, caliente y encandila sin piedad al mediodía, a media mañana, a media tarde. Combinarían muy bien los tiernos versos que Homero Expósito compuso para el vals Pequeña: “ Tu que tienes los ojos mojados de luz” .

Pero lo que parece pasado por agua son los sauces llorones, apostados en distintos lugares de la ciudad, muchas lágrimas que caen en las acequias. Sería zonzo intentar ser original en la referencia a este atractivo sistema de riego, tan propio y auténtico de la tierra mendocina, región totalmente semidesértica.

Sin embargo, lo afirman y tienen razón: la imagen de desierto no le cabe ni medio al verde fresco que copa la ciudad. Igual, el dato de que el promedio anual de humedad es del veinticinco por ciento es bastante contundente. Me avisan que todos la consideran una “ciudad oasis”.

¿Y dónde está el paraíso? Acá mismo. Su lugar más elocuente es el parque General San Martín, barrera artificial-anti-tierra-cordillerana, hermoso y bastante palermitano.

Por ser un pulmón con especies variadas de árboles, ser rico paisajísticamente, tener lagos, estar lleno de senderos y mostrarse exuberante, es obvio que fue diseñado por Carlos Thays, autor de casi todos los espacios de este tipo del país. Amerita un paseo, un pic-nic, una bicicletada, un trotecito. O sólo caminar. 

Todo gracias a las acequias. Ellas hidratan veredas y ponen los árboles en flor. El sonido del agua y los pies en remojo –linda imagen– se presienten. Como tener un arroyito en la puerta de tu casa.

Para el caminante nuevo, el ignoto, pasear por Mendoza será como jugar a ser Orfeo, pero en lugar de tener vedado el impulso de mirar hacia atrás para confirmar la presencia de Eurídice, la prohibición será no ver otra cosa que el piso. Es que las acequias, a prueba de distraídos, son largas canaletas sin reja. A mala pisada, chapuzón en puerta. Esto para los recién llegados. Los mendocinos saben lo que hacen.

Calles en flor

Están poniendo adoquines. Hay tránsito matuino y resultan anacrónicos los cables que pasan de un lado al otro, como en la Buenos Aires de los 80. Igual, los edificios no son altos y el cielo azul, diáfano, se ve desde todas partes. Se respira aire fresco y un perfume a tilos.

Dicen que la movida de Mendoza está en “la Arístides Villanueva”, pero ahora no tienta este plan sino el de hacer la experiencia de la luz . O sea, salir a caminar por ahí, a los edificios y monumentos históricos.

Pronunciaremos una afirmación garantizada: la historia argentina que se resume en Mendoza no aburre. Todo lo contrario, despierta aún mayor interés. Se sale de los márgenes soporíferos del manual y cobra vida. Es el aura de estar ahí donde ocurrieron los hechos.

A esta aseveración le sigue una paradoja. Mientras muchos de los acontecimientos de la gesta sanmartiniana tuvieron lugar acá, quedan en pie pocos testimonios tangibles, arquitectónicos decimos, de ese proceso.

Es que más allá de algunos vestigios, Mendoza es una ciudad de mediados del siglo XVI que carece de casco histórico. Es bella y pintoresca, juvenil, caminable y reparadora, pero a su momento colonial se lo llevó el viento. Más bien, los terremotos: puntualmente, el del 20 de marzo de 1861. 

Una solapa que no se puede cliquear. Sí se puede intuir, investigar, leer, perseguir. Y, a no exagerar, tampoco es que no haya nada antiguo para ver. Por un lado, hay una dosis de edificios de estilo neoclásico que con justicia le dan un aire señorial a algunas manzanas urbanas. Por ejemplo, la atractiva fachada del Teatro Independencia, frente a la plaza del mismo nombre.

O tomemos la Alameda, ese precioso bulevar con bares de ambiente bohemio, con sus moreras y tipas también. Conduce a la llamada “área fundacional” de la ciudad. La plaza es la Pedro Castillo, y ahí, con un sol que raja la tierra, vale la pena entrar al Museo del Area Fundacional, el MAF. No cuesta mucho imaginar que acá estaba el Cabildo, antes del terremoto, claro.

Las excavaciones lo muestran todo. No sólo los restos de ese antiguo edificio (tapados por un vidrio, se camina sobre ellos), también había un matadero. Una guía dice que Mendoza tiene una historia contada de abajo hacia arriba. Tal cual.

El agua, la vida

Divierte –también inquieta– pensar que mientras el terremoto parece haber hundido parte de la historia de Mendoza, los vestigios parecen brotar del suelo con la fuerza misma de la resurrección. El MAF, en este sentido, es un museo en construcción.

No hay que perderse la visita a la famosa “Cámara subterránea” que protege las ruinas de una fuente de 1810, en el medio de la misma plaza. Así, ante la sequedad dominante, se abastecía la gente, con agua llegada de los manantiales del Challao, a través de un acueducto que atravesaba doce kilómetros. La fuente que hoy luce ahí no es la original, liquidada por el terremoto.

Es indispensable posicionarse en distintos puntos alrededor de las ruinas de la iglesia de San Francisco, ubicadas en Ituzaingó y Beltrán, frente a la plaza de la que no nos movimos todavía, para apreciar la original estructura de hierros con que se delineó lo que se estima que fue la Iglesia alguna vez. Ok, es complicado.

Es que ahí (donde además se encontraron restos de integrantes de la comunidad huarpe, los nativos cuyanos con que se encontraron los españoles a su llegada a la región) se ven unos hierros largos que de alguna manera reconstruyen el edificio eclesiástico.

Los fierros producen la ilusión de que la iglesia está dibujada contra el cielo; un esqueleto que permite imaginar ese otro tiempo del siglo XVII. Como muchos del país, este templo respondía a los cánones jesuíticos… y de allí la presencia de los huarpes. Las líneas del metal se meten en el complejo imaginario de la Mendoza en ruinas.

Girás la cabeza y ves dos cosas: primero, el andamiaje de hierro que busca recrear la iglesia de un modo artístico. Segundo, un viejo comercio, justo en la esquina de enfrente, cuyo cartel anticuado reza: Materiales de construcción. Buenísimo.

En la próxima les sigo contando mi experiencia recorriendo la ciudad de Mendoza y el Parque San Martín con su majestuoso Cerro de la Gloria….

Este paseo por la ciudad de Mendoza, tan poéticamente descripto, invita a replicarlo en tus próximas vacaciones en Mendoza…qué haces en tus vacaciones de invierno? Venite a explorar Mendoza!

Fuente: Clarín, por Irene Hartmann (Diarios de Viajes)
04/07/2017

 

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